Indice Temático
Acervo Cultural y Patrimonial
D07 OSCAR NIEMEYER | D07 OSCAR NIEMEYER |
|
|
| Acervo Cultural y Patrimonial | |
| por Daniela Bottini | |
| viernes, 29 de febrero de 2008 | |
CIEN AÑOS BIEN VIVIDOS
El nombre del brasileño Oscar Niemeyer está entre los más importantes de la arquitectura mundial en los tiempos actuales. Su trabajo innovador y paradigmático colocó a Brasil en posición de destaque en el escenario arquitectónico mundial. Aprendió y trabajó con Le Corbusier. Proyectó para Juscelino Kubitschek, Charles de Gaulle y Boumedienne. Sus obras, entre las que destaca el conjunto edilicio de Brasilia, pueden apreciarse en más de quince países de diversos continentes. A los 99 años se casó por la segunda vez y, el 15 de diciembre de 2007, completó 100 años de vida, lúcido y en plena actividad profesional. La arquitectura debe causar sorpresa y deslumbramiento cree Oscar Niemeyer, en clara alusión a Baudelaire. De hecho, las creaciones de Niemeyer suelen provocar un entusiasmo cercano, muchas veces, al panegírico. El escritor Eduardo Galeano, por ejemplo, habló de “una arquitectura liviana como las nubes, libre, sensual, que es muy parecida con el paisaje de las montañas de Río de Janeiro. Esas montañas que parecen cuerpos de mujeres acostadas, dibujadas por Dios en el día en el que Dios creyó que era Niemeyer”. Comparaciones entre la creación divina y la arquitectura de Niemeyer no llegan a conmover a este arquitecto agnóstico, pero, exageraciones aparte, dan la dimensión de la importancia y grandiosidad del conjunto de su obra. Otro célebre uruguayo, el arquitecto Carlos Ott, en entrevista con Dossier [ver núm. 6] cuando se le preguntó qué arquitectura prefiere en América Latina afirmó: “La Brasilia de Niemeyer. Me encanta. Es la gran arquitectura latinoamericana”.
Sin entrar en el mérito de las cuestiones puramente subjetivas y estéticas (y de las no tan simples cuestiones funcionales), es incontestable el hecho de que su arquitectura, fea o bonita, funcional o no, fue extremamente innovadora y, por consecuencia, naturalmente polémica. Niemeyer innovó no solamente por ser uno de los primeros arquitectos brasileños en familiarizarse con los preceptos de la arquitectura moderna, sino también por trascender rápidamente tales reglas, por considerarlas demasiadamente rígidas. De ese modo, creó un lenguaje arquitectónico personal, único e inconfundible, que le rindió, entre otros premios, el Pritzker (equivalente en la arquitectura al Nobel) en 1988.
Después de asimilar los ideales del modernismo, que privilegiaban la función, la racionalidad y pureza del ángulo y de la línea recta, Niemeyer subvierte conscientemente los cánones de la arquitectura moderna en nombre de una mayor libertad plástica. En 1942, por encargo de Juscelino Kubitschek (1902-1976), entonces alcalde de Belo Horizonte –presidente de Brasil de 1955 a 1961–, Niemeyer proyecta los edificios del nuevo barrio de la Pampulha, su primera gran oportunidad de experimentación y trampolín para su trabajo en Brasilia, capital de Brasil desde 1960. En Pampulha, Niemeyer muestra una arquitectura que se contrapone a la rigidez de normas y al purismo excesivo del modernismo. Él justifica: “No es el ángulo recto que me atrae, ni la línea recta, dura, inflexible, creada por el hombre. Lo que me atrae es la curva libre y sensual, la curva que encuentro en las montañas de mi país, en el curso sinuoso de sus ríos, en las olas del mar, en el cuerpo de la mujer preferida. De curvas es hecho todo el universo, el universo curvo de Einstein”. Según el ingeniero Joaquim Cardozo (1897-1978), calculista de la gran mayoría de los proyectos de Niemeyer, Pampulha no fue un quiebre sino una oposición a la rígida teoría moderna, además de un ejercicio de exploración de las calidades plásticas y escultóricas del hormigón. En 1947, Niemeyer logró reconocimiento mundial al ganar el concurso para proyectar uno de los edificios con mayor valor simbólico del planeta, la sede de las Naciones Unidas en Nueva York. Fue un episodio delicado y sorprendente: su proyecto (el número 32) fue seleccionado ganador. Despues del resultado, Le Corbusier (autor del proyecto 23) lo buscó para proponer una modificación en su proyecto. Como no quiso indisponerse con su maestro, Niemeyer aceptó la coautoría y así, maestro y discípulo presentaron juntos el proyecto 23-32, efectivamente utilizado por las Naciones Unidas para la construcción del edificio. Hasta mediados de la década de 1950, Niemeyer pasó por una fase marcada por amplia libertad formal, experimentación plástica e investigación estructural con el hormigón armado, su material predilecto. Se destacan de este período el Centro Técnico de la Aeronáutica, en São José dos Campos, San Pablo (1947), su residencia particular, Casa de las Canoas, en Río de Janeiro (1953), y el Conjunto del Ibirapuera en San Pablo (1951 a 1954). Fue una época de mucho trabajo, pero al mismo tiempo de mucha bohemia. Su taller era un ambiente agitado, frecuentado por grandes nombres de la cultura brasileña. En él se desarrollaban actividades muy diversas, que iban desde debates políticos a entrenamientos de jiu-jitsu, aunque lo más frecuente eran las fiestas.
Se engaña, sin embargo, quien piense que Niemeyer vivió despreocupado del mundo. Desde la juventud demostró preocupación por la desigualdad social, por lo cual apoyó la causa comunista. Es un hombre capaz de demostraciones asombrosas de solidaridad y desprendimiento material: llegó a regalar coches y hasta casas, además de dinero, a quien lo conmoviera. Realizó además proyectos gratuitos para quienes no podían pagarlos. Uno de sus choferes, por ejemplo, ganó coche, proyecto de casa y auxilio para construirla. Por ello no resulta extraño que hoy Niemeyer no sea un hombre de gran fortuna personal. El año 1956 marcó decisivamente su vida profesional. Recién electo presidente de Brasil, Kubitschek resolvió construir una ciudad para que fuera la nueva capital del país y convocó Niemeyer para proyectar los edificios públicos. La invitación, oportunidad extraordinaria para el arquitecto, era irrecusable, aunque fuese necesario cerrar su exitoso taller en Río de Janeiro para recibir un modesto sueldo de funcionario. Durante los tres años que llevó la construcción de Brasília, Niemeyer necesitó vender una casa, tres apartamentos y sus dos Cadillac. El carácter simbólico de Brasilia, como modelo del desarrollo y vitalidad de Brasil, requería una arquitectura grandiosa, capaz de representar modernidad y progreso. La propuesta de Kubitschek era extremadamente desafiante, pero no llegó a intimidar a Niemeyer. El proyecto urbanístico de la nueva capital, elaborado por el arquitecto Lúcio Costa con base en la Carta de Atenas,2 no podría haber sido más apropiado para la arquitectura de Niemeyer. La afinidad conceptual entre urbanismo y arquitectura fue total. En Brasilia, Niemeyer creó edificios de arquitectura liviana, que parecen apenas tocar el suelo. Esta ligereza, sin embargo, dependía de importantes estructuras en hormigón armado solucionadas por el ingeniero Joaquim Cardozo. Niemeyer cree que arquitectura y estructura deben ser concebidas conjuntamente. Con base en esta premisa, y con el respaldo técnico de Cardozo, salieron de su mesa de trabajo el Palacio de la Alvorada, el Palacio del Planalto, el Ministerio de la Justicia, el Supremo Tribunal Federal, el Palacio del Itamaraty (o Palacio de los Arcos), la Catedral de Brasília, la Plaza de los Tres Poderes, entre otros. La arquitectura de Niemeyer en Brasilia presenta, desde un proceso evolutivo natural, una búsqueda mayor por la simplificación de formas, equilibrio y ligereza y un innegable carácter monumental, sin abandonar su expresión escultórica. Niemeyer aclara: “Fue en Brasilia que mi arquitectura se hizo más libre y rigurosa. Libre, en el sentido de la forma plástica; rigurosa, por la preocupación de mantenerla en perímetros regulares y definidos”. Y añade: “Les gustasen o no mis proyectos, me tranquilizaba la seguridad de que quienes visitaran Brasilia no podrían decir que habían visto antes cosa parecida. De ellos quería oír lo que oí de Le Corbusier ascendiendo la rampa del Congreso: ‘aquí hay invención”.
Al final de la década de 1960, su arquitectura innovadora llamó la atención del presidente argelino Houari Boumedienne (1932-1978), que la consideraba revolucionaria. Surge, entonces, la invitación para desarrollar proyectos, destacándose el de la Universidad de Constantine (1969). Según cuenta Marcos Sá Côrrea: “En Argelia, él y el calculista Joaquim Cardozo estiraron hasta la frontera del delirio la conjura contra la ley de la gravedad, creando para la Universidad de Constantine, delante de milenarias ruinas romanas, un auditorio que parece más adecuado para despegar del suelo que un Boeing 747. Si Boumedienne hubiera durado más en el poder, Niemeyer habría hecho otra Brasilia a la orilla del mar, en Argel. La maqueta estaba lista”. Además de la Universidad de Constantine, las obras más emblemáticas del período del exilio son la sede del Partido Comunista en París (1967), la casa central de la editorial Mondadori (1968) en Milán, y el Centro Cultural de Le Havre (1972), considerado por la Comunidad Europea como uno de los diez más importantes del siglo XX. En la década de 1980, Niemeyer volvió a Brasil, donde siguió desarrollando su arquitectura con obras de gran destaque, como el Sambódromo Río de Janeiro (1984), el Memorial de América Latina, en San Pablo (1989), el Museo de Arte Contemporáneo de Niterói (1996), el Museo Oscar Niemeyer, en Curitiba (2002), y el Complejo Cultural de la República, en Brasília (2006), el mayor centro cultural de Brasil. La extensa producción arquitectónica de Niemeyer alcanza números impresionantes: aproximadamente 500 proyectos. Unos fueron plasmados sólo en el papel, otros, construidos, algunos de los cuales fueron declarados patrimonio público nacional por el Instituto de Patrimonio Histórico y Artístico Nacional de Brasil, o patrimonio de la humanidad por la Unesco (es el caso de la ciudad de Brasilia y del Centro Cultural de Le Havre), los que sólo pueden ser alterados por el propio arquitecto. Por el reconocimiento de la importancia de su arquitectura en Francia fue galardonado el año pasado por iniciativa del presidente Nicolas Sarkozy con el homenaje más importante del país: la medalla y el título de comendador de la Orden Nacional de la Legión del Honor. Es interesante notar que, análogamente a su arquitectura, la trayectoria de este carioca –aspirante a futbolista y comprometido con la causa de las desigualdades en el mundo– nunca recorrió líneas rectas, siempre estuvo marcada por caminos sinuosos. Para él, por ejemplo, los viajes no fueron hechos solamente para trabajar, sino también para divertirse y sin fecha definida de llegada. Tiene fobia a los aviones, que sólo usa en casos extremos.
Niemeyer cuenta, por ejemplo, un viaje de Río de Janeiro a Porto Alegre con amigos, en un coche que se caía a pedazos. Como era lógico, el coche se rompió en el camino, por lo que debieron contratar un taxi que no era mucho mejor. Paraban cuando querían, o cuando el coche lo exigía. En resumen, tardaron nueve días en llegar. Él explica: “Habría sido mejor ir en avión, pero eso hubiera dado a nuestro viaje un aire de negocios, de dinamismo y organización que no nos agradaba. Era así, sin saber cuándo llegaríamos ni si llegaríamos, que nos gustaba viajar”. Los diversos viajes para Brasília en la época de su construcción también fueron folclóricos. Siempre en auto, en una época en la que no existían las autopistas. Era tan grande su pavor al avión que llegó a enviar un mensaje al presidente Kubitschek que lo esperaba en el aeropuerto: “Presidente, no voy a viajar. Sigo de coche. Discúlpeme”. La forma como suele definir su equipo de trabajo no es, tampoco, de las más ortodoxas; para el equipo de Brasilia, por ejemplo, llamó a varios amigos que pasaban por un mal momento económico: dos periodistas, un abogado, un médico, un oficial de la aeronáutica y un guardameta del Flamengo. Niemeyer tiene una manera liviana y espontánea de encarar la existencia: “La vida es llorar y reír la vida entera. Aprovechar los momentos de tranquilidad y bromear un poco [...] la vida es un soplo”. Fue así, con esa simplicidad y con una mezcla de talento, improvisación, trabajo duro y rebeldía, que Niemeyer, sin pretender, acabó por volverse uno de los grandes nombres de la vanguardia arquitectónica del siglo XX, al lado de Le Corbusier, Frank Lloyd Wright, Mies Van der Rohe y Gropius. Nada mal para un arquitecto que suele decir que para él la arquitectura no es importante, lo importante es la vida. También en esto ha sido afortunado: no todos los hombres son capaces de vivir un siglo como lo ha hecho Oscar Niemeyer. D Notas Daniela Bottini. Arquitecta y urbanista brasileña. Es especialista en proyectos de arquitectura asistidos por computadora, y master en arquitectura y urbanismo en el área de gestión ambiental urbana por la Universidad de Brasilia.
|
|
| < Anterior | Siguiente > |
|---|
| Indice Temático |