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D08 LA DANZA O EL ARTE DE SER LIBRE Imprimir E-Mail
Dossier 08
por Silvana Silveira   
miércoles, 30 de abril de 2008
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Foto: Nicolás Deragopian

CON EL BAILARÍN Y COREÓGRAFO GIGI CACIULEANU

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Francés de orígenes rusos y griegos, nacido en Rumania, Gigi Caciuleanu es, sin duda, uno de los más grandes coreógrafos de nuestro tiempo. Al frente del Ballet Nacional de Chile (Banch), compañía que dirige desde hace siete años, acaba de presentar en el Teatro Solís de Montevideo un brillante y conmovedor espectáculo titulado Noche Bach, en donde dejó bien claro lo que puede lograr un gran talento creativo al frente de un ballet compuesto por bailarines de elite.

Hay quienes se han acercado a la danza desde la gimnasia olímpica, como la bailarina francesa Sylvie Guillem, o desde el judo, como el bailarín y coreógrafo Angelin Preljocaj, ¿cómo comenzó su vocación?

Eso lo conté en un espectáculo sobre el bailarín ruso Vaslav Nijinsky. Utilicé todo el espectáculo –que se llamaba Mi noche con Nijinsky– para contar cómo comencé. Fue porque mi mamá pensaba que yo tenía mucha energía y nunca estaba quieto. A los cuatro años me llevó a tomar clases de danza, un poco para cumplir su propio deseo de estudiar danza, ya que su familia no le había permitido dedicarse a eso. Ese era su sueño. Y cuando vi por primera vez a la profesora me enamoré de ella: era una Miss Rumania, rubia, con ojos azules. Así que nada de danza, yo sólo la vi a ella y le dije “quiero casarme con usted”. Ella dijo “bueno, un poco más tarde, ahora ponte a la barra”. Estando en la barra, escucho “assamble”. Fue la primera palabra que escuché en clase, entonces comencé a llorar y ella me tomó en los brazos. Me dijo: ahora tú vas a improvisar.

Durante el espectáculo de fin de año, me dio el papel del bufón. Me pusieron sombrero de bufón y una joroba. Había un príncipe y unas chicas que hacían movimientos maravillosos, y yo estaba temblando de miedo. Cuando se abrió el telón ella me dijo: puedes hacer lo que quieras, por ejemplo impedir a los otros que bailen, entonces empecé a hacer que todos se cayeran. Y tuve el mayor éxito. Eso fue muy antitradicional, después sufrí mucho porque no encontré esa libertad en otras escuelas. Mi vocación comenzó con la idea de que bailando puedes ser libre. Yo no sé ni cómo bailé. Pero en mi cabeza yo bailaba. Tal vez en mi cuerpo bailaba.

En sus coreografías se ve esa libertad de movimientos, pero ¿hay algún tema o alguna emoción en particular que le interese poner en juego cuando crea una pieza?

Como a todos los artistas, todas las emociones humanas me parecen interesantes. No bastarían diez vidas para expresar todo lo que quieres expresar, al menos a mí me pasa eso. Tengo tantas cosas, tanto material, tantas ganas, tantos deseos y sueños que no sé qué hacer más rápido. Pero lo más importante para mí es lo humano en su mezcla de animal y ángel, o de diablo. Esa mezcla entre alto y bajo, los altibajos humanos me interesan mucho. Pienso que la danza, si quiere ser un arte mayor debe –como la música– tener un registro amplio. Como una sinfonía de Mahler, que te hace pasear entre la vida y la muerte, el nacimiento y el último aliento, entre la alegría más profunda y la tristeza más profunda. Como lo hace también la música de Mozart o el jazz, o la música de Edith Piaf, o una melodía interpretada por Louis Armstrong. Te pueden hacer caminar por todo el universo en un segundo. Esa es la gran calidad de la danza, que en un gesto puede contener muchas cosas, un poco como El Aleph de Borges.

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¿Cómo encuentra el gesto indicado para comunicarse con el espectador?

La idea es que lo que estoy presentando pueda ser disfrutado por un niño de cuatro años y un académico de ochenta y cuatro. Hay mucho material dentro, mucha información que utilizo sabiendo que cada uno va a decodificarla según su nivel de entendimiento, según sus deseos. Una persona que siempre quiso bailar va a tomar de mi danza el deseo que siempre tuve de bailar. Una persona que ama la filosofía, encontrará algo de filosofía, y quien ame la poesía encontrará algo de poesía. Al que le interese sólo la matemática o las elucubraciones intelectuales, espero que también encuentre algo de eso. Para que eso suceda, debo insertar en lo que haga todos los elementos de que dispongo.

¿Le interesa particularmente el jazz?

Sí. Me interesa la buena música. Pienso que la música contemporánea tomó dos o tres o cuatro caminos, uno es el jazz. Es maravilloso porque mezcla las raíces afro, de los blancos americanos, de los que vienen de Europa. Hace un nexo entre los seres humanos del globo. También me gusta el tango. Soy adicto al tango y he trabajado con él.

¿Qué otros elementos están presentes en su manera de bailar?

Mi manera de bailar es distinta a mi manera de hacer bailar. Primero porque sería una lástima que la gente me imitara. Por otro lado creo que es imposible. Porque cada uno de nosotros es único, y sería estúpido de mi parte obligar a alguien a ser como yo, y doblemente estúpido no dejarlo ser como es él o ella. Entonces es el eterno problema. Pusiste el dedo donde duele porque ¿cómo hacer que la persona que te representa bailando te represente a ti humanamente? Eso es lo que encontré con el Ballet Nacional de Chile, unos chicos que me aman y que yo amo, que me aman por lo que soy y yo los amo por lo que son. No tratamos con seres ideales, que no existen, creo que la perfección no es de este mundo, pero sí la genialidad. Quiero trabajar con genios. Cada uno de nosotros –el público también– puede ser genial en un momento u otro. El dilema es elegir ese momento y canalizarlo. También pienso que el público es una entidad inteligente. No pienso que no pueda entenderme. Tal vez una persona no te entienda. O cinco, o diez, pero hay distintos horizontes que se mezclan y hay un denominador común que realmente es más inteligente que una persona, más inteligente que yo. Pienso que una comunidad de personas es más inteligente que una sola.

¿Cómo ve al público sudamericano en comparación con el estadounidense y el europeo?

El embajador de Francia decía durante una de mis visitas a Montevideo una cosa muy bonita: a final de cuentas, lo que le gusta de países como Uruguay es que hay mucho movimiento, comparado con otros países que se han encerrado mucho en ellos mismos. La gente es más abierta, también el público, conoce un poco más. La gente aquí sabe mejor lo que pasa en París que yo. Porque se interesa mucho más. Eso me pasó en Rusia también. Pienso que, desde el punto de vista cultural, los lugares que están más por fuera del circuito plástico, como París, Berlín o Nueva York, de repente son más interesantes como público porque saben más. Aquí hay un público que me acogió en un plano muy cultural cuando monté Cuatro estaciones, había mucha crítica inteligente, un nivel muy alto, el mismo que encontré en Rumania y Rusia. En Rusia monté espectáculos muy difíciles para mí, como el solo sobre Nijinsky. Tenía mucho miedo porque presentar Nijinsky en Rusia es como presentar Molière en Francia. Es tocar cosas que son de ellos. Pero funcionó siempre sobre el plano de lo universal: porque Chéjov pertenece al mundo, como Neruda y Louis Armstrong.

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¿Qué recuerda de su experiencia junto a nuestra primera bailarina Sandra Giacosa, actual directora del Ballet del Sodre?

No sólo es la primera bailarina, sino que es una artista completa. Es modestísima como todos los grandes y la encontré la primera vez cuando monté las Cuatro estaciones. Todos estaban haciendo alguna cosa y ella estaba en un rincón muerta de angustia; yo la miré a ella con esa cara de Virginia Wolf, con tanto dramatismo y tanta tragedia en una persona que estaba sentada y no hacía nada. Pero bailó magníficamente. Monté para ella la Sinfonía fantástica. Luego fue a Francia donde hice para ella Danzas de medianoche.

¿Qué exige a sus bailarines?

Que sean muy personales, que no se traicionen a sí mismos. Que no se copien y no me copien, que traten de encontrar lo que es original en sí mismos. Mi personalidad siempre se expresa a través de lo que ellos hacen, pero lo más importante es que su personalidad se pueda reflejar en lo que yo propongo. Para mí la técnica no es un vocabulario, sino una ampliación de las posibilidades corporales.

¿Cómo entrena en medio de tantos viajes?

Trabajo mucho en condiciones muy difíciles porque viajo mucho. Tengo un cuarto de hotel muy grande, puedo escribir un libro sobre cómo se puede trabajar en un cuarto de hotel. Puedo poner la mano sobre el toallero, puedo utilizar la cama, el escritorio. Mi maestra Miriam decía que la mejor sala de ensayo es el tranvía. Ella debía hacer una hora de trayecto en tranvía y mientras pasaba su danza por la mente, cuando llegaba ya sus músculos intelectualmente habían trabajado. También la música puede hacerte trabajar sin que te levantes y comiences a trabajar. Hay muchos niveles de trabajo y creo que los músculos obedecen finalmente al intelecto. Así como una sonrisa puede provocar no sé cuántos procesos químicos en el cuerpo, también un pensamiento de danza puede provocar cambios en el cuerpo.

¿Qué es, según su óptica, lo más importante en relación a la danza?

La idea de libertad, de no imitar, de no traicionar tu originalidad. Como siempre tenemos clases, esto se hace así, esto no se hace de tal modo. Tiene que haber un equilibrio entre lo que se debe, lo que se hace, y lo que tú haces. No traicionarse me parece lo más importante, como no se traicionó Picasso cuando pintó Les madmoiselles de Avignon o Guernika, se expresó plenamente sin imitar a los demás. D

Silvana Silveira. Cursó estudios en la Licenciatura de Ciencias de la Comunicación. Ha trabajado como cronista en varios medios.

 
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