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D05 ACCIÓN CÓMIC & REACCIÓN PLÁSTICA Imprimir E-Mail
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Artes Plásticas
por Ignacio Acosta   
jueves, 01 de noviembre de 2007

Image Renzo Vayra (nacido en 1971) y Gabriel Ciccariello (nacido en 1981) coincidieron en la última primavera de Madrid, junto a otros autores, en la sala de exposición del Injuve y en la composición del extenso catálogo de ConSecuencias. La historieta uruguaya. La muestra, acaso la conexión más azarosa de su empatía, se trasladó a Montevideo, la ciudad donde los jóvenes creadores trabajan y reflexionan secretamente sobre obras que exceden el uso de lápices y la invención de textos narrativos. A través de estas páginas los lectores conocerán algunos trabajos heterogéneos seleccionados por sus creadores. 

Muchos años después de agotar papeles desde los tiempos sin memoria, y de deshojar cuadernos sufrientes por las “mutilaciones salvajes”, Renzo Vayra divulgó durante 1990 y 1991 –en los cinco números corridos de la revista Vagón, que ahora prepara su segunda época– una serie de ilustraciones con las que “velaría sus armas” o formas de la virtud estética, según el curador español Felipe Hernández Cava. En su biografía breve desaparecerá unas temporadas por Europa en busca de sus antepasados italianos; allí conoce indiscriminados museos y los sarcófagos de ciertos reyes sajones que le inspirarán, de regreso a Uruguay, una serie de dibujos abstractos.

A partir de los testimonios de su familia, que conoció el horror del avance totalitario, prepara una recopilación de memorias visuales: “Luigi, mi padre, nació en Asti y toda su familia es piamontesa, de Turín. Sufrió la ocupación de las bestias nazis y las anécdotas suyas y de sus hermanas Wanda y Marisa las estoy recopilando con mi hermana para ilustrar y hacer un libro”. En la adolescencia le había diseñado a su madre, hija de españoles republicanos, un martirio doméstico con dibujos que representaban escenas de guerra: batallas, soldados y elementos de artillería.

En el taller de Dumas Oroño amplía el registro de creación y reordena, a partir de una sentencia magistral de su mentor, no sólo una acumulación de motivos gauchescos (la figuración antagónica del arsenal europeo), sino un modo de entender el arte heredado y la belleza como síntesis: “Dumas me dijo que todos esos gauchos que tenía por separado (mientras los desplegaba sobre una enorme mesa de madera) podía reunirlos en una única obra, enriqueciendo la imagen y complementando los mismos entre sí. Observé la mesa con todos los recortes de papeles y escalas diversas y ahí fue cuando realmente exploté de alegría: me mostró un libro por quien hasta hoy ciento una verdadera pasión, Brueghel”.

La crítica supone que con Las aventuras de Juan el Zorro (guión y dibujos del autor sobre la novela de Serafín J. García, aparecida en la revista Guambia y publicada en libro en 2005) disuelve definitivamente la ascendencia gráfica de las viñetas del francés Yves Chaland para “llegar a ésta, su obra definitiva, la que lo pone con total claridad entre los más grandes historietistas de Sudamérica”. Vayra, indiferente a ese juicio magnánimo (“mis pretensiones fueron siempre comparables a las de un primate”), también define esculturas en su pequeño taller y ensaya por escrito la posibilidad de la traducción intersemiótica de la representación literaria a las formas plásticas, mientras colabora con publicaciones periódicas y talleres de dibujo, realiza grabados y miniaturas para las estampas del Correo. Este año editará tres libros de historietas, su sueño Gutenberg, con los fondos concursables otorgados por el MEC, lo que ampliará el ámbito y la circulación de sus trabajos para alegrar a los lectores con la proyección tónica de su juego de trazos.

ImageGabriel Ciccariello, anónimo y ejemplar autodidacta, no puede precisar la época de sus primeras creaciones; sólo recuerda a un niño que dibuja al Capitán Halcón, un pequeño héroe omnipresente, quizá tan valiente como el que recuperó en un dibujo de 2006 con marcadores, acuarelas sobre opalina y un tratamiento de procesador de imágenes (un eterno adolescente fugándose al vuelo del piso de una oficina). “Asistémico, movido por la entrega”, tiene un móvil por mesa de trabajo: la cartuchera de madera que guarda pinceles, tinta, marcadores, lápices y otros útiles que acabarán reuniéndose con los tipos de hojas que esperan dentro de una carpeta. Los trabajos que proyecta, utilizando nuevos géneros y estilos, superficies y técnicas, han de formar parte de su iniciación como dibujante que desborda hacia diversas formas de expresión (siempre se parte del mismo punto para trazar una línea, eso cree). Publicó su primera obra hace cinco años en el primer número de la revista Quimera, y la historieta más representativa y sombría –que le enseñó a leerse a sí mismo– apareció bajo el título ‘Perros, fantasmas y perros fantasmas’ (con tintas de Ignacio Calero), en el libro Monstruo (2006) del Grupo Belerofonte.

Mantiene la espontaneidad de un blog, donde fluye su creatividad experimental. El espacio líquido conviene a la publicación instantánea de sus imágenes, y de algún modo a su ocultamiento; es muy fácil reconocer a un dibujante cuando Ciccariello camina tímidamente por la ciudad. De su trabajo cotidiano para la prensa parten algunas creaciones excepcionales, como el reciente ‘Un dibujo poco adecuado de Mario Levrero’ (acrílico sobre conqueror con una técnica de puzzle, recorte y reposición de la superficie, título provisorio) para ilustrar una reseña literaria. El ritmo de trabajo en las cercanías de la redacción de un diario local lo lleva a componer –por caso, con marcadores y un tratamiento informático posterior– una ligeramente depresiva ilustración de ámbito burroughsiano, con un primer plano de bar pop y florido desenlace, según la imagen que cae en su imaginación luego de conocer la noticia de la muerte de Erica Wills.

Las letras en el tiempo y los límites de la imagen

Image La imaginación de estos artistas suele aliarse, con una sensible comprensión figurativa, a la literatura clásica; y lo que da a algunos trabajos de adaptación-síntesis un hálito de proeza y resistencia es la recuperación de la lectura de textos que se habrían perdido de la cápsula de la memoria en la época de la superposición de imágenes paupérrimas. Vayra, tan deslumbrado por la descripción de los habitantes de la literatura rioplatense, ha desplegado innumerables planos como ejercicio de lectura de las descripciones barrocas de Paco Espínola; adaptó con fruición cuentos de Quiroga, Benedetti y la mencionada novela de Serafín J. García. Para representar a la protagonista del drama Ifigenia de Goethe decidió una serie de grabados (1/10, véase, el blanco de la mirada como reinterpretación de un mito disonante).

Según suponía Étienne Souriau, escribe Vayra a propósito de la correspondencia de las artes: “De algún modo llegan a tener trascendencia entre sí generando otras obras: un cuento de Quiroga debe ser representado en historieta, no uno, ¡todos! Debería haber un editor con la valentía puesta en tres dedos de frente en sentido vertical (no horizontal como el hombre de las cavernas), que junte un equipo para un proyecto similar. Y ya que lo imagino agregaré a Felisberto Hernández; el resultado sería sumamente enriquecedor. También a Federico García Lorca en series de grabados, o los Conciertos de Brandemburgo de Bach en animación”.

En la exposición ConSecuencias, Ciccariello exhibió una interpretación gestual del ratón de ‘Una pequeña fábula’ de Kafka, donde el laberinto del espacio da fe a la imagen poética de Mario Santiago Papasquiaro (las víctimas, por alguna mística razón, persiguen a sus nocturnos asesinos). Alguna vez adaptó en doce viñetas drásticas y ambivalentes la fábula fantástica ‘El principio moral y el interés material’, de Ambrose Bierce, ese escritor del que HL Mencken dijo que de haber sido prudente como crítico nasty, los profesores le guardarían un cuarto de hora en las cátedras de literatura norteamericana. La distinción que hace Cicariello del demonio como caracterización humanoide del “interés material”, tan enmascarado o envuelto en el lenguaje como el “principio moral”, se arrastra a su historieta ‘Ellos’ (véase), donde la acción narrativa desarrolla la secuencia vital de quien padece la nueva psicopatía urbana descrita por el doctor Herman Warm, neuropsiquiatra y teólogo alemán, miembro excomulgado del Opus Dei. El hombre urbano (un caminante catatónico en el Occidente atroz), perseguido por el entorno criminal donde acechan las sombras, es capturado por el monstruo oscuro –que Ciccariello desprendió en paralelo a la moral de Bierce– y luego conducido hacia la institución que impone la normalidad mental.

Ciccariello percibe en su obra las huellas de las lecturas que acumula desde adolescente: dibujantes y guionistas jóvenes, europeos y norteamericanos; ciencia ficción, obras selectas de Ballard y Asimov, que le inspiró un viaje interplanetario de terror hacia “un mundo de monstruos, asteroides con árboles y rocas cristalinas y donde una chica decente aún podía usar pollera en el espacio”; diálogos con Cortázar, que alguna vez le cedió textos con inspiración ocurrente a algunos dibujantes; filosofía, que pronto ejercerá como profesor, impuesta en sus guiones inteligentísimos que no temen a las invenciones apócrifas (a veces perfectas por verosímiles) o al desarrollo de una idea: en la historieta ‘El zorro infinito’ (véase) se expresa una secuencia de la doctrina del eterno retorno adaptada con un aire sencillo de ingenio y curiosidad hacia la concepción del infinito limitado como en la palingenesia griega.

Vayra fue conmovido por los libros de arte que descubrió en su niñez: “Recuerdo que el Renacimiento, y toda la estructura que generó siglos después, me asustaba, lo encontraba atroz […] También vi bocetos del David con ejecuciones en la guillotina durante la revolución burguesa”. Reconoce que la mayoría de sus trabajos se relacionan entre sí, “a veces tratando de imitar toscamente el entramado de la tragedia griega donde fulano conoce a mengano, y zutano sintió hablar de mengano pero sólo conoce a fulano, como un ejemplo de lo veraz y contundente que puede llegar a ser una obra cuando se destacan estos detalles”. En ‘Mujer con casco’ acepta la estilización clásica de un tallado objeto de defensa, cuyo diseño circular admite la posibilidad de “entramado” (una historia dentro de una moneda antigua, si la superficie en negro admite un relieve sobre el metal).

Ambos artistas transitan una obra polivalente, que los desplaza del espacio-acción (cómic) a formas y composiciones propias de la “reacción” plástica, según distingue Vayra el proceso de creación, y añade: “Si bien hacer una historieta o un aguafuerte lleva diferentes procesos, no dejan de ser imágenes que representan algo y están condicionadas por su creador, entonces un óleo de Alberto Breccia o una acuarela de Hugo Pratt pueden considerarse viñetas de historieta”. Sus recorridos por el mundo que los reconoce como autores de cómic no acaban en el marco de las viñetas, sino en el puro instinto visual que el tiempo someterá a sus juicios de caos y orden.

Ignacio Acosta.
Licenciado en Ciencias de la Comunicación (Udelar) con un perfil orientado a la investigación semiótica. Ensayista y crítico. Colabora con artículos para revistas y suplementos culturales.

 
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