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Dossier 07
D07 EL RUMOR DEL UNIVERSO BORGES | D07 EL RUMOR DEL UNIVERSO BORGES |
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| Dossier 07 | |
| por Ivana Deorta | |
| viernes, 29 de febrero de 2008 | |
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Ideas como la trasmigración, la doctrina de la vacuidad o la negación del yo forman parte de ese sistema borgiano que resulta imprescindible conocer para llegar a disfrutar y comprender cabalmente la escritura de quien creía que la metafísica es parte de la literatura fantástica. Karma, idealismo y vacuidadLa negación de un núcleo permanente al que denominamos yo, que se reconoce en el pensamiento budista como “dogma fundamental e intangible”, conduce a la pregunta sobre qué es entonces lo que se reencarna. La respuesta que da Borges es que lo que pasa de una existencia a otra es el karma y lo entiende como una finísima estructura mental (‘El budismo’, Siete noches, 1980). Si advertimos con Ferrater Mora que “el rasgo más fundamental del idealismo es tomar como punto de partida para la reflexión filosófica no ‘el mundo en torno’ o las llamadas ‘cosas exteriores’ (el ‘mundo exterior’ o ‘mundo externo’), sino lo que llamamos desde ahora ‘yo’, ‘sujeto’ o ‘conciencia’ (términos que usaremos un tanto como abreviaturas, pues en ciertos casos podrían, y aun deberían mejor, emplearse vocablos como ‘alma’, ‘espíritu’, ‘pensar’, ‘mente’, etcétera). Justamente porque el ‘yo’ es fundamentalmente ‘ideador’, es decir, ‘representativo’, el vocablo ‘idealismo’ resulta particularmente justificado. En efecto, aquello de que se parte es, para emplear el vocabulario de Schopenhauer, “la representación del mundo” y no “el mundo” y tenemos en cuenta que, según la filosofía budista, la realidad del mundo fenoménico es una proyección ilusoria de la conciencia, la fina estructura mental de la que habla Borges no presenta problemas para la Doctrina si se la desvincula de la doctrina de la vacuidad. El sistema filosófico Madhyamaka o Camino del Medio entre sí y no, fundado por Nagarjuna en el siglo II de nuestra era, enseña que el Universo es irreal y que cualquier cosa que pretenda ser dicha en términos de su naturaleza última (sunyata) conduce a consecuencias no deseadas (prasanga). El estado de conocimiento perfecto reside en el Silencio porque la verdad Absoluta no es sinónimo de explicación científica sino de mística. La perfecta sabiduría está en la contemplación del vacío (sunya) y si el camino para la comprensión trascendental de la Doctrina comienza con el “yo” no es para fundarla en él sino para destruirlo. El proceso de transformación que conduce al Despertar comienza con el debilitamiento del apego a la propia existencia y al mundo material cuando se comprende que, incluso, lo que llamamos “yo mismo” y “mío” están ligados a un conjunto de elementos impermanentes que no pueden existir sino es en función de los demás. Según la tesis de la serie la persona es un acontecimiento efímero, producto de la coexistencia momentánea de cinco agregados o skandhas,1 cuando el compuesto se descompone la persona muere y sus agregados engendran a lo que renace. Los skandhas en su interdependencia han sido comparados con un espejo sobre el que se proyecta la imagen ilusoria del yo; el cese de esa proyección antes de la disolución está sugerido en ‘El Zahir’ (El Aleph, 1949). La vacuidad de todos los fenómenos, es decir, la insustancialidad del universo, se supone fue enseñada por Buddha en el cielo y luego conservada por los dragones (nagas) que instruyeron a Arjuna en la doctrina profunda debajo del mar. Si vinculamos el karma con esa fuerza que Borges reprocha en Nietzsche (‘La doctrina de los ciclos’, Historia de la eternidad, 1936) o que se traduce en Schopenhauer como Voluntad, ella sería el elemento transmigrante y unificador coincidiendo, además, con Nagarjuna y con las observaciones de Borges sobre el número seis en Indostán (‘El budismo’). Esta fuerza, que se agota sin una serie de elementos cooperantes, es en Heráclito lo que da unidad al universo a través de tensiones; su ruptura implica la destrucción. Lo que influye en el karma de los seres son las acciones realizadas con conciencia, ésta en el estadio intermedio entre la vida y la muerte (bardo) experimenta diversos tipos de representaciones según el karma, el mérito o demérito acumulado. La carga provoca que el ser se sienta impulsado a renacer para recoger el fruto de anteriores existencias bajo la Ley de retribución de los actos conscientes: “el rústico Poema del Cid es acaso el contrapeso exigido por un solo epíteto de las Églogas o por una sentencia de Heráclito” (‘El inmortal’, El Aleph). Que la conciencia posea la capacidad de representación no implica, en el pensamiento budista, una diferencia esencial: mente y materia difieren sólo de modo convencional, ni una ni la otra tienen existencia autónoma y esa es la razón por la cual no son irreductibles. Se dice que Buddha no desarrolló esta doctrina porque sus discípulos no la comprenderían y que fue rescatada del mundo subterráneo por Nagarjuna, cuyo nombre también encierra formas de una leyenda. NihilismoBorges no ignora esta doctrina, la entiende como una consecuencia del budismo original (Qué es el budismo, 1976). Pero su lectura equipara el vacío con la nada. Se interpreta la filosofía de Nagarjuna como nihilista. Desde el punto de vista budista el vacío es la naturaleza oculta en todos los seres, en el Universo; un estado que se manifiesta cuando todas las impurezas han sido despojadas. No admiten recaer en el apego aferrándose a una doctrina existente, pero irreal. Si Nagarjuna parece poseído por la necesidad de negar, llegando hasta el vértigo de rechazar su propia doctrina, no es porque sea un nihilista sino porque la fusión con el vacío es una experiencia que está fuera del lenguaje y la pluralidad: no puede decirse de las cosas que son viejas, sean instantáneas o permanentes; si son lo primero, han dejado de existir y no puede envejecer lo que no existe; si lo segundo, existen pero no pueden envejecer porque no cambian. En cuanto a lo místico, ha dicho Wittgenstein, mejor callar. El camino directo y la conexión místicaComentan que Alexandra David-Neel, la primera mujer occidental en llegar a la ciudad prohibida de Lhasa, refiere una experiencia personal en la que un monje rodeado de cadáveres se ofrecía para ser devorado; perpleja, se conduce en busca del maestro y le relata lo que ha visto; el maestro le dice que si ha practicado tched sabe que para la persona en contacto directo con el cosmos, la locura, la enfermedad y la muerte son riesgos posibles, por lo que puede irse a su tienda y meditar. En su Léxico de filosofía hindú Francisco Kastberger sostiene que el tantrismo es considerado una forma indigna del budismo que “se encuentra hoy día aún en el Tíbet, donde además de ciertas prácticas que consisten en ritos largos y complicados para dominar las fuerzas secretas del mundo, se formuló también una especie de filosofía tántrica cuyo substrato metafísico es un monoteísmo panteísta cuyo supuesto o postulado esencial consiste en la identidad entre el ‘yo’ y el universo, donde se acentúa una mezcla de yôga y filosofía. El asceta debe aprender a dirigir esta fuerza para su propio provecho, realizando antes una experiencia interior que luego se hace también física en el éxtasis y la catalepsis. Se conocen casos admirables, de los cuales la señora David Neel ha revelado muchos y portentosos del Tíbet actual en su libro Místicos y magos del Tíbet”. Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo recogen dos de sus textos bajo los títulos ‘Glotonería mística’ y ‘La persecución del maestro’ (Antología de la literatura fantástica, 1940).
Basados en el principio de potencia, los rituales tántricos utilizan sílabas, palabras o sentencias sagradas (mantras) que en Borges se concentran en ‘Undr’ (El libro de Arena, 1975) o se indican por medio de números y sílabas ocultas en la piel de dos felinos que son uno (‘La escritura del dios’, El Aleph), mientras que el devenir mágico es trazado sobre piedras que tienen forma de luna llena y un color que sólo es dado ver en los sueños (‘Tigres azules’, La memoria de Shakespeare, 1983). El acceso a la locura está en las puertas de un libro infinito (‘El libro de arena’) o en discos que no se multiplican ni desaparecen cuando están solos; dos filósofos, al menos, han visto en Nietzsche a estos personajes de Borges. Los estados de trance absolutos tal vez no hayan sido mejor imaginados que en ‘El Aleph’; la muerte, en el presagio de un hombre que ha visto el zahir. Parque de las gacelasEl núcleo de la doctrina de la vacuidad podemos encontrarlo en la doctrina del anatmán presente en sermones atribuidos al Buddha. En la base de la doctrina está el sufrimiento inherente a la vida: los cinco agregados de apropiación (skandhas) están vacíos, porque carecen de un sí mismo (atmán) no se puede lograr que sean como deseamos, se resisten a nuestra voluntad y nos hacen sufrir, debemos eliminar la idea de cosas como en Tlön2 el deseo y nuestro “yo”. ‘La escritura del dios’ enseña que el debilitamiento del sí mismo en el prisionero le confiere todo el poder sobre el Universo, pero ya no impulsa el deseo de obrar. Para el budismo hay seres, en otros niveles de existencia, que no sufren, pero que también mueren y renacen bajo la forma humana una vez agotado el buen karma que los recompensa. Nacer bajo la forma humana es un privilegio porque está la posibilidad de alcanzar el nirvana y romper el ciclo de las existencias (samsara). El samsara no es otra cosa que la inmortalidad en el ciclo que Borges señala como una manifestación de sus efectos en ‘El inmortal’: ser inmortal es ignorar la muerte; pero algo muy distinto es saberse inmortal: si “cada vida es efecto de la anterior y engendra la siguiente pero ninguna determina el conjunto” y si “cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado le antecedieron”, entonces “un solo hombre inmortal es todos los hombres” y por lo tanto el mismo no es, porque saberse inmortal es no reconocer identidad, ser todos y nadie. La convicción sobre la inmortalidad –dice Cartaphilus, el Oudei del manuscrito– le parece razonable según “la rueda de ciertas religiones del Indostán”, con lo que alude a “la puesta en movimiento de la Rueda de la Ley” en el primer sermón del Buddha, en Benarés.
La doctrina de los ciclos y la concepción del infinito ilimitadoLos diferentes estados que puede conocer el universo antes de una repetición son infinitos. Cantor refuta la doctrina del eterno retorno en Nietzsche: la parte no es menor que el todo, porque la misma infinitud del todo está en la parte: “conjunto infinito –escribe Borges en ‘La doctrina de los ciclos’– es aquel conjunto que puede equivaler a uno de sus conjuntos parciales”. Borges señala que Nietzsche “desenterró la intolerable hipótesis griega de la eterna repetición y procuró educir de esa pesadilla mental una ocasión de júbilo. Buscó la idea más horrible del universo y la propuso a la delectación de los hombres”. El budismo pretende dar para esta pesadilla un camino de liberación, la posibilidad de que algo pueda acontecer de otro modo y finalmente, la extinción, contrariamente al ansia de penas eternas del “vivir de modo que queramos volver a vivir, y así por toda la eternidad” en Nietzsche. Dice Borges que para fundar su doctrina Nietzsche recurre a la finitud de una fuerza desenvolviéndose en un espacio infinito que el “equilibrio del universo” rebate. La idea, según la cual el universo llegará a su fin, forma parte de especulaciones físicas basadas en dos principios de la termodinámica: entropía y conservación. La muerte del universo, como la Odisea en ‘Las mil y una noches’, parece ser un eco de Oriente, puesto que habría sido formulada por Nagarjuna en el siglo II. En tanto que ‘De alguien a nadie’ (Otras inquisiciones, 1952) advierte en el Buddha la falacia de “imaginar que no ser es más que ser algo y que, de alguna manera, es ser todo”,3 íntimamente para el Buddha no ser alguien es estar vacío y por eso se es todo lo que son, o que pueden ser los demás: nadie. En ‘Historia de la eternidad’ se lee que “la vida es demasiado pobre para no ser también inmortal” mientras que la extinción definitiva (parinirvana) en ‘El inmortal’ se produce cuando Cartaphilus decide, en lugar de seguir viviendo, morir por última vez. La Ilustración –dicen Adorno y Horkheimer– provoca la separación entre signo e imagen: “En cuanto signo, el lenguaje debe resignarse a ser cálculo, y para conocer la naturaleza, renunciar a la pretensión de asemejarse a ella. En cuanto imagen debe resignarse a ser copia, y para ser enteramente naturaleza ha de renunciar a la pretensión de conocerla. Con el avance de la Ilustración, sólo las auténticas obras de arte han podido sustraerse a la mera imitación de lo que ya existe”; la filosofía se define por el intento de cerrar ese abismo. “En la obra de arte se produce nuevamente el desdoblamiento por el cual la cosa aparecía como algo espiritual, como manifestación del mana. Ello constituye su aura. Como expresión de la totalidad, el arte reclama la dignidad de lo absoluto. Ello indujo a veces a la filosofía a otorgarle primacía frente al conocimiento conceptual. Según Schelling, el arte comienza allí donde el saber desampara a los hombres. El arte es para él “el modelo de la ciencia, y la ciencia debe llegar allí donde está el arte”. En los anaqueles de la literatura encontramos al filósofo que, en lugar de dar una explicación del universo desencantado, nos permite en el hecho estético percibir su rumor. D Bibliografía básica |
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