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D06 EL ARQUITECTO Imprimir E-Mail
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Acervo Cultural y Patrimonial
por Emma Sanguinetti   
sábado, 15 de diciembre de 2007

ImageCARLOS OTT

En 1984 el arquitecto uruguayo Carlos Ott ganó, entre más de setecientos proyectos, el concurso internacional para construir el edificio de la Ópera de la Bastilla de París. El triunfo implicaba haber vencido a los nombres más prestigiosos de la arquitectura mundial, sin embargo el éxito era una apuesta más compleja; Ott venía de recibir la monstruosa responsabilidad de erigir el edificio-símbolo de las celebraciones de uno de los acontecimientos más importantes de la historia occidental: los 200 años de la Revolución Francesa.

Ese día, los uruguayos nos enteramos de que teníamos por el mundo un arquitecto de renombre internacional, y su edificio –acabado en tiempo y más que a satisfacción de los franceses y del entonces presidente francés François Mitterrand– fue la prueba de que a Ott le sobraba carácter para enfrentar el desafío.
Tras el éxito de París, su vida cambió radicalmente; su labor como arquitecto asociado en una de las compañías canadienses más importantes del hemisferio norte llegó a su fin y se inició un nuevo camino personal.
Hoy, Carlos Ott es dueño de una compañía que cuenta con más de sesenta profesionales a cargo y tiene cinco oficinas en el mundo: Québec, Toronto, Shanghái, Dubai y Montevideo. Una empresa que sólo en 2006 ha puesto en marcha más de diez proyectos internacionales que comprenden torres residenciales en India y Singapur, hoteles y centros comerciales en Dominicana, Canadá, Dubai y Argentina, entre otros.

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Como es lógico, la vida de Carlos Ott transcurre en un avión, aunque siempre va acompañado por unos sobrios cuadernos de tapas negras en los que dibuja, crea y planifica soluciones, y en los que con meticulosidad anota los números de vuelo, el destino y los trayectos en los que van surgiendo las ideas.
No suele permanecer más de cinco o seis días en un mismo lugar, por más que igualmente se esfuerza en mantener ‘casas armadas’ que lo esperen en las ciudades que frecuenta con mayor asiduidad, como es el caso de su departamento en Montevideo.
Por todo lo dicho, podría pensarse que mantener una charla con Ott es lo más parecido a conocer a una estrella internacional, sin embargo el arquitecto recibió a Dossier con esa especial simpatía que regala la sensación de disponer de todo el tiempo del mundo, y por si fuera poco, entre excusas insistentes por disponer tan sólo de agua mineral para amenizar la charla.
Afable, atildadamente vestido y con una sonrisa a flor de piel, Ott se mueve como pez en el agua en su casa: sillones de cuero negro al estilo Le Corbusier, sillas Barcelona de Mies van der Rohe, acordes de Bach que inundan la estancia, y libros y revistas de arquitectura sobre la mesa, entre los que reluce la edición conmemorativa de los cien años de vida de Oscar Niemayer, último regalo que le envió el colega brasileño.
Un hermoso piano de cola da la nota cálida al ambiente de puro diseño, perfecto contrapunto con un mural de maderas recicladas de grandes dimensiones que abarca la pared central y que apunta al juego geométrico de texturas y de luz, obra de la artista gaúcha Heloisa Crocco, amiga personal del dueño de casa y que presenta sus obras por estos días en la Casa Meridiano de Montevideo.
Lo que sigue es un resumen de la charla que Dossier mantuvo con Carlos Ott.

Su obra está repleta de distintos lenguajes, ¿por qué sus edificios parecen estar siempre en función de distintos parámetros?
Creo que el artista más importante del siglo XX fue Pablo Picasso. Te gustará más o menos, pero fue el más importante, y Picasso cambiaba la pintura todos los lunes de mañana. Es un artista que nace cuando la única forma de desprenderse de la gravedad de la tierra era con un globo de gas, y cuando muere, el hombre ya caminaba sobre la luna. Hoy en día el arquitecto tiene que ser así, todos los días tenemos nuevas pinturas, nuevos materiales para integrar, y si hoy con esta globalización estás haciendo un hotel en Dubai o en El Calafate, en países musulmanes, cristianos, judíos, en zonas frías, en zonas tropicales como el Caribe, o en el desierto como en Dubai, el arquitecto tiene que cambiar.

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Es que hay dos corrientes, una que se adapta al medio y otra que impone la firma, como por ejemplo Frank Ghery, que es Gherry en cualquier parte del planeta.
Es así; hay ciertos colegas que tienen un vocabulario. Claro, el argumento es que lo purifica, lo mejora, lo estudia hasta el detalle. A mí me gusta la pintura de Picasso, veo el periodo azul, el rosa, el cubista y todos son espectaculares porque veo una búsqueda. Quizás el Frank Gherry que hace siempre lo mismo y lo mejora llega a una perfección. Yo prefiero estudiar, y si en Dubai tiene que ser acero inoxidable y vidrio, lo hago así. Es una posición muy personal.

¿Como en los aeropuertos del sur Argentino que usó madera y piedra?
Es lo que tenés, que hacer porque no hay otra cosa. Los aeropuertos los hicimos en paralelo, Ushuaia y El Calafate. Tenés siete meses para la obra, después llega el invierno y no se puede hacer nada. En El Calafate hablé con Kirchner, que en aquel entonces era el gobernador de Santa Cruz, y le dije que le hacíamos el proyecto en siete meses y viste cómo es él, me dijo “no lo creo, veremos”. Y lo hicimos, pero la estructura de metal se hizo en Buenos Aires y cuando aflojó el tiempo hicimos la fundición, se puso el metal y se terminó. No había obreros allí y hubiera sido carísimo. Se usó toda la piedra del lugar.

¿Pero en los Emiratos Árabes, sin importar el entorno, se hacen torres?

No necesariamente, aunque hoy en todo el mundo se están construyendo torres. En ciudades claves como París, Londres y Madrid –por más que en Madrid ya se está parando– se ha construido mucho y todo en altura. Están todos los arquitectos haciendo torres de cuarenta, cincuenta, setenta pisos, pero no en la city, porque se ha llegado a la conclusión de que no pueden seguir extendiéndose y como no se puede tocar el intramuros, los suburbios se están liberando. No se puede evitar, y es lo opuesto de lo que hicimos en este país, que es una pena. Hoy hay una unión constructiva desde el Cerro hasta Atlántida, ¿y así donde vamos a parar?, porque el sueño de cada uno con una casita y su jardincito es también un absurdo. Soy de los que creo que la ciudad debe ser compacta, urbana y alta.

Partidario de la densificación, ¿entonces?
Sin duda, en un mundo como el que estamos, con el impacto ambiental encima no hay otra solución. Lo que se hizo en Italia en el Quattrocento era lo correcto, se construía en la zona donde no se podía plantar, en la roca y en la montaña, por eso Arezzo, por eso San Geminiano. Yo nací en una quinta en la que teníamos árboles de olivo, frutales y todas las verduras que quisieras. Un buen día se vendió la casa, vino una retroexcavadora, se hizo un trazado –era en Toledo Chico–, y se tiraron las filas de olivos que había plantado mi bisabuelo catalán en el siglo XIX. ¿Por qué pasó eso en Toledo Chico? Creo que tenemos que densificar y me gusta la densificación, que no quiere decir ir a la altura. París es una ciudad densa, pero el señor Haussmann lo limitó muy hábilmente a siete u ocho niveles y es una ciudad vivible. Nueva York es una ciudad vivible con cincuenta o sesenta pisos; como todos los demás son de la misma altura yo no molesto a nadie. No hay fórmulas, pero sí creo que la extensión urbana, como el caso de Los Ángeles, es un absurdo.

Vayamos a los comienzos, ¿tuvo siempre una vocación clara?

Sí, la tuve siempre. Mi padre era arquitecto y yo lo acompañaba en las visitas a las obras. Mi padre trabajó mucho, pero trabajó en algo que es de las mejores cosas que se hicieron en este país, porque acá hubo un señor visionario que se llamaba Horacio Arredondo que al principio del siglo vio las ruinas de Santa Teresa y San Miguel y planificó el parque nacional. Yo iba de chiquilín, mi padre dibujó lo que es la Capatacía, el Invernáculo, el Sombráculo, el Parador y la Administración.

¿Su decisión de hacer carrera en el exterior fue algo pensado o se fue dando?
Lamentablemente no fue todo planeado. Me recibí y con el título bajo el brazo me fui a Estados Unidos. Mi intención era volver, soy uruguayo y me gusta el país, mis amigos estaban aquí y mi familia también. Hice tres semestres, porque me interesaba más trabajar, mi situación económica era muy mala en ese momento y tuve que conseguir trabajo. Acá estaba la dictadura militar que no daba una buena inserción para un estudiante, y me fui a Costa Rica. Ahí tomé contacto con los americanos que me invitaron a trabajar en un proyecto en Canadá, pero nunca con la idea de quedarme. Quería saber cómo se desarrollaba la verdadera arquitectura en Estados Unidos, los grandes promotores que trabajaban de costa a costa. Arranqué a trabajar en una compañía –que era de las más importantes del momento– que me permitió aprender la parte de las finanzas, la arquitectura como negocio, algo impensable para nosotros en Uruguay.

¿Será porque acá imaginamos al arquitecto como un señor que crea detrás de su escritorio, y dejamos de lado el hacer viable y rentable un proyecto?
Ésa es la imagen de Howard Roark.* Es que yo quería ver el otro lado de la mesa y me fui con los malos. No era ese arquitecto a lo Howard Roark trabajando como un loco, haciendo dibujitos divinos pero que no se los vende a nadie. Al contrario, me dieron un jet y tenía que ir de San Francisco a Los Ángeles, de ahí a Nueva York, a Chicago, a Toronto y a Montreal, siempre mirando qué terrenos comprar, ver qué hacía la oposición, comprar esta esquina, tratar a este arquitecto y no a aquél, decidir si el edificio es negro o rojo, de granito y no de metal. Lo hice durante cuatro a cinco años.

Una experiencia distinta.

Aprendí muchísimo. Esas cosas no se pueden desligar del trabajo y creo que es algo que no entendíamos acá. Yo podía hacer un edificio lindísimo, pero si el alquiler era el doble que el que hacía la competencia, moríamos. Era un trabajo diferente, no con el lápiz y el papel haciendo las rayitas que es lo que gusta, sino que era ir a reuniones, escuchar, sonsacar aquí, mirar allá. Me costó muchas cosas porque aquello es una vorágine, pero aprendés lo que ninguna universidad te puede dar. Empezás a crear una piel mucho más dura, pero claro, Howard Roark estaba atrás mío.

¿Así surge la idea de presentarse al concurso de la Ópera del Bicentenario?
Yo estaba en eso y, cuidado, trabajaba con los mejores arquitectos y estudios del mundo, pero venían los diseños y no me gustaban. Recuerdo que los mismos financistas se preguntaban por qué no podían ser más divertidos, y es que el arquitecto no sabía cómo pensábamos, creían que nos íbamos a asustar y no sabían que queríamos ir más lejos. Ahí empecé a sentir que tenía que volver a lo que yo quería y que no podía hacer porque había un conflicto de intereses.

¿Cómo fue proyectar la Ópera en esas condiciones?

Me largué trabajando los fines de semana y en los aviones, porque seguía en lo otro. Mandé el proyecto en marzo del 83, a finales de junio fui a la compañía y dije “me voy”. Al mes me enteré de que era finalista y me mudé a París.

Un proyecto determinante en su carrera.
Sin duda, a mí me conocía el medio de arquitectos e ingenieros en Canadá y en la costa oeste de Estados Unidos, porque la compañía me había dado nombre a nivel de ejecutivos pero no a nivel diseño internacional. Esto era Francia, la Ópera, los 200 años y además Mitterrand, que fue un hombre excepcional, renacentista. Pero, cuidado, yo no sé si hoy hubiera aguantado tanta presión porque fue un proyecto político, y todos estaban en contra.

Como la Torre de Antel, ¿existe algún proyecto importante que no sea polémico?

No hay proyecto que no sea polémico. Cada edificio que se ha hecho en París ha sido polémico, empezando por el Centre Pompidou y por el Sacre Coeur, la Ópera de Garnier. Emilio Zola exigió que se demoliera la Torre Eiffel y dijo de todo, Debussy se negó a entrar en la Ópera de Garnier. Ladran, Sancho...

Pasa en todos lados.

En Pekín hubo una gran discusión sobre la nueva ópera, lamentablemente yo no gané y llegamos segundos, la ganó un arquitecto francés, se acaba de inaugurar con muchísimas críticas pero ya va a ser aceptada.

¿Cree que el tiempo será digno juez?

Hay errores que son grandes y están ahí. El Sacre Coeur para mí no es de las obras más lindas de la arquitectura, pero hoy no veo Montmartre sin el Sacre Coeur. Hay algunas cosas que siempre me van a molestar, como la Rambla de Pocitos, pero el Sacre Coeur en su fealdad por lo menos se adapta o tiene un geniuis loci.**

Al respecto, Punta del Este está en un momento crucial y usted está haciendo dos torres, ¿Cómo ve esa situación?
Es un momento crítico, estamos sustituyendo pinos por hormigón. No creo que sea bueno, y yo soy parte de eso.

¿Pero cómo lo toma?
Con muchas dudas. Yo creo en la densificación, ¿y por qué no en altura? Estoy haciendo un proyecto que –no puedo decir mucho– es muy alto y está al lado de un monumento histórico, un monasterio del siglo XVIII, y tengo a la Iglesia Católica en contra. Mi argumento es: ¿usted quiere un edificio bajo de veinte pisos en lugar de una torre de cincuenta? ¿Quieren que haga una pantalla como la de Pocitos? ¿No es mejor hacer un edificio alto, flaco que va a dejar una sombra muy larga pero más angosta y vamos a permitir unas visiones oblicuas del monasterio que si hago la pantalla y cierro el terreno? Es el argumento de Pei en el Louvre, creo en yuxtaposición con ese argumento, que un edifico en cristal y aluminio va a respetar y a poner en valor una arquitectura maciza como la colonial. Más allá de que te guste o no, estoy de acuerdo en que es mejor un approach por contraste que por similitud. La historia de la arquitectura es la del canibalismo: los romanos usan la arquitectura de los griegos, los griegos la de los fenicios y así sucesivamente. Pero hoy tenemos una posición ética muy diferente, tenemos que tener respeto por el patrimonio.

¿Cómo fue la decisión volver a Uruguay?

Yo no pensaba volver, pero en el 91 me llamó el presidente Luis Alberto Lacalle, quien me contó que iban a hacer un aeropuerto en Punta del Este y que sería bueno conseguir gente que quisiera invertir y que hubiera muchas ofertas. Vinimos con unos canadienses y ahí se formó un grupo que hizo la apuesta de hacer el edificio. Por suerte ganamos la licitación.

¿Fue el primer proyecto que hizo en Uruguay?

Sí, porque de estudiante dibujé en estudios pero nunca firmé. Ahí empecé a venir y le empecé a tomar el gusto a la idea de armar un estudio con chicos jóvenes. Jóvenes que me sacaban de quicio porque tomaban mucho mate, no hablaban inglés y no tenían ni idea de los reglamentos de construcción internacional, pero tenían muchas ganas de aprender. Eso fue la primera semana, la segunda ya se habían puesto las pilas y hoy están bárbaro.

¿Así llega a armar el estudio en Zonaamerica?
El 99,9 por ciento del trabajo que hacemos es fuera del país y es lógico estar allí porque tenés muchas comodidades. Es un estudio atípico, vienen a trabajar con nosotros canadienses, chinos, gente de Singapur, alemanes, es un ambiente que no podría reproducir ni en Estados Unidos, ni en Alemania ni en Singapur. Es bien uruguayo, mucho termo y creatividad, materia gris.

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¿Algo así como exportar inteligencia?
Sí, sin duda, pero también exporto con el cuerpo, porque se me van muchos. Hoy tengo ex colaboradores en Dallas, en Europa en Katar, lamentablemente los estamos exportando a todos lados pero creo que el péndulo va y viene. Tengo una chica francesa que es arquitecto paisajista, viene ahora a trabajar acá, le encanta Uruguay y se queda a vivir con nosotros, como ella unos cuantos.

¿Cómo se hace para manejar tantas oficinas en lugares tan lejanos entre sí?
Tengo gente muy buena. Nadie es imprescindible, un día de éstos me viene un patatús, y si estiro la pata no va a pasar nada, la cosa se automaneja, lo cual me permite concentrarme y hacer mis garabatitos y dibujar. Yo estoy con lápiz y papel todo el día, tengo mis cuadernitos y después hago mis cositas. [Se para y va hacia el dormitorio y nos muestra sus obras plásticas]. Soy arquitecto, no pintor, no sé si son buenos pero uno tiene que hacer lo que siente. Eso sí, hay que ser humilde, ya tengo suficiente críticas con la arquitectura.

Ha hecho teatros, torres, aeropuertos, ¿qué haría si pudiera elegir?
Me ha tocado hacer de todo, pero lo único que no me ha tocado es un edificio religioso, una mezquita, iglesia o sinagoga, sería interesante. Otra cosa que nunca he hecho es un liceo o una escuela y no sé por qué.

Tampoco ha hecho un estadio de fútbol.
Sería lindo. Ahora el que va a tener que construir muchos estadios es Brasil.

¿Lo veremos en el próximo mundial, entonces?

Ya veremos.

* Howard Roark es el héroe de ficción de la novela Fountainhead (1943) de Ayn Rand; un brillante arquitecto idealista que apuesta a la creación y no a lo posible. Fue llevada al cine con Gary Cooper en el papel protagónico.

** Para los romanos: “el espíritu del lugar”. Hoy es usado para significar la relación entre el edificio, el lugar y su historia.

Emma Sanguinetti. Abogada. Periodista cultural. Docente de
Historia del Arte. Ha publicado una serie de libros sobre pintores
uruguayos dedicados al público infantil.

 

Recuerdos de un 14 de julio inolvidable
Era el 10 de julio, suena el teléfono de mi casa a las 4 de la mañana. Era el secretario privado de Mitterrand, diciéndome que el presidente quería verme en media hora en la obra. Yo estaba en pijama; me puse la gabardina encima y salí. El presidente llegó cinco minutos después y me dijo: “disculpe, arquitecto, que lo levanté temprano pero quiero ver la obra porque el día de la inauguración no voy a ver nada, quiero que me muestre mi ópera sin gente”. Estábamos trabajando a tres turnos y había mucha gente, los obreros lo saludaban, en esa vuelta me dice: tengo una sorpresa para usted, y no me dijo nada más. Llegó el día, y una de las grandes dudas de la inauguración era cómo se hacía el palco de honor, eran 52 jefes de Estado con sus esposas; al centro iba el presidente, pero con un asiento a la derecha y otra a la izquierda y no se sabía nada más. Empiezan a entrar todos y al final aparece el presidente Bush padre, el presidente Sanguinetti y Mitterrand. Y ahí llegó la otra duda, ¿quién iba a la derecha y quién a la izquierda? Y ahí se sentó Julio María Sanguinetti a la derecha de Mitterrand. Después, en la cena de honor, me hace un gesto y me dice, “¿vio la sorpresa que le di?”.   

 
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