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Fotografía
D05 Por los caminos del corazón | D05 Por los caminos del corazón |
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| Fotografía | |
| por Guillermo Baltar | |
| jueves, 01 de noviembre de 2007 | |
CON MAGELA FERRERO
Imágenes que expresan sus temores y exorcismos, ya sea a través de la captura limpia, o por medio de la manipulación o la incorporación de textos. Pequeñas historias que nos deslumbran y trasladan hacia un puzzle psicológico y emocional de particularidades lúdicas. En este número que Dossier ha dedicado a difundir –o proyectar– la obra de ciertos autores aún considerados ‘jóvenes’, la elección de Magela, arbitraria como toda elección, no deja de estar amparada por los propios atributos que se le conocen. Su reciente muestra, Personas que damos besos (ver sección ‘Dossier crítico’), realizada en la sala de la Dirección de Cultura del MEC, así lo atestigua. ¿Hay ausencia de besos? Lo que pienso es que hay presencia de todo, pero veo que no hay conciencia de todo. El beso está siempre presente, como expresiones de afecto. Pero muchas veces no está la conciencia de lo que estamos haciendo. Es una disociación entre la vida que tenemos, los deseos que decimos que tenemos y la conciencia de todo eso. Pienso que hay varias ideas o actos que podemos separar de la cotidianeidad y que si tomamos conciencia o reflexionamos sobre ellos, se transforman en algo más profundo que en ellos mismos. Pero el beso también puede ser un ícono de difícil definición ambivalente.
Una de las razones por las que llegué a su obra fue la incorporación textual. ¿Es la escritura una catarsis por la cual llega a la fotografía o es la fotografía la que le permite canalizar la profundidad del lenguaje? No estoy segura de si están separadas, para mí están juntas. Estoy bastante apegada a la existencia. Siento angustia ante el hecho de la muerte y a que voy finalmente voy a morir. Estoy muy apegada a todo lo que existe. A las personas, las cosas, a los afectos y a las maneras a que las cosas suceden, a su materialidad. Me atraen las cosas. Cuando escribo siento las ‘cosas’, pero con la fotografías siento que abrazo a las cosas, que me apego a ellas, que puedo tocarlas. Una corporización de lo textual. Sí, es como si lo monumentalizara... ahora, lo que siento cuando escribo es que trato de sacarme el miedo. El miedo de nombrar a las cosas como las siento y de conocerme. De no tener miedo de mí. Es como un proceso desinhibidor. Me doy cuenta de eso al estar sola en mi cuarto con el papel y el lápiz. Allí tengo que luchar contra aquellos temores, aquellos pensamientos que me impiden escribir. A través de la escritura tuve que desarrollar la manera de acercarme a las cosas que sentía. De hacerme amiga de mí y tratar de dialogar conmigo. Preguntarme por qué hay tanto miedo de afrontar ciertos hechos o certezas. La escritura me ha servido para repensar las magnitudes de algunos sucesos, de mi relación con ciertos objetos y también con las personas y sus vidas. Por ejemplo, el temor ante la eminencia de que uno va a desaparecer, y también me ha ayudado a repensar algunas de mis composiciones visuales. Los textos que a veces incorpora a las imágenes llevan implícita la impronta poética. Tengo algunos poemas. Hace tres años en el CCE realicé una muestra llamada Composición de lugar, un proyecto donde además estaban Mario Levrero, Fidel Sclavo y Pablo Casacuberta. Fue algo muy lindo, hacer cosas con amigos es precioso. Yo mostraba una foto de una puerta entreabierta y ante ella había dos mesas con sus respectivas sillas y allí había textos, preguntas, que si bien no eran poemas se acercaban, creo yo, a su indagatoria, y que el público podía leer y llevárselos. ¿Cómo llegó a la fotografía? Mi padre, cuando éramos chiquitos, nos sacó muchas fotografías a mí y a mis hermanos, y me gustaba. De niña un día fui de paseo con la escuela al Prado y me encontré con un billete de cincuenta mil pesos que en esa época, tenía 9 o 10 años, era muchísimo dinero. Recuerdo que en una farmacia cercana a donde vivía, había una cámara de fotos, una Fuji que a mí me gustaba. Cuando encontré ese dinero me acordé de ella y al volver a casa, sin decirle nada a nadie, fui hasta la farmacia y me compré la cámara. Esa misma tarde comencé a sacar fotos con mis primeros rollos, aquellos que venían en un casetito. No conservo la máquina pero sí algunas de aquellas primeras fotos. Le pedí a mi hermano que posara, lo utilicé como modelo y le pedí que hiciese cosas que él hacía siempre. Lo saqué con una pelota de fútbol, lo hice posar pateándola, lo fotografié con un skate, con la bolsa del pan. Ésos fueron mis primeros retratos. En esa búsqueda de las cosas que no sabemos, ¿dónde se siente más cómoda, porque va de los retratos u objetos a los espacios y viceversa? ¿Eso le resulta indiferente? Me siento más cómoda cuando yo puedo determinar todo lo que va a estar en el ‘cuadro’. Cuando puedo determinarlo. Mi característica no es ir con la cámara a todos lados. Si se me ocurre una foto la produzco y la saco. Si hay algo que creo que estaría bueno sacar, pienso en cómo lo haría, cómo lo arreglo, y genero ese entorno con mis cosas o las de otros. Para mí es muy importante obtener un significado de eso. Necesito entender las cosas y que tengan un sentido para mí. Creo que eso es lo que vale y lo que le puedo ofrecer a las personas. Las cosas no están validadas si los otros comprenden lo mismo que yo comprendo de lo que hice. Que cada uno piense lo que quiera. Lo que me exijo es que si alguien pregunta algo de mi trabajo, yo tenga una repuesta. Que pueda hacerme cargo de esa pregunta. Creo que cuando una cosa está clara para uno, una vez que fue reflexionada o comprendida, todo es muy sencillo. Me encanta el cine. Me encantan las imágenes lentas, la lentitud del cine y su posibilidad de repetición. La posibilidad de volver a un lugar o de permanecer en él, son cosas que me emocionan. Hay algo en ello que obliga a pensar, a esclarecer las dificultades. ¿Qué fotógrafos le influyeron o influyen? Robert Frank, Diana Argus, Ruth Orkin, Annie Leibovitz, Robert Maphertlone, entre los clásicos modernos, y por supuesto Cartier-Bresson. Pero los que más me afectan son los fotógrafos que puedo conocer y ver cómo trabajan: entre ellos Álvaro Zinno, Matilde Campodónico, Leo Barizzoni. En esos libros costosos y hermosísimos vemos los modelos, los fotógrafos que pretenderíamos emular. Los otros, en cambio, me influencian de forma directa, son con los que puedo ir a tomar una copa, charlar, hablar de nuestras diferencias y coincidencias, tanto en el trabajo como en la vida. ¿Se considera estrictamente una fotógrafa?
En su obra existe una enfática repetición de desnudar misterios y a su vez de repetir certezas. La mayor parte del tiempo lo ocupamos en lo que llamaríamos ‘lo ordinario’. Me parece que ‘lo extraordinario’ es detectable porque tiene el marco de lo ordinario. Entonces eso que llamamos ordinario es magnífico, lindando con lo milagroso. El hecho de tomar un café con leche todas las mañanas y que todos los días lo desee. Es como a las personas que uno quiere ver y besar todos los días. A las que se necesita. Creo que en nuestras vidas deseamos repetir algunos actos de otros días, sin que esto necesariamente nos aburra. Cuando las personas dicen estar aburridas de la rutina, no están aburridas del café, ni del cigarrillo ni de que alguien los quiera, más bien están aburridas de que la rutina no tenga una retribución, una correspondencia; por ejemplo, que no los besen de otra manera. Pero en realidad la rutina no es una cosa que sólo ‘te toma’, sino también algo que uno construye porque le gusta. Estar con un amigo, mirar un informativo, escribir, las cosas que haces por que te gustan. Por eso es que a mí me gusta el tema de la repetición. Me parece que cuando una cosa es importante hay que decirla muchas veces, decirla todo el tiempo. Tengo un pasado católico, iba a un colegio católico y una cosa que hacía era rezar el rosario; eso lo trasladé de otras maneras a otras cosas. Todos los días al rezar repetía cincuenta veces una oración, en muchos lugares está como establecido que las cosas importantes se repiten muchas veces. Por eso en la muestra del MEC aparecen una serie de ‘contactos’ que se repiten con cierta asiduidad. No es que casualmente haya repetido una fotografía de una muchacha que va corriendo. A esa muchacha la fui a buscar a su casa, la llevé a la playa, la hice correr, le saqué fotos, la pinté y sólo deje su silueta, hasta que finalmente elegí una de ellas y esa foto expresa lo que yo pretendía mostrar, es algo que también estoy diciendo: “ir corriendo”. Pensé respecto a esto que la sala del MEC es ante todo un lugar público, y que el dinero que recibí para hacer esta muestra proviene de fondos públicos. Un fondo que pagamos todos. Soy muy crítica –y también mis amigos– con todo lo que nos rodea y que pretendemos que se mejore, entre esas cosas figuran los usos y manejos de los fondos públicos, y en este caso quise ser consecuente con eso. Me generó mucha responsabilidad saber que esta muestra la han pagado entre todos, o sea que es de todos. Es como una idea antigua, pero siento que si estás en un lugar desde donde podés comunicar o compartir lo que se llama la ‘cosa artística’, ésta tiene también que tener una función social. Que a una persona, en este caso a Magela, le sea asignado un dinero para producir una obra y le paguen un dinero para trabajar en ella, determina una serie de responsabilidades y correspondencias. O sea que me han pagado para hacer algo para todos. Creo que hay también una función social de las personas que piensan y crean, y se dedican a reflexionar para todos. Así como hay personas en el banco y se encargan de que las cuentas cierren, hay otras personas que están en sus casas y leen libros o piensan sobre la realidad y tratan de hacer una síntesis o ensayar algunas respuestas para que todos reflexionemos sobre lo que nos pasa. A veces aún se habla de los artistas, de la actividad intelectual como algo que es lejano e inaccesible y hasta lujoso. Y lo es en el sentido de que es una decisión que muchas veces toman algunas personas, corriendo otros riesgos. Personas con una sensibilidad particular para conectarse de alguna manera con las cosas o frente a determinados hechos. Es por eso una función que me parece muy válida de ejercer, pero que también debe ser proyectada, en este caso compartida. Por eso mi proyecto presenta una gran pared blanca, para todo aquel que quiera compartir o mostrar algo, sea una obra de arte o no: esa pared es de ellos, es de la sociedad y de todo el que quiera compartir el proyecto. ¿La han sorprendido algunos besos? Sí… hasta el momento han ido muchas personas con objetos. Una muchacha fue a besar un preservativo; algunas personas fueron a besar a sus perros; una chica besó una canción, se puso los audífonos, buscó en su reproductor y en ella largó un beso; es muy linda la experiencia de las plazas, ver a las personas y lo que eso provoca. Hay un momento de solemnidad cuando das el beso, un momento que es muy lindo, un momento pequeñito cuando estás delante de la cámara y lo haces, das el beso… Siempre, cuando capturas o te sacas una foto con alguien, sentís que hay un momento ínfimo, pero en el que intuís que algo está pasando. No en el momento del disparo sino cuando éste termina. Hay como una cosa de que algo ha pasado. De que hubo un pequeño momento de trascendencia, que aunque diminuto podés detectar. Quería que en este proyecto de los besos pasara eso y me parece que pasa; eso es precioso de ver. Inmediatamente después de ser fotografiadas hay en las personas como una alegría, como una sensación de que la existencia subió un poquito porque allí paso algo… es chiquito pero es.D |
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