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D11 LA GRAN DAMA DEL TEATRO Imprimir E-Mail
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Dossier 11
sábado, 01 de noviembre de 2008

ESTELA MEDINA

Image Después de 57 años de labor artística, se retiró de la Comedia Nacional la gran dama indiscutida del teatro, una mujer que en opinión de muchos es la actriz uruguaya más notable de todos los tiempos. Egresada en la primera generación de la Escuela Municipal de Arte Dramático, donde trabajó bajo la tutela directa de la legendaria actriz española Margarita Xirgu, hizo su debut en 1951, en un pequeño rol de la pieza Orfeo del autor nacional Carlos Denis Molina. Como es de público conocimiento, su despedida de la Comedia tuvo lugar hace pocos meses con Bodas de sangre de su admirado Federico García Lorca, en la polémica puesta de Mariana Percovich. Trabajó en total en más de 150 títulos, la mayoría de ellos con el elenco oficial. La grandeza de Estela Medina se ha cimentado, en parte, sobre su extraordinario profesionalismo, su amor y devoción al trabajo y su increíble flexibilidad para seguir las ideas de los directores bajo cuyas órdenes debe actuar. Pero también en su capacidad de transfigurarse y transmitir con la voz, el rostro y el cuerpo el mundo interior de cada personaje ficticio que ella convierte en admirable realidad. Su famosa timidez, que le ha hecho negarse sistemáticamente a todo tipo de entrevistas, suele desaparecer cuando uno tiene la oportunidad de tratarla personalmente. Levantadas las barreras de la cautela y la reserva, Estela se muestra como una interlocutora inteligente y equilibrada en toda conversación sobre teatro, cine o cualquier otro tema cultural. Tanto por la dimensión de su estatura artística como por su alejamiento de la Comedia Nacional luego de toda una vida, Dossier entendió que era el momento oportuno para rendir un modesto homenaje a una actriz que ha tenido la virtud de saber conciliar su condición innegable de diva de la escena con la de ser una dedicada madre en el poco glamoroso mundo de entre casa.

La Medina

Por Federico Roca

Tengo un amigo que cuando dice “voy al teatro a verla a Ella” quiere decir voy al teatro a ver a la Medina. Si después uno le pregunta cómo estuvo la obra o el resto del elenco, él responde: “No sé, Ella estuvo magnífica”. Por supuesto, a esta altura todos sabemos que hay algo de chiste en eso; pero también sabemos que detrás de toda broma se esconde una verdad. ¿Acaso no es cierto que muchas personas van a los espectáculos de la Comedia Nacional sobre todo para verla a Ella? ¿Y que la siguen en las ocasiones en que hace obras fuera del elenco oficial?

Cuando tenía dieciocho años y estaba empezando a estudiar arte escénico, afirmaba con arrogancia adolescente que la Medina no me gustaba. Como casi todo joven de esa edad, tenía una serie de opiniones muy fuertes y, a mi entender, justificadísimas, que me hacían decir sin ningún prurito que la Medina era el claro ejemplo de un estilo de actuación obsoleto y hasta ridículo. Bastó con verla un tiempo más adelante haciendo Retablo de vida y muerte para que todos mis esquemas se vinieran abajo.

Y si bien no me refiero a la Medina como Ella, he visto más de una vez algunas de sus obras, por ejemplo Cuarteto, que vi –debo confesar– como cuatro o cinco veces.

Fuera del escenario me la encontré alguna vez en conciertos o como público en la platea de algún teatro, incluso en el supermercado. Pero entre que en Uruguay no tenemos un star system que justifique desplantes histéricos y el temor reverencial que siempre me provocó su presencia, nunca me animé a decirle nada. Además, sabía que ella era muy tímida, por lo que nunca quise que se sintiera incómoda, o al menos ésa era la excusa que me daba a mí mismo para justificar mi miedo a decirle algo, contarle en un minuto lo mucho que la admiraba. Jamás le dije nada. Me conformaba con mirarla de lejos.

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Hace unos años, abrimos con Gustavo Guarino La Lupa Libros, en la calle Bacacay, a pocos metros del Teatro Solís. Gustavo había trabajado hacía años con la Comedia Nacional y es muy amigo de muchos de sus actores. Y, bueno, pocos días luego de la apertura de la librería, casi se me escapa el corazón del pecho cuando veo entrar a la mismísima Estela Medina, tan campante, al grito de “¡Gustavo! ¡Felicitaciones!”. Yo no lo podía creer. Besos, abrazos, presentaciones.
A partir de ahí, tuve y tengo un vínculo personal con ella. No una amistad de esas de visitarnos, pero sí un vínculo afectuoso de saludarnos donde sea que nos veamos, además de que pasaba por la librería prácticamente a diario y fue de las personas más apenadas cuando supo que Gustavo y yo nos íbamos de allí.

Durante mucho tiempo estuvo convencida, vaya a saber uno por qué, de que me llamaba Sebastián. Nunca la saqué del error, lo hizo Levón por mí. Pero es que yo, poniéndome parecido a mi amigo –el que se refiere a ella como Ella– me decía a mí mismo: “Si la Medina dice que me llamo Sebastián, me llamo Sebastián”. No me importaba. Hasta que un día en que entraron juntos Levón y ella a La Lupa, él le preguntó por qué me decía Sebastián; a lo que ella, azorada por la sorpresa, preguntó si no era así como me llamaba. Levón le respondió que no, que mi nombre era Federico, “como el García Lorca”. “¡Ah! Entonces ya no me voy a olvidar. Pero Sebastián es un lindo nombre, ¿no?”, contestó ella. Siguió una cómica diatriba de Levón acerca de lo distraída que era y que cómo podía andar por la vida cambiándole los nombres a “las gentes”. Yo me divertía mucho cuando entraban juntos a La lupa. Parecían un matrimonio no muy bien avenido, en el que cada uno buscaba las equivocaciones del otro para echárselas en cara. Terminaban muertos de risa los dos, y yo con ellos.
Cuando Estela entraba sola era distinto. Se notaba que era una mujer tímida. Hablábamos poco, y yo, que también soy tímido, nunca me animé a sacar temas de conversación para que se quedara un poco más. Pero hablábamos. De libros, del clima, de mermeladas, de alergias, de lo que ella propusiera. Si yo no hubiera sabido que ella efectivamente era Estela Medina, la hubiera tomado por una señora de su casa. Muy dulce, de voz pequeña y pausada, pero una señora de su casa y no la actriz enorme que es capaz de llenar un teatro con su voz, con su presencia. En ese sentido, la recuerdo especialmente en Retablo de vida y muerte y, más cerca en el tiempo, en Las mil y una noches, donde se robaba la función con su monólogo.

Bueno, nada de esa capacidad se veía cuando entraba a la librería. Y a mí me parecía sorprendente. ¿Dónde esconden los artistas su genio cuando andan por la calle? Vaya uno a saber, pero la Medina, ciertamente, lo esconde.

De todos modos, recuerdo una oportunidad en que mi amiga Rosina estaba conmigo en La Lupa, sentada tras la computadora, ambas tapadas –persona y máquina– por un enorme ramo de flores que nos habían regalado. Estela entró y empezó a caminar hacia el mostrador, preguntándome algo acerca de un libro, sin percatarse de la presencia de mi amiga. Estela avanzaba hablando con su voz de entrecasa, hasta que descubrió a Rosina tras el mostrador y cambió abruptamente en medio de una frase. La voz se hizo enorme, de gran teatro, y culminó la oración como si de un parlamento de Shakespeare se tratara. La caminata hasta el mostrador, de pasos más bien cortos e inseguros, adquirió al mismo tiempo que su voz un peso y una decisión que hizo temblar las paredes. Yo casi me pongo a aplaudir porque tengo, a esta altura, una especie de reflejo condicionado hacia las actuaciones de la Medina. Pero me contuve. Luego de formulada la pregunta, aguardó mi respuesta mirándome a los ojos y cuando obtuvo su información salió, pisando fuerte, no sin antes despedirse de mí con un beso sonoro y de Rosina con una leve inclinación de la cabeza. Rosina y yo nos quedamos en silencio, asombrados. Yo entendí que ésa era su defensa contra la timidez: pasar de ser Estela Medina, a ser Ella, sin transición.

Como la vida siempre hace que todo gire, he sorprendido conversaciones de jóvenes, a la salida del teatro, evidentemente estudiantes de arte escénico, donde me reconozco cuando tenía la edad de ellos: que si la Medina esto, que si la Medina lo otro, que si los papeles de la Medina son siempre más o menos iguales... Me sonrío. Y me pongo a pensar en las palabras de Eleonora Duse, a la que un periodista le dijo, una vez, que la crítica que se le hacía era que sus interpretaciones eran todas muy similares. Ella contestó: “No podría ser de otra manera, joven, lo único que tengo para darle a mi público es mi propia alma”. Una master-class de arte en pocas palabras. D

 

Florencio de Oro y performances memorables

Distinciones y actuaciones off Comedia Nacional

Por Egon Friedler

Estela Medina es la actriz uruguaya que hay sido distinguida más veces con el premio clásico del teatro uruguayo: el Florencio. Recibió el galardón en nueve oportunidades y fue nominada 19 veces, tras lo cual la Asociación de Críticos Teatrales del Uruguay, entidad que otorga el Premio, le entregó en 2001 el Florencio de Oro, considerado el honor máximo a que puede aspirar un actor en Uruguay. Entre los títulos que le valieron la distinción como actriz protagónica figuran: El cardenal de España (1962), María Estuardo, de Friedrich Schiller (1968), Los demonios, de John Whiting –basada en Los demonios de Loudon, de Aldoux Huxley–, Cuarteto, de Heiner Müller (1997), El camino a la Meca, de Atole Fugard (1999), y Tres mujeres altas, de Edward Albee (2001). Entre las obras, para las cuales fue nominada o ganó el premio como actriz de reparto figuran El asesinato de la enfermera George, de Frank Markus (1970), Edipo Rey de Sófocles (1972), El álbum familiar, de José Luis Alonso de Santos (1988), Mefisto, de Ariane Mnouschkine (1986), y Las de Barranco, de Laferrere (1993).

Sus incursiones fuera del elenco oficial señalan puntos muy altos y significativos de su carrera. La primera de ellas tuvo lugar en 1968, cuando con un elenco de la Sociedad Uruguaya de Actores (SUA) actuó en La Dorotea, de Lope de Vega. En 1975, con dirección de Mario Morgan, hizo una larga temporada con Retablo de vida y muerte, un espectáculo unipersonal basado en materiales de diferentes autores armado por el propio Morgan y Mercedes Rein. Con este texto hizo una extensa gira por España y Estados Unidos y grabó un disco que tuvo notable aceptación del público. En 1996, al cumplirse 49 años de la Comedia Nacional este espectáculo fue repuesto. En 1997 hizo Cuarteto junto a Levón durante su descanso anual de la Comedia, con dirección de Eduardo Schinca, en el Teatro Circular, y en enero de este año actuó junto con Levón y Gloria Demassi en la dura y corrosiva pieza Las Presidentas, de Werner Schwab, con dirección de Marianella Morena en la Sala Under del Movie Center. Estas actuaciones han quedado y seguramente quedarán grabadas durante mucho tiempo en la memoria cultural uruguaya. D

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Recortes de prensa

Algunas valoraciones críticas

Por Egon Friedler

A lo largo de toda su carrera, Estela Medina obtuvo un sistemático reconocimiento de la crítica especializada. Una brevísima antología de ‘recortes de prensa’ de diferentes momentos de su trayectoria puede dar una idea de la valoración de su labor actoral.

1958. Cuando su actuación en El jardín de los cerezos, de Antón Chéjov, con dirección de Atahualpa del Cioppo, una crítica sin firma en el diario El Plata decía: “Ania [Estela Medina] es la perfecta juventud, la candidez del amor, que se siente arrastrada, dominada, por la vehemencia del estudiante. Ya no quiere como antes al jardín. Ahora, ante sus ojos de enamorada, toda la tierra es un jardín maravilloso”.

1960. En ocasión de una gira europea, la Comedia Nacional presentó en París Barranca abajo, de Florencio Sánchez, y La dama boba, de Lope de Vega. El célebre escritor peruano Mario Vargas Llosa, entonces corresponsal del semanario Marcha en la capital francesa, escribió una extensa nota sobre su espectáculo, expresando en general un juicio negativo sobre la primera de ambas obras y un juicio positivo sobre la segunda. Pero al reseñar la actuación de Estela Medina opinó en forma elogiosa sobre su labor en las dos piezas. De la obra de Sánchez dijo: “Y hay que destacar sobre la actuación de Estela Medina, a quien le corresponde el papel más difícil, es decir, el más falso, el de la joven tísica. Pero su discreción y su gracia nos hicieron olvidar muchas veces la vacuidad de Robustiana”. Y sobre La dama boba afirmó: “Digamos ante todo, que este triunfo se debe, en gran parte, a Estela Medina, que encarnó de manera irreprochable a Finea. Su alegría, su vivacidad, su soltura han sido elogiadas unánimemente por la prensa”.

1972. Adda Laguardia comentó en el diario El Día en estos términos su actuación en La zapatera prodigiosa: “El personaje de la zapaterita, tan lleno de recuerdos de las más grandes actrices, tiene en Estela Medina a una intérprete que pone en él no sólo la autoridad de la artista talentosa y experimentada, sino también una rara comprensión y sensibilidad. Su voz, que con el tiempo ha ido enriqueciéndose con claridad y toda clase de vibraciones, grita la verdad de un corazón palpitante, con una convicción que vuelve a la figura más irresistible todavía. Hermosa, vestida con los estupendos trajes de Caballero, belicosa y enamorada, es una zapatera que quedará en muy buen puesto en la galería de quienes la interpretaron y en la propia carrera de Estela Medina”.

1984. Al representar el rol protagónico de Electra, de Sófocles, bajo la dirección de Eduardo Schinca, Magdalena Gerona hizo en las páginas de El Día el siguiente comentario sobre su desempeño: “Estela Medina logra introducirnos en ese mundo mítico donde se gestan las leyendas y donde se revela lo escondido. Y lo hace de tal manera que podemos entender entonces todo el cargado mundo de simbolismo que luego el personaje despertó. Y además, si lo hace empleando a fondo los recursos de la tragedia, incluyendo la amplitud gestual, nos preguntamos: pero ¿es que acaso se puede dar de otra manera?”.

1997. Por mi parte, comentando Cuarteto, de Heiner Müller, en una crónica titulada ‘Brillante e implacable’, escribí en el diario El País: “Ese formidable instrumento, único por su timbre y flexibilidad, que es la voz de Estela Medina, recorrió una amplia gama de inflexiones, del cinismo al sarcasmo, y de la inocencia a la desesperación. Sus grandes y expresivos ojos constituyeron un espectáculo de por sí. Asombro, conmiseración, desdén, desafío, humildad, incertidumbre, recato y lujuria, todo fue expresado con pequeñas variaciones de la mirada”.

2008. En relación a su actuación en Las Presidentas, escribí en Semanario Hebreo: “Estela Medina, la eximia intérprete de los clásicos españoles, se revela aquí con facetas interpretativas que no le conocimos a lo largo de su extensa y prestigiosa carrera. Su rol de vieja roñosa y sensual es de una riqueza admirable con sus mil matices de tono y de mímica. Verla bailar es un deleite. En cada parlamento ejerce un profundo magnetismo en el espectador. Dudamos de que haya muchas actrices en el mundo capaces de dar este rol tan difícil y desagradable con esa desenvoltura, ese humor socarrón y esa gracia redentora”. D

 

Impresiones de un primer encuentro

La actriz en persona

Por Fernando Cattivelli

ImageLo que impresiona en un primer contacto con Estela Medina es su elegancia, su garbo, su cuerpo estilizado, su porte erecto, sus ojos cristalinos y su voz cautivante. La delicadeza de sus manos es sorprendente. Son imperceptibles para el espectador, pero se convierten en un espectáculo muy sugestivo para quien tenga la dicha de compartir un café con ella. Su andar es ligero y firme; cuando está en el teatro hace gala de una majestad natural a la cual todos le rinden una suerte de pleitesía, más cercana al respeto y al afecto que al temor. Ella retribuye esas manifestaciones de cariño con naturalidad, sin ningún tipo de pose ni divismo. No es necesario que ella ordene, simplemente sugiere que le gustaría que le prendan tal o cual luz, por ejemplo, para que lo solicitado sea hecho con prontitud, como quien le hace un mimo a un ser querido. Esta mezcla de cariño y respeto por su persona se percibe ni bien se abren las puertas del teatro y comienzan a surgir los “Hola, Estela” por doquier, a los cuales ella contesta uno por uno, siempre con un saludo amable.

Dice tener una especie de “cajoncito” interior donde guarda todas las obras estudiadas pero nunca olvidadas. Siempre las encuentra allí cuando desea reflotarlas. Lo increíble es que no sólo recuerda sus parlamentos sino también los de sus compañeros, lo cual le ha servido en varias ocasiones para auxiliar a algunos de ellos. El paso de los años no afecta para nada su recuerdo de los personajes a los que dio vida en la escena.

Margarita Xirgu fue quien más influyó en su formación como actriz. Fue quien le hizo conocer y amar las obras del teatro español que se transformaron en sus preferidas. Las piezas en verso son las que más disfruta porque son las que más exigen al actor en su labor interpretativa. Dar la justa cadencia a los versos requiere una enorme concentración, muchísimo estudio y un formidable talento (aunque esto último ella no lo confiese).

El estudio de un nuevo personaje le puede llevar meses, no por el texto en sí, sino para entender su forma de pensar, hasta que consigue razonar como si ella fuera propiamente el personaje. Recién en ese momento se atreve a llevarlo a escena. Su grado de compenetración con las obras que debe representar llega a tal punto que el día de salir a escena, desde el momento en que se despierta va pensando en ella hasta que lentamente vive ese día como si fuera el personaje, y lo incorpora a su vida cotidiana.

En otras épocas tuvo que saber repartirse entre la atención a su familia, a los hijos, los ensayos, la preparación en el camerino: corridas de un lado a otro para cumplir con todo. Hoy disfruta del ‘ritual’ de llegar con tiempo al camerino, vestirse, maquillarse, peinarse… Minutos inmejorables para ir ‘metiéndose’ en el personaje y vivir ese momento mágico previo a la salida a escena, cuando abandonará su yo para ser una criatura de ficción.

La obra con la que se retira de la Comedia, Bodas de sangre, de Federico García Lorca, tuvo una particular significación para ella, no por los controvertidos comentarios acerca de la dirección de Mariana Percovich, sino porque fue la tercera vez que interpretaba la obra: primero como la niña, luego como la novia y finalmente como la madre. En cada una de las oportunidades tuvo directores totalmente diferentes, pero –según ella admite– siempre el actor debe aceptar las indicaciones de quien lo dirige. Por este motivo, a pesar de ser ella quien es y lo que representa dentro del teatro, siempre acata el mandato del director y pretende ser tratada como si recién empezara.

Todos nos preguntamos cuál es el motivo de su reticencia a las entrevistas. Al parecer la respuesta es muy sencilla: se considera muy parca. Sin embargo, para quien dialoga con ella esta supuesta incapacidad para expresarse no existe. Otro de los argumentos que esgrime es que no le gusta verse como una figura del pasado. Contar su historia no le resulta en absoluto atractivo y sí muy molesto. No le interesa que la veneren como un mito, le importa que la vean como una mujer llena de energía y dispuesta a emprender un nuevo camino haciendo todo el esfuerzo que sea necesario. De hecho, haber terminado su trayectoria artística en la Comedia Nacional no es más que el fin de una etapa sumamente importante en su vida, la cuota parte de un camino donde hay mucho por transitar todavía. Sin duda, el alejamiento de la Comedia no significa el final de su carrera como actriz ya que no piensa ni remotamente abandonar las tablas. Ya está gestando proyectos de obras a montar junto con grandes amigos suyos, como Gloria Demassi y Taco Larreta. Aún no ha elegido ningún título, pero son muchos los fantasmas literarios que la invitan a darles vida escénica. D

 

 
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