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D10 Movimiento y quietud en el museo Imprimir E-Mail
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Danza
por Melisa Machado   
lunes, 01 de septiembre de 2008

Programa Nuevas Vías de Acceso

ImageOnce bailarines, seleccionados entre los mejores con que cuenta la danza contemporánea local, fueron los protagonistas entre el 16 de julio y el 10 de agosto de un evento poco común que tuvo como escenario el Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV). Performances, solos y talleres de danza contemporánea dieron forma a una actividad artística que procuró establecer un diálogo entre la danza y las artes plásticas.

“Que la danza contemporánea está por el piso, me da no sé qué ponerlo yo. Que lo digan otros. Siempre estamos abusando del suelo, del suelo...”, dijo la bailarina y coreógrafa Carolina Besuievsky, quien, envuelta desde las rodillas hasta la cabeza por las clásicas franelas anaranjadas, esas de lustrar muebles, improvisó una danza en la que avanzó reptando, se atascó en las columnas y en los pies de los espectadores, a quienes en alguna oportunidad llegó a lustrarles los zapatos. Los niños la persiguieron riendo, tiraron de sus manos y pies. “¿Vos sos nene o nena?”, le preguntó uno de ellos. “Soy franela”, respondió la lustradora de pisos.
Besuievsky estaba jugando con su hijo en el museo cuando se le ocurrió esta idea. Estaban tirados en el piso mientras observaban el ajedrez de esculturas expuesto en la sala 5. En ese instante surgió la idea de su trabajo: desplazarse a la altura de los zócalos. Nació entonces ‘Franela’: una danza de los bordes, de las junturas, de las intersecciones entre un plano y otro, del límite entre el espacio y el movimiento.
“La palabra franela es completamente polisémica. La franela limpia es naranja, cuadradita, suave y lisa. Implica un movimiento: para limpiar tenés que deslizar el brazo –o el pie– una y otra vez sobre un mismo lugar. ¿Qué pasa si un cuerpo se transforma en la franela misma? Esa palabra tiene también un aspecto sexual, amoroso”, explicó la bailarina.
Nuevas vías de acceso V es el nombre que recibió el evento que tuvo como curadores a Silvana Silveira y Fernando Álvarez Cozzi, y en el que participaron Andrea Arobba, Carolina Besuievsky, Adriana Belbussi, Andrea Lamana, Daniella Passaro, Florencia Martinelli, Paula Giuria, Roberto Vidal, Leticia Falkin, Miguel Jaime, Carmina Lebrato, Mónica Secco, Florencia Varela y Graciela Figueroa (estas dos últimas sólo impartieron talleres).

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El museo revisitado

Desde hace unos meses el acervo del museo está siendo utilizado como ‘piedra de toque’ por diferentes artistas y agentes de la cultura. Ellos van, observan, eligen una obra, y a partir de entonces generan un nuevo discurso plástico, literario, ensayístico o una pieza de danza.
En ocasiones anteriores se les pidió a artistas plásticos, curadores y críticos de arte que eligieran una obra del depósito y generaran un texto crítico no formal y/o una nueva obra. Se trata, entonces, de una suerte de parafraseo o diálogo entre creaciones. En el caso de la danza no se trató de bailar una obra preexistente, sino de utilizar el espacio ya existente, aunque también de generar un diálogo con la obra allí expuesta temporalmente: una exposición del catalán Joan Miró y otra del uruguayo Gonzalo Fonseca.
A nivel coreográfico, los bailarines intentaron crear a partir del ritual que se genera cuando el espectador ingresa al museo y va en busca de un cuadro o una escultura. El museo es un lugar de silencio, donde habitualmente no hay mucho bullicio. Quizá por eso, una de ellas, Mónica Secco, bailó utilizando un hi-spot, de manera de no alterar demasiado el espacio sonoro. Pero también es espacio que legitima. Y al danzar en ese espacio el propio público quedó inmerso en la obra.
Cuando el público entraba en las instalaciones del museo, lo primero que podía leer, sobre una pared roja y central, puesta ahí momentáneamente para exhibir la obra de Fonseca, era: “Gonzalo Fonseca. Sobre los muros”.
Y justamente allí, sobre la roja pared desnuda, Carmina Lebrato, vestida de rojo y negro, improvisaba movimientos, siempre recostada y pegada al muro. “Imaginé una minihistoria que funcionó como una estructura de trabajo. Imaginé un principio y un fin, con pautas que yo misma me impuse. Y esa historia surge de lo que está sucediendo en el aquí y ahora. Me interesa mucho trabajar el momento. Los movimientos fueron limpios, claros y precisos”, dijo de su propia coreografía. Y así fue.
Durante esos días, se vio al público caminar entre las obras de Fonseca colocadas al centro de la sala, entre los cuerpos de los bailarines y los cuadros colgados en las paredes.
El día que se inauguró el evento, el museo estaba atiborrado de personas. Algunos se sentaban en el suelo, otros en las escaleras. Varias performances ocurrían al unísono. Imposible abarcar todo con la mirada. De la cafetería salía olor a café y a torta de chocolate. La sensación era de cierto caos pero también de vida y movimiento. Además del público habitual (generalmente personas mayores de 40 años) había niños, adolescentes y jóvenes. Todos parecían disfrutar lo que allí ocurría. “Bien por Jacqueline Lacasa”, se escuchó decir, “esto sí que es un museo de primer mundo”.
Al pie de las escaleras, los B-Boys, un grupo de jóvenes de La Teja (entre 19 y 25 años), desplegaron una suerte de break-dance. Trajeron sus piruetas del cemento al parqué del museo. El público aplaudió entusiasmado. Hasta silbó. Eran buenos. Al menos sorprendían.
“¿Pero qué es esto?”, dijo una señora. Algunos de los allí presentes parecían no entender lo que estaba sucediendo. No sabían si detenerse a observar los giros y los paros de manos y cabeza de los muchachos o seguir en busca de una obra de Fonseca o de Miró.

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Equilibrios sobre el parqué

Andrea Lamana y Daniella Passaro hicieron equilibrios sobre cintas de papel que ellas mismas fueron pegando en el suelo. Delimitaron el espacio, lo reformularon. Jugaron. Con ellas mismas, con la danza y hasta con ‘lo sagrado’ del sitio donde se exhibe aquello que se considera una obra de arte. Lamana imitó la forma de una escultura de Fonseca. Se quedó ahí estática y extática, con la boca abierta, inclinada sobre un lado. “¿Y esto es danza?”, dijo un espectador desprevenido.
Unos metros más allá, Passaro bailó con un ramo de margaritas, luego de quitarse el gabán de cuero marrón y los zapatos –blancos y de gruesa suela de goma negra– con los que estuvo haciendo equilibrios sobre las cintas pegadas en el suelo. De pantalón y remera se la vio luego etérea y liviana, en un segundo solo, casi fantasmal entre los cuadros. Su danza era casi una parodia de lo femenino, una delicada exacerbación de un extravagante tocado. Tiró y recogió flores. Movió las manos como si vistiera un tutú. Se armó un loco peinado con margaritas. Se las fue clavando una a una en su pelo recogido.

Había en su ropa y en su estética cierta reminiscencia china o japonesa. Cierta burla a la postura estereotipada de la mujer ‘excesivamente’ femenina, la que no rompe ‘moldes’. Y a la danza clásica.
Passaro explicó su performance: “una mujer viaja y marca su objetivo lanzando un objeto como ‘proyectil’ (un bolso), al estilo de una rayuela gigante, desplazándose de un punto a otro del espacio, dejando su huella, tejiendo su recorrido, construyendo su obra en el transitar. Deja su huella como se narra en el cuento zen en el que un aprendiz de monje lleva un cuenco con agua para entregar a su maestro. En el camino, el agua se va derramando hasta que, cuando éste llega al maestro, no tiene ya ni una gota en el cuenco. Pero cuando el aprendiz se lamenta, el maestro lo invita a darse vuelta y mirar atrás. En cada sitio donde el agua se ha derramado, una flor había crecido, de tal forma que lo que se ve es un hermoso jardín”. Así su performance.

Adriana Belbussi, por su parte, trajo al museo parte de un espectáculo creado con anterioridad: Humano interior, una obra con seis escenas que dura sesenta minutos y que el año pasado ganó los Fondos Concursables del MEC.

Originalmente, la obra fue concebida para que fuera desplazándose por el espacio urbano de las ciudades que visitaría una gira planificada para realizarse en varios departamentos del ‘interior’ de Uruguay. Cinco mujeres eran entonces las protagonistas de una pieza que trataba el tema de la soledad y la pobreza.

“Trabajamos sobre esa necesidad que tiene el individuo de tener un montón de cosas que quizás no son tan importantes. Todo es tratado de manera muy lúdica y utilizando muchos elementos como bolsas de plástico, platos, animalitos de plástico, tacitas. Íbamos siempre andando por la ciudad. Nos desplazábamos corriendo, caminando o en bloque. La última escena es como una pradera llena de flores, en donde nos detenemos un rato a descansar”, contó Belbussi.

En esta oportunidad Belbussi bailó sola. Su solo entró primero por los oídos cuando agitó con fuerza varias bolsas de plástico. Alteró el aire con sus sonidos. Se la vio vestida de calzas y campera negra primero. Luego, como por arte de magia, apareció semidesnuda y cubierta –de a ratos– con un vestido hecho de retazos de papel de aluminio o nailon. Hasta mostrar el torso desnudo, algo a lo que esta intérprete ya tiene bastante acostumbrado a su público.

“Las bolsas hablan de consumo pero también de todos los individuos que andan detrás de ellas, de los individuos que paran y se alimentan de lo que hay adentro. A veces vemos gente durmiendo en el piso, tapada con nailon y ni siquiera reparamos en ello. El traje confeccionado con los envoltorios de la comida es una forma de decir que comer es todo un lujo. Vestirse con una bolsa de polenta o de fideos es una forma de decir: yo puedo comer todo esto, esto me cubre y soy lo que como (o lo que puedo comer)”.

Si en el museo este espectáculo parecía un poco ‘traído de los pelos’, no ocurrió lo mismo con el que ella misma llevó a cabo en el primer piso. Allí utilizó como escenario enormes fotografías ploteadas que mostraban árboles nevados, grises, sin hojas. Con una ancha bombacha roja a lunares blancos, de musculosa negra, descalza, con una gran flor roja que le tapaba totalmente el rostro, Belbussi se contorsionó mínimamente ante los árboles nevados, mientras emitía sonidos disonantes y graves. Creó diálogos ininteligibles y trajo, ella también, reminiscencias orientales. En este caso del teatro No o de la danza Butoh. ‘La flor parlante’ podría haberse llamado esta breve y contundente performance.
Leticia Falkin realizó un largo y sutil diálogo repetitivo, también con varios de los cuadros expuestos en el primer piso. Fue agradable ver cómo ‘entraba y salía’ metafóricamente de las pinturas. Una propuesta diáfana.

En las representaciones de Belbussi (propuesta de la ‘flor parlante’) y Falkin fue donde se pudo apreciar mejor el diálogo o el ‘enriquecimiento’ entre la danza, el espacio del museo y las obras allí expuestas.

Andrea Arobba, Paula Giuria y Florencia Martinelli (de la compañía Trust me) intentaron crear también ese diálogo: en un momento con una escultura de Fonseca y en otro momento con las obras de Miró. ¿Lo consiguieron? Podría decirse que en parte sí. Y en parte, no. Escuchémoslas: “A nivel conceptual tratamos de hacer un planteo de todas las posibilidades que hay de ver una misma cosa. Y de cómo uno se va adaptando, porque en esta búsqueda de cambiar el foco, tu cuerpo va cambiando y se va acomodando y transformando. También intentamos crear la ilusión de generar un espacio distinto, generar un cambio a nivel de la percepción de la gente”, explicaron estas bailarinas.

Miguel Jaime, por su parte, realizó movimientos repetitivos delante de los cuadros. Fue una suerte de espectador danzante. “Me interesó trabajar sobre los distintos planos de repetición: repetir conductas. Repetimos para volver a mirar, para volver a pasar, para aprender, para obtener un resultado. Repito movimientos para construirme y deconstruirme. De esa manera genero una forma de moverme y de esa forma voy modificando el espacio, usando el espacio como el cuerpo, el cuerpo como un espacio que está dentro de otro espacio. Y modificando ese subespacio traté de modificar el espacio general del museo o del lugar donde me encuentro. No espero un resultado, me interesa probar esas ideas y ver cómo funcionan”, comentó.

El resultado general fue una simultaneidad de acciones y movimientos que resultan bastante esterotipados dentro de la danza contemporánea. Se vio también una ‘excesiva quietud’ (en ocasiones las bailarinas se quedaron durante minutos en una misma posición y no danzaron). Y, en general, se observó poca creatividad en la utilización del espacio así como un mínimo diálogo con las infraestructuras.

Durante la conferencia que cerró Vías de Acceso V: Museo en Danza el domingo 10 de agosto,la catedrática argentina Susana Tambutti –especialista en danza contemporánea– dijo entre otras cosas, que había observado a los bailarines “como encapsulados” en sí mismos y en sus propias creaciones.

Melisa Machado. Poeta, periodista, crítica de arte. Fue editora y asistente de edición en diversos medios de prensa. Desde 1990 hasta la fecha escribe en El País Cultural, Punto y aparte, Posdata y Tres, entre otros. Es terapeuta corporal de shiatzu-zen. 

 
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