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D10 LA MODERNIDAD DE LOS CLÁSICOS Imprimir E-Mail
Dossier 10
por Pedro da Cruz   
domingo, 31 de agosto de 2008

ENTREVISTA CON EL MAESTRO LINO DINETTO

ImageDos exposiciones simultáneas, llevadas a cabo en Montevideo a fines del año pasado, sirvieron para que el público local apreciara la producción del notable pintor italiano Lino Dinetto, quien vivió y trabajó en Uruguay durante toda la década de 1950, una época de oro para la cultura uruguaya. Luego de medio siglo de ausencia, y ya ampliamente consagrado en Italia, el maestro regresó al país con motivo de las muestras. Entrevistado en esa oportunidad por Dossier, el artista expresó emocionado que la mejor manera de regresar era con esa gran retrospectiva de su obra.

 

 

Encontramos a Lino Dinetto en el Hotel Regency Suites de Carrasco. A sus ochenta años, el reconocido pintor demuestra gran vitalidad. El espíritu parece ser el mismo que seguramente tenía cuando hace más de medio siglo, con algo más de veinte años, se embarcó rumbo a un continente desconocido, después de recibir el encargo de pintar una serie de frescos en una iglesia de una ciudad del interior en un pequeño país del sur de América.

Cuéntenos sobre su formación y de los grandes artistas que conoció, siendo muy joven, en Milán.

Conocí muchos maestros, pero en realidad los más grandes maestros que encontré fueron los museos. Los profesores te dicen siempre algo de lo que tú estás haciendo, dibujando o pintando. Te hacen algunas correcciones, cosas escolásticas. Cuando encontré a grandes maestros como Carlo Carrá y Mario Sironi ya había estudiado. Tenía una formación muy importante cuando llegué a Milán, ya sabía pintar muy bien. El contacto que tuve con los grandes fue más bien un intercambio de ideas. Se estaba viviendo un momento de ruptura después de la guerra. Era el inicio de una época de transformaciones. Por una parte llegaba la pintura americana, por otra parte, la pintura de París, la pintura inglesa, la japonesa, la rusa. Y se discutía sobre todo eso.

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‘La spiaggia’. Óleo sobre tela.
Fueron años de seria meditación, nuevas experiencias, una apertura a varias posibilidades: el tema Picasso, el problema del cubismo, el de la recuperación del objeto estable en la Escuela de París… En Italia era actual la pintura metafísica, con artistas como Giorgio de Chirico, Giorgio Morandi y Alberto Savinio. Se pensaba que la pintura futurista ya se había agotado, que no tenía más posibilidades. Algunos aspectos del futurismo eran una especie de romanticismo superado. Aunque era revolucionario, era muestra de una cultura romántica. Estos fueron años de seria meditación sobre mi futuro. Sentí espontáneamente que no debía seguir ninguna tendencia. Tenía más que todo la necesidad de estudiar a los grandes maestros del pasado, porque no había estudiado lo suficiente. Ninguno de mis colegas, de mis amigos artistas, había estudiado profundamente. Siempre se miraban las obras de los maestros del pasado, del Renacimiento, etcétera, con mucha superficialidad, como se hace normalmente. Entonces tenía la necesidad de contemplar, de tener una inspiración espontánea de los grandes, y comprender la personalidad verdadera de cada uno de los maestros. Recién después de estudiar a los maestros puedes comprender a los modernos. Allí uno entiende que los maestros antiguos son modernos. En su creatividad verdadera son tan modernos como los modernos, sólo que no están de moda. El arte se confunde con la moda. De verano, de invierno y de primavera.

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‘Figura in rosso’. Óleo sobre tela.
Cuando estuvo en Milán, ¿ya había estudiado la técnica del fresco?

La estudié cuando era niño. Con grandes decoradores –entonces se llamaban decoradores– que sabían hacer el fresco mucho mejor que varios artistas reconocidos. Conocían la técnica a la perfección, y sabían preparar una pared de varias maneras: a la veneciana, a la sienesa, etcétera. Italia tiene una gran tradición en las técnicas del fresco. En la ciudad en la que vivo, Treviso, las fachadas de las casas están llenas de frescos, con motivos decorativos, figurativos, ornamentales o simbólicos. Esto todavía hoy se puede leer en la pared. Aquellos que los hicieron sabían hacerlo, de otra forma los frescos no habrían durado tantos siglos.

¿Qué lo impulsó a venir a Uruguay en 1950?

Fui invitado a pintar una serie de frescos en una gran iglesia, por eso vine. Vine con un contrato, pero en lugar de hacer ésa, hice otra. Aunque el tema fue siempre el mismo y la sustancia no cambió. En Uruguay me quedé en total diez años, que son muchos para un joven de la edad que yo tenía entonces. Aquí viví mi juventud.

¿Qué edad tenía cuando llegó?

Tenía 23 años. Se imagina. Una persona joven que asimila todo lo que ve. Eran momentos brillantes para Uruguay. Un lindo momento, un punto de irradiación cultural que tenía mucho de París. Los artistas que conocí tenían una visión francesa, más que italiana. Francia en ese momento era el centro de irradiación, después pasó a América [Estados Unidos], que tenía la plata y los más grandes artistas. Francia era la consagración, si uno no había estado en Francia no se podía llamar artista. Había un aire demasiado francés en Uruguay, según mi punto de vista.

Durante los años cincuenta funcionaba el Taller Torres García, ¿tuvo algún contacto con él?

Conocí toda la obra de Torres García. Mi compañero de trabajo en el Instituto de Bellas Artes de San Francisco era Eduardo Díaz Yepes. Trabajábamos juntos, él enseñaba escultura y yo pintura. Nos pasábamos los temas, estábamos en sintonía. Teníamos un taller dentro de la escuela. Él se casó con Olimpia Torres, la hija mayor de Torres García, y me contaba todo sobre el Taller Torres García.

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‘Ídolo’. Óleo sobre tela.
Hablando de pintores uruguayos, ¿le interesa de la obra de Pedro Figari?

Es un artista que yo siempre he apreciado. Lo he visto con mucho interés. Algunos cuadros son muy lindos, muy interesantes. Me llamó la atención una cosa importantísima, que en general no se apreciaba y por lo que no lo entendían. Y es que él tenía la capacidad de narrar, era un narrador de la cultura que había en ese momento, que se ha perdido. Los pintores de ahora quieren pintar obras absolutas, pero no saben narrar. Quisiera saber cuántos pintores de hoy tienen la capacidad de narrar.

¿En su condición de extranjero llegó a insertarse socialmente como artista en sus años uruguayos?

Sí, participé en los salones nacionales en los que recibí varias distinciones, como el primer premio de Artista Extranjero. La culminación fue cuando gané el Gran Premio de Punta del Este en 1959. Fue muy importante, porque había artistas de Argentina, Brasil y Uruguay. Y yo gané el máximo premio por Uruguay. El director del Museo de Arte Moderno de San Pablo me invitó a hacer una exposición. Y partí con mis cuadros e hice una gran exposición temporal en el museo del Parque Ibirapuera. Sólo a grandes artistas se les daba esa oportunidad. Pero nunca me sentí un gran maestro o que tuviera algo especial. Había seguido mi instinto personal, mi vocación de artista, y nada más. No me importa que me digan que soy Miguel Ángel, no es verdad. Cada uno es lo que es. Seguí mi camino, en mi arte siempre ha habido un rumbo preciso.

Además de los frescos en la Catedral de San José, ¿qué otra obra importante realizó en Uruguay?

Varias: pinté frescos en Manga, en el Cerrito... Hice cosas que entonces me parecían bastante buenas. Ahora no sé, tendría que verlas de nuevo, y ver si resisten. Yo pienso que un artista no está parado en una posición: vive, se alimenta, va adelante, y llega a una madurez. Puede haber varias madureces en la carrera de un artista. Si tomamos por ejemplo a Miguel Ángel, vemos que tuvo una primera madurez a los 25 años, cuando realizó ‘La piedad’. Fue un capo laboro académico, la técnica muestra que sabía hacer las cosas como un artista griego. Después tuvo su segunda madurez cuando pintó la Capilla Sixtina en el Vaticano. Y por último una tercera madurez, cuando pintó ‘La crucifixión de San Pedro’. Si usted lo mira bien es como un artista moderno. Es muy expresionista, sólo que dentro de los cánones de aquel tiempo. Pero la inspiración y la espontaneidad del hombre al crear, son actuales. Los sentimientos son los mismos que los de ahora.

¿Qué hizo cuando regresó a Italia?

Muchísimas cosas, algunas muy importantes, siempre activo como artista. Lo último lo hice para el actual Papa, Benedicto XVI. Una tela de cinco metros para la residencia de verano, encargada por el arzobispo de Treviso, en acuerdo con el Vaticano. El Papa me felicitó, porque creía que ya no había más artistas que supieran hacer esas cosas.

El Museo de Artes Visuales realiza una gran retrospectiva de su obra, ¿cómo siente al respecto?

Siento que es la mejor manera de regresar a Uruguay. D

Pedro da Cruz. Doctor en Ciencias del Arte por la Universidad de Lund, Suecia. Fue curador del Museo de los Bocetos, museo de arte de la ciudad de Lund. Artista plástico. Actualmente colabora con El País Cultural. 

Noticia biográfica
Lino Dinetto nació en la Ciudad d’Este (región del Veneto), Italia, en 1927. Aún muy joven se trasladó a Venecia para dedicarse a estudios de Bellas Artes. A los 15 años se instaló en Milán, donde tuvo la extraordinaria experiencia de estudiar con los grandes maestros Sironi y Carrá. Junto a estos maestros profundizó los problemas del futurismo y de la metafísica.

Lino Dinetto nació en la Ciudad d’Este (región del Veneto), Italia, en 1927. Aún muy joven se trasladó a Venecia para dedicarse a estudios de Bellas Artes. A los 15 años se instaló en Milán, donde tuvo la extraordinaria experiencia de estudiar con los grandes maestros Sironi y Carrá. Junto a estos maestros profundizó los problemas del futurismo y de la metafísica.

A principio de los años cincuenta, aún muy joven, se trasladó a Uruguay, donde tuvo una prolífica carrera; pintó grandes obras sacras, como la cúpula de la Catedral de San José, la iglesia De las Visitaciones, la capilla de San José del Manga (Jacksonville) en donde se encuentra particularmente el Vía Crucis, una de las obras más importantes de sus años jóvenes.

Su estadía en Montevideo transcurrió entre los años 1951 y 1960. Desde 1965 a 1960 dirigió clases de pintura y diseño en el Instituto de Bellas Artes de San Francisco, en el convento de los Padres Conventuales.
En 1960 regresó a Italia y retomó la pintura mural y de vitrales. En 1963 pintó el fresco ‘Historia monástica del claustro de Santa María’, en Foligno; y en 1964, el vitral de la Abadía del Monte Ovieto, ambas obras emblemáticas del artista.
Desde entonces, no descartando la pintura sacra, desarrolló una obra mucho más libre donde el paisaje (especialmente de Venecia), la naturaleza muerta y la figura femenina juegan un rol preponderante. Su paleta tomó una intensidad muy fuerte y su contenido está lleno de alegría y frescura.

El número de exposiciones individuales es enorme. Sus obras se encuentran a lo largo y ancho del mundo. Residiendo en Uruguay ganó tres premios nacionales; en el año 2004 la Presidencia de la República declaró Patrimonio Histórico la producción del maestro en nuestro país.

Su última retrospectiva (antes de la del MNAV de Montevideo) tuvo lugar en el Palacio Scarcinelli, uno de los más hermosos de Venecia y centro de exposición de los maestros del arte italiano y europeo de pintura moderna y contemporánea.

Extractado del catálogo Dinetto, Maestro del color, realizado para las muestras que entre el 11 de octubre y 15 de noviembre de 2007 se llevaron a cabo en la Iglesia San José del Manga (Jacksonville) y en el Museo Nacional de Artes Visuales.

 
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