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D08 DE LO ESPIRITUAL EN LA IMAGEN | D08 DE LO ESPIRITUAL EN LA IMAGEN |
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| Fotografía | |
| por Emma Sanguinetti | |
| jueves, 01 de mayo de 2008 | |
![]() Carlos Pazos LA FOTOGRAFÍA DE CARLOS PAZOSHace ya mucho tiempo, el genial Henri Cartier Bresson definió la fotografía como ese instante en que se pone “en el mismo punto de mira, la mente, el ojo y corazón”. La frase se hizo famosa –como todo lo que hacía, decía o tocaba el gran maestro–, y no sin razón, pocas veces se ha alcanzado tal nivel de síntesis para definir algo tan complejo como el acto de fotografiar. Sin embargo, en el caso del fotógrafo uruguayo Carlos Pazos habría que sustituir la palabra ‘corazón’ por ‘espíritu’. Así, al menos, se desprende de la obra suya que se está exhibiendo desde hace unas semanas en el Museo Zorrilla de San Martín de Montevideo, la misma que pudo apreciarse este verano en la Fundación Pablo Atchugarry, en Manantiales.
Las fotografías de Pazos contienen distintas dimensiones de esta idea de “lo espiritual en la imagen”; por un lado, aquella que puso el artista cuando su ojo y su mente coincidieron en su punto de mira para capturar ese instante fugaz y transformarlo en eterno. Por otro, el ‘espíritu’ que nació cuando mucho tiempo después sus fotos comenzaron a relacionarse y a dejar de ser unidades autónomas hasta formar grupos de dos o de tres y, al hacerlo, convertirse en una nueva y distinta unidad. Por esto se presentan reencuadradadas en dípticos y trípticos, para que el espectador haga las conexiones y de esta forma inicie un viaje creativo y sensible hacia sus múltiples asociaciones. No es un mero capricho existencialista que la muestra lleve por nombre la sugerente palabra Tao, porque más allá de los hallazgos casuales que pueden ir de lo formal a la interpretación de sus contenidos, hay un definido hilo conductor que Pazos vincula con la ancestral filosofía oriental.
Las fotografías pertenecen a un extenso período (1993-2007) y fueron tomadas a lo largo de múltiples viajes por los más diversos confines del globo: desde la Antártida al desierto del Sahara, de París a Berlín, de Jamaica a Venecia o Estambul. Y esto es crucial, porque en Tao no hay una unidad temática sino un camino y es en esa senda vivida por “un hombre” que se convierte en camino “del hombre”; sentido de unidad que permite ir descubriendo otros vínculos, algunos formales, otros sensoriales, todos conceptuales.
Pero a todo esto –que no es poco, por cierto– se le suma el hecho de que Carlos Pazos es un fotógrafo con una extensa y prestigiosa carrera en nuestros medios de prensa, a pesar de que hasta el momento sólo en contadas ocasiones ha expuesto su obra. No es un dato menor ni mucho menos inocuo; lo que vemos es un trabajo meditado, ponderado y en consecuencia maduro. Un conjunto en el que todos los intereses y talentos desarrollados por Pazos a lo largo de su carrera (primero como fotógrafo de registro arquitectónico, luego en su trabajo periodístico en el semanario Búsqueda y en la revista Galería) encuentran terreno fértil para exhibir un desbordante potencial creativo. Dossier entrevistó al fotógrafo y a continuación se transcriben partes de esa charla, dejando que las palabras de Pazos nos guíen hacia la experiencia de sus imágenes. Hasta ahora su trabajo se difundía en medios de prensa, ¿qué se siente al estar en este nuevo papel? Me he encontrado con gente que me dice “pero yo a vos te conocía haciendo sociales, no sabía que hacías esto”. Estoy mostrando otra cara, algo que yo tenía para mí, por más que había participado en muestras colectivas en mis comienzos y también hice una individual que no la armé yo, me la armaron en Facultad de Arquitectura. Esta es la primera exposición que hago yo, que me es propia y que la hice pensándola en cada detalle.
Sí, en realidad hay una primera asociación que tiene que estar y que es la del equilibrio, para que las dos o tres fotos juntas visualmente sean una, que tengan una visión única. Luego hay algo más allá de esa primera visión, porque entran a jugar elementos temáticos, como por ejemplo en la de los niños. El niño que está en Venecia está pintando y asocia a Venecia con la cultura, a la niña que está en París se le vuela la pollera como a Marylin Monroe –se puede asociar a la moda y al glamour–, el niño de Estambul, un lustrabotas, es el trabajo, tiene cara de hombre, son los niños que trabajan. Hay entonces cosas más allá. Pero por otra parte, para mí todas las fotos representan en cierta forma un camino recorrido: tanto porque son viajes pero también porque está representada la vida del hombre desde sus comienzos, antes incluso, porque el hielo y las nubes son antes del hombre, hasta su muerte, la última son tres fotos de caminos. En una es el que se va tranquilo en paz, sigue el camino porque cumplió su misión, la otra es un auto que levanta humo, es un tipo que se olvidó de vivir la vida y ahora la quiere vivir o vivió siempre así. Y en el medio es una carretera, el medio vacío de los dos extremos. ¿O sea que hay una nueva forma, un resultado distinto? Hay un juego de miradas diferentes y hay un ritmo dentro de las fotos, el nombre lo descubrí después. Dentro del Tao esta el concepto de dualidad, el Ying-Yang, y empecé a descubrir coincidencias del Tao dentro de las fotos. El Tao es el comienzo de todas las cosas, del Tao surge el uno, del uno surge el dos, del dos el tres y del tres las mil cosas. La exposición surgió así eligiéndolas de a una, después empecé a asociarlas de a dos, y en algunos casos era necesario una tercera foto que conciliara las otras para volver a lograr esa armonía, ese equilibrio, que es lo que en cierta forma quiero conseguir cuando saco una foto, ese era el desafío. Otra de las coincidencias es que cada uno de los dípticos y trípticos se empezaron a convertir en unidad, a verse como unidad, entonces se empiezan a asociar con la de al lado y es el concepto de dualidad del Ying- Yang, que es una dualidad explícita en una unidad implícita. Habla de que son dos cosas diferentes de un mismo elemento, como si fueran las dos caras de una moneda, la sombra y la luz de una montaña. Me encanta descubrir coincidencias y en esta exposición hay muchas. Escogí la palabra Tao porque significa camino, y cuando empecé a leer sobre el Tao descubrí que en mi vida usaba elementos taoístas y no lo sabía. Claro que mi personalidad influye, a mí me gusta que las cosas se tomen su tiempo, que sean procesos, es una forma de ser. ¿Es una forma diferente de exhibir fotografía? Sí, en realidad sí; he visto trípticos pero siempre en secuencias, por más que nadie descubre nada. Me ha pasado de pensar y creer que descubro algo y después no es así, pero no he visto que se exponga mucho de esta manera. Surge como un juego, se potenciaban, se apoyaba una en la otra y generaban algo más interesante que la foto individual, por más que de manera individual también me gustan. ¿Qué lo impulsa a tomar la cámara y sacar una foto? Yo me considero un fotógrafo color, el color me atrae. Otra de las cosas es la composición, me gusta verla, no me gusta andar buscándola. El Tao habla del libre fluir de la naturaleza, del dejarse llevar, en parte como Freud hablaba del inconsciente. Yo me dejo llevar mucho. ¿Cómo surge o encuentra la imagen?
Las formas en la de la escalera del hotel en Piriápolis son caminos sinuosos. En las de las escaleras son caminos formales, está el cuadrado, el triangulo y el círculo, además que a través de la escalera vas y venís, es el juego de subir y bajar. En muchas se siente la influencia de sus años de fotografía arquitectónica. Sí, hay como un resumen de muchas cosas que he hecho a lo largo de mi carrera. Hay trabajo de prensa, fotos sacadas en la calle y está presente la arquitectura. Estudié arquitectura, trabajé en el Servicio de Medios Audiovisuales y también para la revista El Arca [publicación especializada en arquitectura y urbanismo]. Todo eso se ve reflejado en algunas de las fotos: hay composición, hay ritmos que tienen que ver con lo arquitectónico más allá de que aparezcan personas. En algunas composiciones juego como con un cuadro constructivista, hago relaciones que van y que vienen. Empecé a ver que al principio el juego era por tonalidades o por temas, pero después descubrí otras cosas y en eso me ayudó la curaduría, que es de Roberto Schettini. Él me ayudó a ver de otra forma, y juntos descubrimos cosas; caminos sinuosos y otros formales, diferentes lugares representando diferentes cosas, también lo lúdico. ¿Cómo definiría todo esto? Cartier Bresson decía “mente, ojo y corazón”, y acá hay mente, ojo y espíritu, porque saco la foto porque le encuentro algo, me transmite, de lo contrario no la elijo. Cartier Bresson es un maestro, una referencia, pero yo soy más ecléctico. La foto callejera me gusta si tiene color, porque por más que esté mostrando algo desagradable, me tiene que agradar en su forma visual, por ejemplo en la serie de los marginados, que son marginados pero me agradan. Me gustan diferentes elementos de todos, los incorporo inconscientemente; por ejemplo hay un color que se repite mucho en mis fotos, el amarillo, puede ser una curiosidad porque a mí de chico me gustaba Van Gogh. Lo que veo es que le he encontrado a un período extenso un hilo conductor y es importante porque cuesta años darte cuenta cómo fotografiás. Es hacer consciente lo que es inconsciente, y es difícil de explicar, lleva mucho tiempo. Es eso de la mente, el ojo y la espiritualidad, es lo que quiero que la gente descubra, que no sólo vea lo que está viendo, que la foto le devuelva algo. Hay algo muy compuesto en sus fotos y eso suele asociarse al orden, sin embargo también tienen mucho de imprevisibles. Por lo general, busco que no haya ningún elemento que no sirva a la foto, algo que la vaya a distorsionar. Los juegos compositivos se comparten entre todas, por ese equilibrio y esa armonía que busco, que puede ser la idea del agua, el campo y el desierto, pero que también aparece en coincidencias de horizontes o en lo cromático. En la serie de la ciudad y sus conflictos, saco una foto desde la terraza de las Torres Gemelas haciendo un juego de movimiento, como si me estuviera cayendo. Y eso hoy adquiere una fuerza, una dimensión diferente de aquel ejercicio de movimiento que hice en su momento. En otras comienzo a ver que las fugas coinciden o que coincide un punto blanco, o se contraponen colores fríos con cálidos.
En la serie del arte y el museo, hay un juego de miradas; a la Gioconda, que según dicen siempre te mira, son los espectadores que la están mirando, y yo que miro y saco la foto a los que la están mirando. ¿Y ahora se están dejando mirar en su exposición? Sí, es así; es raro pero ahí hay otra coincidencia. |
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