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D08 VILLA SERRANA Imprimir E-Mail
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Acervo Cultural y Patrimonial
por Ignacio Acosta   
jueves, 01 de mayo de 2008
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UN VIAJE A LAS COLINAS

Villa Serrana es un sitio admirable del departamento de Lavalleja y uno de los rincones predilectos del turismo rural y ecológico. La armonía de la naturaleza fue reverenciada por Julio Vilamajó, quien ideó un asombroso proyecto arquitectónico y paisajístico en 1946. La integridad de sus valores naturales, culturales, históricos y fantásticos es digna de elogios. El paisaje meditativo lleva a quien lo descubre a perderse en el silencio, a ejercitar la soledad y a no olvidar la senda del regreso, el camino de las mariposas, las callecitas que conducen a este bosque encantado.

El naturalista Charles Darwin llegó a la aldea de Las Minas en julio de 1832 y escribió en su diario: “Algunas colinas, pero en suma el país conserva el mismo aspecto, aunque un habitante de las Pampas vería en él una región alpina”. Los pobladores se vieron sorprendidos por los fósforos que poseía aquel muchacho venido de Cambridge, por los cuales cada interesado ofrecía un peso. Se dice también que sedujo el aspecto de sus barbas, aunque esa impresión no pudo sino agregarla la memoria del Darwin célebre. Lo cierto es que el explorador, además de atender y describir el paisaje serrano, lo hizo con sus hombres, de los que dijo que algunos podían ofrecer tanto un saludo como la hoja de un puñal dentro de las pulperías. En 1769, en los tiempos de la tierra de nadie, una extensa fracción del territorio donde se erige esa cadena de sierras que continúa desde los límites de Minas hacia el noreste del país, había sido concedida por el gobernador de Montevideo a don Francisco Pérez Fontán. Con los años fue variando el mapa político con sus denominaciones e inventándose parajes para ofrecerlos a nuevas poblaciones. Pero la región alpina del suelo oriental, tal como observó ese inglés curioso, parece permanecer callada, armónica, notablemente indiferente.

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La sucesión de los títulos de propiedad convocó a los hijos de un heredero, que en junio de 1946 vendieron a Villa Serrana SA un territorio espeso de vegetación, afloraciones rocosas, hondonadas y humedad entre los valles del arroyo Penitente y Marmarajá, hacia el Marco de los Reyes, sitio histórico y efigie monárquica. La sociedad pensó en construir una villa de retiro cuya atracción estaría dada por el exotismo panorámico al abrigo de las laderas de los cerros. Establecida en la Ciudad Vieja de Montevideo operaba con un anexo situado sobre la calle Carrera de las dos Cuestas, de la incipiente Villa Serrana, desde donde se establecían comunicaciones a través de una caja con manivela. Recién en los años noventa se instalaron la luz eléctrica y el teléfono público para los ochenta habitantes actuales del lugar, además de abrirse hoteles para recibir el turismo alternativo. Por esos días ya estaba cerrada la fábrica de fósforos con cabitos de cera que alguna vez funcionó allí, como un imperceptible tributo a Darwin.

En 1960 fue elevado el obelisco en las cercanías de la residencia de Irma Sánchez, una habitante que desprende de la memoria de los sobrevivientes episodios inauditos: el pabellón nacional era izado para convocar las provisiones del almacenero Porta; por su parte los banderines de colores se usaban como señales, por ejemplo para advertir al aguatero que debía conducir, por las bellas callecitas sinuosas que abren las colinas, un carro tirado por bueyes. El bucolismo feliz de este poblado con gente cálida y dócil, a 25 kilómetros de la ciudad de Minas, tiene que ver con la mayor decisión que tomó la sociedad propietaria desde 1946: convocar al arquitecto Julio Vilamajó (1894-1948) para que realizara lo que sería la última gran obra de su inspiración.

II.

Vilamajó recorrió el lugar junto a un grupo de paisajistas extranjeros y reunió estudios con una inquietud exhaustiva. Tenía frente a sí los cerros Guazubirá, de 365 metros de altura, frente al Bella Vista, de 325 metros, laderas con la fronda de un monte serrano e indígena, piedras que indican que la idea de escalera está en la naturaleza, y un valle cruzado por el arroyo Miraflores. Consideró que “la arquitectura a planearse estaría íntimamente ligada con los materiales regionales, en tal forma que ella sea un exponente de los productos del suelo o de la industria local”. Entonces decidió construir sin adaptación topográfica bajo una geometría indiferenciada, tomando la piedra, la madera y la paja como materiales fundamentales para las viviendas.

Continuador de Frank Lloyd Wright, el Bertrand Russell de la arquitectura moderna, proscribió lo alto de las colinas y el valle como lugares de construcción. Lo que perseguía su sensibilidad era el recogimiento respecto del entorno natural: la arquitectura sería un surgimiento del mismo como refugio. Villa Serrana fue pensada como un lugar que debía conservarse inmune al espesor moliente, gris, oxidado y neurótico de la ciudad industrializada. Aun se percibe con gran intensidad –a pesar de la decadencia que sufrió el proyecto arquitectónico y paisajístico en los ochenta– un aura mágica, despegada de la polución espiritual de una ciudad cualquiera. El encanto del paisaje provoca el ánimo de permanecer allí.

ImageEn el Valle de la Alegría, ladera este del cerro Guazubirá, Vilamajó ideó el Ventorrillo de la Buena Vista, obra construida en 1946 y declarada Monumento Histórico Nacional en 1979, hoy en la fase inicial de una tardía restauración ante el deterioro que provocó en el arquitecto César Lousteau, biógrafo de su maestro, junto a la activa Liga de Fomento de Villa Serrana, indignación que se hizo pública. El edificio que representa la moral de los buenos habitantes da al amanecer de esos días que, a diferencia de otros ámbitos, cruzan los cerros con lentitud. La presencia corpórea del edificio casi brotado del paisaje recuerda la idea, originada en Königsberg, del arte como mimetización con la naturaleza (“que la obra parezca que siempre ha albergado a la gente, que la considera suya, y hasta la imagen […] surja naturalmente”, según suscribe un crítico del proyecto de Vilamajó). Desde su altura puede contemplarse el panorama en una rica perspectiva, aunque considerar el Ventorrillo como el ojo de Villa Serrana sería aventurar una hipótesis sin fundamento, pues ese “espacio existencial” (del que hablaban los teóricos que leían a Heidegger y a Merleau-Ponty) no tiene sino un centro subjetivo que se altera a cada paso y según la luz que va encendiendo las variedades del verde. Vilamajó suponía que “el paisaje total no se domina desde un punto; es necesario andar para captarlo en todos sus aspectos.”

Diseñó un trazo de caminos que llevan nombres de árboles: Guazubirá, Coronilla, Lantana, Sombra de Toro, Envira, Canelón, Arrayán, Chalchal, Carobá, Molle, Aruera, Tembetarí, Tala, además de los que posteriormente fueron signados como homenaje (Arq. Julio Vilamajó, Agr. Juan Bernasconi). Si los caminantes deciden esquivarlos pueden descubrir sendas asombrosas abiertas en medio de una vegetación extrema. La fauna, en la evidente libertad de sus ciclos, integra especies de aves, reptiles y arácnidos, también de mamíferos pequeños y medianos, entre ellos el guazubirá, en peligro de extinción. Fuera del mapa, camino del Ventorrillo hacia el cerro Guazubirá, puede alcanzarse la Piedra del Calagualero cruzando el arroyo Las Cañas y tomando una vía casi secreta: después de un sendero vigilado por cuervos de cabeza roja, con árboles quebrados, líquenes y humedales, aparece el monumento natural: una magnitud rocosa con una base de agua cristalina a pocos pasos donde según los moradores de Villa Serrana se encuentra un sitio llamado El Paraíso.

Otro de los patrimonios arquitectónicos legado por Vilamajó es el Mesón de las Cañas, de 1947, sobre la ladera este del Guazubirá, en las cercanías del Ventorrillo de la Buena Vista. Es otra muestra de la composición organicista de esta obra serrana, según la cual –leyendo a Norberg-Schulz– la creación espacial tiene similitud con los organismos vivientes: “orgánica es toda arquitectura donde la parte es al todo como el todo es a la parte”. La “dimensión de existencia humana” atiende al ambiente o entorno natural, decididamente ligado al espacio arquitectónico. En su proyecto, Vilamajó eligió plantar árboles cuyos colores difieren de la vegetación silvestre (árboles con hojas caducas para que el otoño se cargase de vivos colores). Se propuso “crear un jardín a gran escala”, como expresan sus comentaristas. Un jardín cuya diagramación quedase librada a la flora autóctona y al recorrido de otras semillas a través de los picos y las garras de los pájaros. En los primeros años la sociedad propietaria de las tierras plantó cien mil árboles con una función ornamental (abundancia de coronillas, canelones, pinos). Ahora, el horizonte se ve aligerado, algunas veces, por las plantaciones de eucaliptos cuyo aspecto de espiga no agrega nada a su belleza y más bien provoca cierto malestar en quienes protegen la naturaleza y conocen los peligros de la deforestación.

Sobre la línea baja del gran valle de Villa Serrana fue construido en 1958 un lago artificial, embalse y represa, denominado Arq. Stewart Vargas como homenaje a quien diseñó ese reducto decorativo con el flujo del arroyo Miraflores y la afluencia de la cañada de La Leona. Stewart también construyó la pequeña represa del Baño de la India en uno de los límites al Este. Sobre la belleza de la india que hizo cautivo al paisaje se conocen tantas variantes de la leyenda como narradores. Ese salto de agua que pierde su vigor durante el verano se agrega a la Olla (al Oeste, bajo el Guazubirá), una formación de rocas robustas y musgosas con riberas de monte cerrado que construyen naturalmente una pileta circular sobre el arroyo de los Chanchos. Para acceder a la Olla, a diferencia del Baño de la India, es necesario descender desde el camino principal de la villa hacia una quebrada y cruzar un alambrado. Es tal la afabilidad de los habitantes que uno de sus más conocidos lugares públicos está cercado y definido como propiedad privada.

III.

Un expresivo y amable poblador intenta explicar que la barba gris que crece principalmente bajo las ramas de las coronillas es típica de la zona. El mismo narró con humor espontáneo: “hace treinta años fui policía de Villa Serrana en ratos libres”. El Destacamento está construido como una casona de techo en caída muy digno del lugar, y la guardia amistosa brinda ese reconocimiento campesino cuando alguien pasa por allí. La gente se saluda bajo cierta condición de anonimato: en una calle dominada por la luz de la noche, si un viajero se cruza con alguien que viene de frente en alguna callecita zigzagueante, debe necesariamente dirigir un saludo al otro para probar que no se trata de un fantasma. De ese cielo bajo y de la noche plateada entre las sierras, se ha servido el astrónomo Gonzalo Vicino para fundar el observatorio Eta Karinae en la periferia de El Bosque, uno de los poblados pensados por Vilamajó.

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El observatorio es el límite sur de Villa Serrana: a continuación un camino conduce a un potrero de piedra, a un presunto cementerio indígena y a un gran tótem, de cuyos misterios es conveniente no dar detalles. Sobre las laderas de las sierras, el sistema de circulación pensado por el arquitecto no se confina solamente a los caminos, sino a zonas colectivas suficientemente airadas y contenidas por el paisaje. Los poblados llevan nombres idóneos para un plan de conservación y goce de la naturaleza, también recreativo para los eventuales visitantes según lo postulaban los asociados que compraron las tierras: Guazubirá, Los Romerillos, La Cumbre, Sierra Alta, del Golf, de la Leona. En el definido Barrio Obrero, en el bajo del cerro Bella Vista, están ubicados la mayoría de los moradores estables, el almacén Sierras Blancas y el teléfono público que superó la caja de madera con manivela que poseía la sociedad anónima en tiempos pretéritos.

Dos caminos de acceso, ubicados en el kilómetro 139,5 y 145 de la ruta nacional número 8 que atraviesa el departamento de Lavalleja, conducen a este poblado místico. Luego de tres kilómetros de curvas y un campo abierto que sería del placer del amante de las plantas aromáticas y la herboristería, el viajero llega –siempre que haya optado por el mojón 145– a la pendiente conocida como Piedra Alta, que puede considerarse el límite norte de Villa Serrana. Una vez recorrido el tramo hacia las laderas de la colina, se percibe que ha quedado atrás la extenuación de la ciudad. Aparecen las cabañas coloridas y dispersas respecto de los poblados mayores, en compañía de los intentos posteriores y anexos al bosquejo del arquitecto Vilamajó, en los que difieren del uso de materiales y de la sensibilidad constructiva. Se dice que en los ochenta Villa Serrana vivió una fase de decadencia revertida años más tarde.

Las callecitas con nombres de árboles –que son de tosca y que podrían, quizá, ser de piedra, no de asfalto– aún permanecen sin cordeles de electrificado que las alumbren, lo que permite apreciar desde cualquier sitio la luz crepuscular que cae desde el cerro Guazubirá, y más tarde la proximidad de las estrellas. En lo alto, más allá de los caminos, hacia el noreste de los cerros Guazubirá o Bella Vista, aparece una formación selvática y rocosa donde algunos vieron la imagen magnífica de un lagarto y donde también podría descubrirse la golondrina muerta del cuento de un príncipe feliz. Los lugareños reconocen la colina vecina, desde que un imaginativo visionario entrevió la figura, como cerro del Lagarto. Las referencias visuales pueden ser inagotables una vez que la mirada se haya adherido al paisaje de Villa Serrana y sus alrededores. La integridad del entorno natural se mantiene por el trabajo constante, las voces aventuradas y los sueños de quienes viven enamorados de este lugar bellísimo y secreto, una herencia poética nacida de las colinas. D

La Calaguala

Dossier agradece a Graciela Grillo, defensora del arte de Julio Vilamajó y responsable de la hostería donde brindó amistad, proyectos, nocturnas lecciones de historia, cuadernos manuscritos y otros materiales –entre los que destaca una monografía sin nombre, título ni fecha– que sirvieron de fuente a este artículo. A Bebe Correa, por sus memorias y el agudísimo sentido de la geografía serrana; a la abuela Celia, que aseguró que el paisaje es la segunda maravilla de Uruguay; a Mary (una habitante antigua y sin duda la más carismática) y también a Silvia, por estar allí. Don Pereira ensilló los caballos y la niña Nancy comandó una exploración señalando los peligros del monte sin despojarlo de su exótica belleza. La Calaguala es una posada de campo abierta todo el año a los visitantes, sobre la calle Carobá de Villa Serrana.

Libros consultados: Santa Ana, Daniel de. Villa Serrana: sensaciones y sentimientos. Edición de autor, cuidada por Linardi y Risso. Montevideo: 2005. Probides. Guía ecoturística de la Reserva de Biosfera Bañados del Este. Aguilar, Montevideo, 1999.

Ignacio Acosta. Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UdelaR) con un perfil orientado a lainvestigación semiótica. Ensayista y crítico. Colabora con artículos para revistas y suplementos culturales.

 
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