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D05 Promesas del ballet nacional Imprimir E-Mail
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Dossier 05
por Tito Barbón / Foto: Rodrigo López   
jueves, 01 de noviembre de 2007

ImageGiovanna Martinatto y Walter Lateulade son dos destacados bailarines del medio local que han cobrado protagonismo en el Cuerpo de Baile del Sodre. Ambos fantasean con ser primeras
figuras y, lo más importante, han demostrado tener suficiente talento para llegar a serlo.

Dentro del complejo panorama del ballet nacional no es común encontrar figuras rutilantes: los más destacados emigran buscando mejores sitios donde desarrollar sus habilidades, entre otras cosas porque las compañías de todo el mundo están pendientes de jóvenes bailarines que puedan enriquecer y renovar sus elencos. Esto juega en contra del desarrollo del ballet en Uruguay, ya que alienta que los talentos emigren en busca de nuevos escenarios, mejores condiciones de trabajo y remuneraciones más atractivas.

Por esa razón resulta sorprendente que dos bailarines talentosos, como Giovanna Martinatto (26 años) y Walter Lateulade (17 años), dos jóvenes que dieron sus primeros pasos en la Escuela Nacional de Danza (END), permanezcan aún en el país que los formó, integrando el Cuerpo de Baile del Sodre, a pesar de la crítica situación por la que atraviesa la institución desde hace mucho tiempo.

ImagePrimeros pasos

Martinatto recuerda con cierto entusiasmo los años que cursó en la END, donde su madre la inscribió pensando que era mejor que tomara lecciones de ballet a que pasara tanto tiempo libre. “La exigente disciplina del ballet cambió mi vida radicalmente. Cuando egresé, fui becada por la escuela que dirigía Rosella Hightower en Cannes, Por Tito Barbón allí me di cuenta que no había diferencias entre lo que había aprendido y lo que ellos enseñaban. Eran otros tiempos, ahora la escuela ha perdido el rigor y la disciplina que la caracterizaban”, dice la bailarina.

Walter, en cambio, se interesó por el ballet viendo bailar a sus hermanos, Sebastián e Ismael Arias, dos de los mejores bailarines con que cuenta actualmente el ballet estatal, y aunque cursó varios años en la END no se graduó. Decidió acompañar a su hermano Sebastián, contratado en ese entonces por el Ballet Municipal de Santiago, y probar suerte en la Escuela de Ballet de la compañía chilena. Luego de permanecer en ese país durante un año, regresó y fue contratado por el Sodre. Ahora tiene a sus hermanos como consejeros, y entre otros a Luis Ortigoza, primer bailarín del Ballet de Santiago, como referente. Con una brillante carrera por delante, Lateulade acaba de ganar una beca otorgada por la Asociación Arte y Cultura de la ciudad de Buenos Aires para tomar clases junto a un reconocido maestro y asistir a los cursos de la academia argentina.

Giovanna es una bailarina con cualidades poco frecuentes: su técnica es segura, tiene un buen ligado de movimientos además de musicalidad, buen físico y atractiva presencia; por eso el coreógrafo Mario Galizzi la eligió para bailar La Sylphide, el primer rol protagónico de su carrera. En esta temporada ha intervenido con singular éxito en Dúo de amor, Petit Ballet Romantique, y Don Quijote, coreografías de Brian MacDonald, Robert Weise y Marius Petipa. Pero lo realizado hasta ahora no la conforma: aspira llegar a lo más cercano a la perfección que pueda existir. Admira a la uruguaya María Noel Riccetto, que fue su compañera de clases en la END y hace años desarrolla una notable carrera como solista del American Ballet Theatre de New York.

Por su parte, Walter no ha tenido, todavía, muchas oportunidades de mostrar su talento, aunque en esta temporada se lo vio espléndido de figura y técnica interpretando a Cassio en Prólogo para una tragedia (inspirado en el Otelo de Shakespeare), ballet repuesto por Ileana Farrés. Cassio es un personaje que requiere un bailarín-actor, para lo cual está particularmente dotado: “prefiero este tipo de roles, donde además de la técnica del ballet afloran sentimientos, que en el momento de la actuación son gratificantes para el intérprete”, dice Lateulade.

Al ser interrogados ambos bailarines sobre si dejarían el Ballet del Sodre, en caso de presentarse una mejor oportunidad en el exterior, Giovanna respondió con un rotundo no (“eso significaría abandonar mis raíces, si todos pensáramos así el nivel que ha alcanzado el ballet nacional se perdería”), mientras que Walter se permite el beneficio de la duda: “lo haría como forma de perfeccionar mi técnica, mis conocimientos, pero regresaría para aplicar todo lo aprendido en provecho de nuestra compañía”.

Realidades poco alentadoras

Ambos coinciden en que si bien el Cuerpo de Baile del Sodre tiene un plantel femenino con buen nivel de rendimiento, no sucede lo mismo con el team masculino, algo que, en parte, atribuyen al poco interés que los varones suelen mostrar por este arte. Por otra parte, la cantidad de mujeres que estudian ballet es enorme comparada con la de hombres. Al haber mayoría femenina, el proceso selectivo es más fácil. En cuanto a los varones influye, y mucho, el entorno familiar que desea una profesión más ‘digna’ para los hijos. Por otra parte, existen los prejuicios de una sociedad machista que ve en los bailarines amaneramientos que no se corresponden con la realidad, pues son comunes los matrimonios entre bailarines, con hijos que luego siguen la profesión de sus padres. Juegan también las rígidas aptitudes físicas, que no son pocas. Y, si bien algunos muchachos demuestran cierto interés por el aspecto atlético del ballet, el trabajo, la disciplina y el largo proceso del aprendizaje los desalienta. Existe también un reducido número de jóvenes que deciden estudiar ballet después de la adolescencia, enfrentándose a la oposición familiar; en esos casos, los más tesoneros consiguen llegar a un nivel aceptable, pero nunca comparable al que logra un bailarín cuando comienza el aprendizaje en la niñez, entre los 8 y 12 años.

Ninguno de los dos desconoce que la de bailarín es una carrera severa, dura y sacrificada, que la mayoría de las veces exige más de lo que da y obliga a sacrificios que no todos están dispuestos a encarar. Pero como contrapartida y a juzgar por la movilidad que los bailarines tienen hoy día, ofrece posibilidades de trabajo en todo el mundo, ya que no existen barreras en el lenguaje universal con que se expresa. Otro problema realmente serio es lo breve del período útil del bailarín. Generalmente, y si el físico les responde, estarían en condiciones de bailar no más allá de los 40 años. Por supuesto que hay excepciones, pero son tan pocas que no merece la pena tenerlas en cuenta. Por lo tanto es necesario pensar en qué hacer después que llegue el momento de colgar las zapatillas.

Aunque son jóvenes y tienen toda una vida por delante, como a la mayoría de los bailarines locales les pesa la inexistencia de una ley jubilatoria que ampare a todos los que se dedicaron por entero al ballet. Por eso saben que la forma de reciclarse y continuar vinculados al universo de la danza es optar por la docencia, la coreografía o aprender diseño de vestuario, escenografía o alguno de los otros aspectos técnicos que intervienen en las puestas en escena.

Por otra parte, frente a los problemas que aquejan al cuerpo de baile que integran, tienen posiciones claras y proponen algunos cambios urgentes en aspectos realmente elementales: “eliminar la burocracia administrativa del Sodre, que retrasa indefinidamente el pago de los sueldos a los bailarines contratados, la entrega de zapatillas, indispensables para el trabajo diario, la colocación de un piso vinílico nuevo que evitaría accidentes”, dicen a dúo. Y agregan: “sería deseable que los problemas sindicales no afectasen el tiempo destinado a clases o ensayos, que en el momento de comenzar el trabajo estén las condiciones mínimas para poder desarrollarlas sin inconvenientes y, sobre todo, que contáramos con un teatro permanente donde mostrar al público durante todo el año el resultado del trabajo silencioso que diariamente realizamos en la sala de ensayos”.

ImageLa fuerza del arte

Al verlos bailar enmarcados por la magia del escenario, podría pensarse que tanto Giovanna como Walter pertenecen al mundo de la fantasía: nada más alejado de la realidad. Son seres que se sacrifican y trabajan duro a diario, con pasión, entrega y ganas de vivir, felices de ser jóvenes, con un futuro luminoso por delante.

Giovanna ama la naturaleza, le gusta leer, ir al teatro, escuchar música y adora los gatos por los sorpresivos movimientos que inventan. En una ocasión se le oyó decir algo insólito pero significativo: “prefiero el dolor de pies y tener ampollas antes que quitarme las zapatillas de punta, será porque creo en la reencarnación y si volviese a nacer me agradaría hacerlo con ellas puestas”.

En tanto Walter, que tiene el día ocupado con clases de entrenamiento o ensayos en el Ballet del Sodre –y por la noche asiste al liceo–, busca disfrutar bien de los momentos libres. Es fanático de la música popular y hasta se hace tiempo para jugar, cada tanto, al fútbol.

Hay que verlos en escena para comprender qué los hace tan especiales. Tanto uno como el otro se sienten privilegiados por poder hacer lo que les gusta: bailar. Y lo hacen con total entrega, olvidándose de quiénes son para asumir los roles del repertorio que les toca en suerte. Cuando se los ve interpretar el Dúo de amor o Prólogo para una tragedia, el disfrute trasciende, se propaga y contagia al auditorio sacudido por la emoción del movimiento que en ellos alcanza niveles de exquisita belleza.

Tito Barbón. Primer bailarín y coreógrafo del ballet del Sodre. Profesor de la Escuela Nacional de Danza y EMAD. Miembro del Consejo Internacional de la Danza, Unesco. Coautor del libro La danza en Uruguay.

 
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