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D12 Charles Dodgson / Lewis Carroll Imprimir E-Mail
por Ivana Deorta   
miércoles, 31 de diciembre de 2008

Un reloj con sombrero y agujas de tejer maravillas

En dos estaciones Lewis Carroll situó sus historias para maravillar a las niñas y cautivar a los adultos. El ilustrador John Tenniel fundó en 1864 el desaforado imaginario visual de un mundo de luminosas y oscuras fantasías, continuado luego por artistas de cualquier escala y alguna vez por Salvador Dalí. Mientras se especula sobre la nueva versión cinematográfica de Alicia en el País de las Maravillas que en 2010 estrenará Tim Burton, esta obra célebre junto a las relegadas A través del Espejo y Silvia & Bruno llevan un siglo y medio de lecturas de toda especie, entre el hechizo de la ficción, la lingüística, la filosofía, el psicoanálisis, el azar y las matemáticas. Las páginas borradas de la biografía del escritor inglés, miembro de la Society for Psychical Research, continúan siendo uno de los más frívolos e inacabados misterios.

 

Charles Lutwidge Dodgson nació en Cheshire en 1832. Hijo de un clérigo anglicano, comenzó en 1851 sus estudios en el Christ Church College de Oxford, del cual fueron estudiantes personalidades como John Locke, W. H. Auden y Albert Einstein. El padre de la niña que inspiró sus famosos cuentos, Henry George Liddell, fue nombrado decano del Christ Church en 1855, y tiempo después Dodgson obtuvo un cargo como profesor de matemáticas, porta una cámara fotográfica, conoce a la pequeña Alice y se convierte en Lewis Carroll.

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The Alice shop en Oxford.
Sus historias transforman personas, cosas y situaciones en personajes y episodios fantásticos. Una pequeña tienda, en la que Alice solía comprar dulces, fue la inspiración de la tienda de la oveja, tejedora de sueños que llevará de paseo a la niña desde el momento en que sus agujas se conviertan en remos. A la inversa, convertida en el Alice’s Shop de Oxford, con sucursal en Londres, la vieja tienda es hoy un lugar de venta de objetos basados en las historias de Carroll, y el Christ Church, sitio en el que permaneció la mayor parte de su vida, sirvió de contexto para la materialización imaginaria de Harry Potter. (Para los curiosos, o para quienes estén pensando visitar las cercanías de Christ Church Cathedral, pueden ver lo que ofrece el Alice’s Shop en www.sheepshop.com/contact.html )

En las aventuras de Alicia, Carroll anticipa debates sobre la cuestión de un accidente sin sustancia, la ambigüedad del sentido de las palabras y retoma el antiguo problema de los Universales. También es autor de otros trabajos lógicos, lingüísticos, matemáticos y filosóficos e inventor de objetos tan exóticos como un aparato para escribir en la oscuridad y un velocímetro para triciclos. Sin embargo, Alicia en el País de las Maravillas es la obra por la que se lo conoce comúnmente; la historia la improvisó una tarde de verano en 1862 a bordo de una pequeña embarcación. Dodgson, su amigo Robinson Duckworth y tres hijas del decano Liddell (Alice, Lorina y Edith) navegaban rumbo a Godstow:
Muchos días habíamos remado juntos por ese río tranquilo –las tres jovencitas y yo–, y muchos fueron los cuentos improvisados para beneficio de ellas, tanto si en ese momento el narrador estaba “en vena” y le venían en tropel fantasías no buscadas, o era un momento en que había que espolear a la agotada Musa para que trabajase, y seguía penosamente, más porque tuviera que decir algo que porque tuviera algo que decir... Sin embargo, de toda esa cantidad de cuentos ninguno llegó a ser escrito: nacieron y murieron, como minúsculas moscas de verano, cada uno en su correspondiente tarde dorada; hasta que llegó un día en que, por casualidad, una de mis pequeñas oyentes me pidió que le escribiese el cuento. Eso fue hace muchos años, pero recuerdo claramente, mientras escribo esto, cómo, en un desesperado intento por iniciar una nueva vía del cuento fabuloso, empecé metiendo a mi heroína por una madriguera de conejos, sin la menor idea de lo que iba a suceder después... Emerge, pues, de las sombras del pasado, “Alicia”, hija de mis sueños.

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Las hermanas Liddell: Edith, Lorina and Alice.

Son muchos los años que han volado desde aquella “tarde dorada” que te dio el ser; sin embargo, puedo evocarla casi con tanta claridad como si hubiese sido ayer: el azul limpio en lo alto, el espejo acuoso abajo, la barca deslizándose perezosamente, el sonido de las gotas que caían de los remos al agitarse soñolientos adelante y atrás (único destello luminoso de vida en todo el pasaje amodorrado), las tres caritas anhelantes, ávidas de noticias del país maravilloso, las cuales no consentían que se les dijese que no; y de cuyos labios brotó: “Cuéntenos un cuento, por favor”, ¡con toda la severa inexorabilidad del Destino!
(Fragmento del artículo ‘Alicia en el teatro’, escrito en abril 1887 a propósito de la representación teatral del cuento, citado en Alicia en el País de las Maravillas / A través del espejo, Cátedra, 2005).

Un cascarrabias complaciente

El pedido de Alice Liddell fue consumado y, como presente de Navidad, le entrega en 1864 el manuscrito por él mismo ilustrado. Las aventuras subterráneas de Alicia incluía un retrato de la niña cuando tenía siete años (en el año de “aquella tarde dorada” Alice tenía diez y la protagonista de la historia siete) y no había sido creado pensando en su publicación. Pero si es cierto que las potencias superiores benefician a sus elegidos a través del azar, antes que rompiendo las leyes de la naturaleza, Carroll fue uno de ellos. Un amigo de la familia, el novelista Henry Kingsley, encontró por casualidad el manuscrito e insistió a la señora Liddell con la idea de publicarlo; la decisión quedó en manos de un niño de seis años, hijo de George MacDonald, autor de cuentos para niños, poeta y novelista amigo de Carroll. La primera edición de Alicia en el País de las Maravillas, depurada de referencias y vivencias personales, más extensa que la versión manuscrita, fue publicada por Macmillan en 1865 con ilustraciones de John Tenniel. Con ajustes del texto para los más pequeños, dibujos originales coloreados por Tenniel y cubierta de E. Gertrude Thomson, Carroll publicó años después Alicia para pequeños (Macmillan, 1889-1890).

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Umbral de maravillas.
Las quejas de Tenniel hicieron sentir los defectos en la impresión de la edición de 1865 hasta el punto de tener que realizarla nuevamente. Las presiones a las que Carroll sometía a Tenniel resultaron agobiantes para la imaginación del artista, pues el autor no había contratado a un dibujante profesional para hacer una lectura propia de la obra sino para interpretar lo que él imaginaba:
Carroll fue un tirano acerca de cada aspecto de su libro, llevando a Tenniel a exclamarle a otro dibujante: “¡Dodgson es imposible! ¡Ese viejo cascarrabias nunca quedará contento por más de una semana!”
Pese a las inconformidades mutuas, y ante la negativa de otros artistas para asumir tal labor, Carroll consiguió que el dibujante de la revista Punch ilustrara la segunda parte de las aventuras. Las primeras palabras de Alicia:
“¿De qué sirve un libro que no tiene ni diálogos ni dibujos?” se convierten así en aviso y norma para seguir esta obra y el lector no sabe si recuerda con mayor placer los diálogos ingeniosos y chispeantes o la personalidad de los caracteres, en la que la pluma de Tenniel hace olvidar las descripciones de Carroll.

Alice, casada desde 1880 con el señor Hargreaves, recibió en 1885 una carta firmada por C. L. Dodgson, en la que le expresaba su interés por publicar en facsímil la versión original y le solicitaba que, de no tener inconvenientes en cuanto a la publicación, le enviara el manuscrito por correo certificado. La edición facsimilar apareció en 1886. Ese mismo año Alicia en el País de las Maravillas fue llevada al teatro por Savile Clarke, con música de Walter Slaughter. Clarke, con más suerte que Tenniel, obtuvo de Carroll los laureles.

Verano

En la primera de sus aventuras, Alicia desciende al mundo de las maravillas a través de una madriguera, movida por la curiosidad que le provoca un conejo parlante con chaleco y reloj. Allí experimenta alteraciones de tamaño que poco a poco aprende a utilizar con astucia, se hace tan pequeña que la cabeza le queda pegada a los pies y siente que está a punto de desaparecer, o tan grande que las copas de los árboles le parecen un mar de hojas verdes asumiendo que deberá comunicarse por correo con otras partes de su cuerpo. Una Oruga azul que fuma en pipa y tiene facultades telepáticas indaga la identidad de la niña que, después de haber cambiado tantas veces de tamaño, por el consumo de bebidas o pasteles, y de no recordar cosas que antes recordaba, siente que su yo se ha extinguido.

La Liebre de Marzo y Sombrerero intentan meter a Lirón de cabeza en la tetera, untan un reloj con mantequilla y lo sumergen en una taza de té para repararlo; el Tiempo se ha detenido en las seis, no porque el reloj esté roto sino porque Sombrerero, que vive siempre en la hora del té, se ha peleado con él. Estos personajes que “están igual de locos” plantean, también, problemas semánticos de conversión de las frases: no es lo mismo pensar lo que se dice que decir lo que se piensa, ni ver lo que se come que comer lo que se ve. Afirman algunos que la locura se identifica por la sensatez o la insensatez de las premisas de las que se parte y no por la verdad o falsedad de la conclusión. Cuando el Gato de Cheshire le dice a Alicia “Aquí estamos todos locos. Yo estoy loco. Y tú también”, aduce que Todos (incluyendo a Alicia) tienen que estarlo a la fuerza (“de lo contrario no estarías aquí”) y si es cierto que, al menos él, está loco tiene la razón, pero tiene la razón en un sentido distinto al de no estar loco. Lo que parece mostrar que está en lo cierto son las premisas que utiliza para demostrarlo: dando por supuesto que los perros no están locos, él está loco porque mientras los perros mueven la cola cuando están contentos él la mueve cuando se enfada, y mientras los perros gruñen cuando están enojados él “gruñe” (ronronea) cuando está contento. Idea que utilizan algunos abuelos para explicarles a los niños preguntones la relación entre perros y gatos.

En el Jardín “más maravilloso que pudiera jamás soñar”, los naipes, servidores de la Reina de Corazones, grandísimos despistados, pintan a toda velocidad las rosas blancas que debieron ser rojas. La Reina, que no conoce otro modo de resolver situaciones si no es dando gritos de “¡Que le corten la cabeza!”, no sabe qué hacer cuando el verdugo se niega a realizar decapitaciones imposibles: “Era tan imposible cortar una cabeza sin cuerpo como decapitar un cuerpo sin cabeza”. La prudencia parece ser una característica común en los gatos, y el Gato de Cheshire, durante su aparición en el partido de cricket organizado por la Reina, toma la precaución de sacar únicamente la cabeza y mantener el resto del cuerpo invisible.
El juego de cricket es un verdadero desastre, los flamencos utilizados como bastones tuercen el cuello cuando deben golpear las bolas y las bolas son erizos que abandonan el campo de juego en el momento de ser golpeados.

Lo absurdo del proceso judicial, a propósito del robo de las tartas de la Reina, no está muy lejos de ser una muestra humorística de la realidad: La Sota de Corazones es acusada sin motivo aparente y la única prueba parece ser un poema que no lleva su firma ni en el que puede reconocerse su letra, el Rey pide veredicto antes de que comience el proceso, la Reina exige sentencia antes del veredicto, los miembros del jurado apuntan sus propios nombres porque pueden olvidarlos antes que termine el juicio, la Liebre de Marzo niega haber dicho lo que Sombrerero aún no ha dicho que dijo y, como la Liebre lo niega, dice que lo dijo Lirón, que no puede negarlo porque está dormido, pero ignora qué es lo que dice que Lirón ha dicho. En el mundo del espejo el pobre Lombrerero paga condena sin crimen ni juicio.

Invierno

Es posible que otra Alice (Alice Raikes) haya dado la idea inicial para que su Alicia, seis meses después de haberse sumergido en el sueño de las maravillas, atraviese el espejo y explore el mundo reflejado (en Alicia… la niña tiene siete años y en A través… dice tener “siete y medio exactamente”). El clérigo Dodgson le pide a la niña Raikes, frente a un espejo, que explique cómo es posible que teniendo una naranja en la mano derecha la imagen del espejo muestre que la tiene en la izquierda, no sabiendo muy bien qué responder, pero advirtiendo que su interlocutor esperaba una respuesta, contesta que si estuviera al otro lado del espejo seguiría estando en la derecha.

A través del Espejo y lo que Alicia encontró allí (Macmillan, 1871) tenía como destino de tapa el dibujo del ‘Jabberwocky’, pero las opiniones del editor –o de algunas señoras consultadas por Carroll– acabaron por convencerlo de que, de ser así, el libro no llegaría a manos de ningún niño.

Alicia deberá andar, al otro lado del espejo, en sentido contrario adonde quiere llegar, correr para permanecer en el mismo sitio y para poder separar porciones de pastel tendrá que repartirlas antes de cortarlas. La alteración en el sentido del tiempo hace que el dedo de la Reina Blanca sangre antes de que se pinche (piensa Whitreby que Artaud tomó esto al pie de la letra, cuando declaró que Carroll lo había plagiado). Encontrarse en el mismo lugar del que había salido produce el sentimiento de lo siniestro, y en el bosque donde las cosas pierden su nombre, experimenta la inefabilidad y cercanía de las cosas. Los gemelos Tararí y Tarará, conjugando la difícil tarea de trazar la frontera entre la vigilia y el sueño con actitudes cómicamente infantiles, intentan convencer a la pequeña de que no es real, de que está siendo soñada por el Rey e inician un duelo por un sonajero. El Unicornio que habita el mundo del espejo, donde hasta las flores son capaces de hablar, se sorprende de que Alicia tenga la facultad del habla, la llama “monstruo” y le dice que es un espécimen de animal fabuloso salido de algún libro.

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Los críticos señalan algunas “inconsistencias” en la historia de la partida de ajedrez al otro lado del espejo y una minoría de investigadores de la biblioteca de Carroll apuestan a que no podía haberlas introducido sin utilizar una coartada: la Reina Roja pone en jaque al Rey Blanco pero al no pronunciar la palabra “jaque” el Rey queda en libertad de ignorar la jugada; lo que podría justificar que en el cuento del espejo realicen menos movimientos las rojas que las blancas sería la vieja costumbre india del ajedrez como juego basado en el azar en el que el número de cada jugada se decide echando suertes con los dados.

Ejercicios para una mente equilibrada

Carroll, aficionado tanto a la fotografía como a la escritura en espejo, enviaba cartas a sus amigas-niñas para que fueran leídas no sólo de derecha a izquierda sino de abajo hacia arriba. El ‘Jabberwocky’ es un poema que Alicia encuentra en un libro de la Casa del Espejo cuyos caracteres son legibles en su reflejo. En este poema abundan lo que Carroll llamó “palabras valijas” si es que nos atenemos a sudefinición nominal (la de contener dos significados en una palabra). El significado de las palabras de la primera estrofa es explicado a Alicia por Tentetieso.

Una palabra-valija muy simpática es “frumioso” (de fuming + furious = frumious): su sentido literal sería el de un fumante furioso, pero podemos utilizarla para referirnos a las personas que “echan humo” o que “bufan”, personas malhumoradas y rabiosas. Según Gilles Deleuze, no cualquier palabra que reúna dos significados sería una palabra de este tipo: “No es por su aspecto de ‘valija’ que cumple su función”. La función que debe cumplir una palabra-valija es “ramificar la serie en que se inserta” y su significado debe coincidir con ella. Se distingue, así, la definición nominal de la definición real: lo que define a una palabra-valija es la disyunción oculta y necesaria que “no está entre fumante y furioso, porque puede perfectamente tratarse de los dos a la vez, sino entre fumante-furioso por una parte, y furioso-fumante por otra”. Debemos extraer el sentido de ambas palabras y comprimirlas en una sola, pero esta nueva palabra debe poder ser utilizada para crear otras nuevas y, a su vez, remitir a las palabras anteriores.

Producirlas es, según su creador, “el rarísimo don de una mente perfectamente equilibrada” (La caza del Snark, 1876). Hallar palabras y significados correlativos en otras lenguas y luego fundirlos en una sola es un perfecto desafío y un ejercicio para el equilibrio mental de sus traductores. Leopoldo María Panero se ha ocupado, desde el manicomio, de traducir La caza del Snark, de reunir y traducir textos para Matemática demente. James Joyce ha puesto en práctica esta técnica, al parecer, sin conocer la obra lingüística de Carroll; su descubrimiento, durante la redacción de Finnegan’s Wake, explicaría las alusiones en este libro al autor de Alicia y a su obra.

Tríptico

Silvia & Bruno (1889/93) no es para Deleuze una obra en la que la pluma decae, es el primer libro que cuenta “no una historia dentro de la otra, sino una al lado de la otra”, es “el punto final de la trilogía de Carroll, tan obra maestra como las demás” sin la cual no es posible pasar de las profundidades a la superficie y dar cuenta, desde la superficie, del universo entero.

¿Caballero Blanco o avispa con peluca?

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Lombrerero, sin crimen ni juicio.
De su interés por las niñas se dicen muchas cosas, entre ellas que las fotografiaba desnudas con el permiso de sus madres, y que sería posible colocarlo en un plano puramente espiritual. Lo que parece impedir la aceptación de pureza es la negativa por parte de sus herederos para acceder completamente a sus diarios íntimos y la falta intencionada de algunas páginas que se suponen claves. Algunos pasajes de las aventuras de Alicia hacen pensar en esta dirección y pueden provocar cierto escalofrío. Es el caso del episodio del viejo abejorro que formaba parte de A través del espejo, suprimido –según el sobrino y biógrafo de Carroll, Stuart Dodgson Collingwood– porque Tenniel se negó a ilustrar una avispa con peluca por ir “indiscutiblemente más allá de las reglas del arte”. El fragmento, dado por perdido, se hizo público en 1974. Otros pasajes, en cambio, sugieren la dirección contraria: el Caballero Blanco, en el que muchos afirman que Carroll se ha retratado, se aleja de Alicia en el momento en que va a ser coronada reina y simbólicamente le pide que agite un pañuelo blanco. Sin embargo, la separación fabulada coincide con el distanciamiento real entre Carroll y los Liddell, y la entrada de Alice en la pubertad.

Su escritura es, en este aspecto, el espacio en blanco de la palabra escrita. Las cuidadosas anotaciones de Carroll, el presunto extravío de los diarios entre 1858 y 1862 (período de gestación del viaje subterráneo de Alicia), páginas cortadas en los registros de 1863, la destrucción de las cartas enviadas a Alice y la prohibición de los paseos habituales de las tres pequeñas junto al escritor en 1864 por parte de la señora Liddell, así como disidencias entre el decano Liddell y el profesor Dodgson en cuanto al college, hacen de la ruptura motivo de especulación, desde la búsqueda del “exhibicionismo manifiesto” hasta los análisis más interesantes, como el que propicia Deleuze a través de la idea de deslizamiento de la sexualidad en el procedimiento de artista.

La posible pedofilia tal vez resulte algo explícita en su fotografía pero, en su universo, los fenómenos adquieren el carácter enigmático de las auténticas obras de arte. Tímido, asimétrico, zurdo y tartamudo, el creador de las aventuras de Alicia trazó su círculo mágico; prefirió el bosque a la plaza, los niños a los adultos, las niñas a los niños, la lógica a la matemática, la fotografía y la escritura a la dignidad de clérigo y profesor. D

NOTA. Se han consultado el prólogo, la introducción, la cronología y las notas a las aventuras de Alicia de la edición de Cátedra a cargo de Manuel Garrido con traducción de Ramón Buckley, Lógica del sentido, Crítica y Clínica, de Gilles Deleuze, editados por Paidós y Anagrama respectivamente. Una de las más completas ediciones comentadas de Alicia en el País de las Maravillas y A través del espejo es The Annotated Alice, de Martin Gardner.

Ivana Deorta. Estudiante de filosofía, con orientación en investigación, en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la
Universidad de la República.

 

Nota recuadro 1

Charles L. Dudgson, fotógrafo victoriano

Por Eduardo Roland

ImageDesde hace tres décadas conservo en un sector especial de mi biblioteca un pequeño volumen cuyo título –Niñas– parece rozar el nombre de su autor –Lewis Carroll– en el extremo superior de la carátula. El corpus de este libro está compuesto por trece breves cartas que Dudgson escribió a sus amigas niñas (entre 1864 y 1890) y veintitrés fotografías capturadas en similar período. Estas palabras e imágenesfocalizadas en un objetivo común, las niñas, fueron publicadas en 1974 por el sello Lumen de Barcelona, en su colección Palabra Menor, una de las más raras y exquisitas colecciones aparecidas en el mundo editorial hispanohablante durante el siglo pasado, cuando el arte de editar aún no se había “macdonaldizado”.

Tal vez haya sido José Luis Giménez-Frontín, encargado de la edición, quien tuvo la idea de pedir un prólogo a Brassai (Gyula Halász), el notable fotógrafo ‘francés’ amigo de Piccaso, nacido un año después de la muerte del autor de Alice in Wonderland. La introducción de Brassai, fechada en Ramboulliet, “13 de marzo de 1970”, es sencillamente brillante y lleva por título ‘Lewis Carroll fotógrafo o el otro lado del espejo’. Como por su extensión resulta imposible trascribirla íntegra, presentamos sólo los párrafos finales, en el entendido de que muchas veces es verdad que un botón basta de muestra.

El otro lado del espejo

Piensan algunos que la fotografía no era más que uno de los hobbies de Lewis Carroll. Estimo que era mucho más que esto e incluso que representó en su vida un papel primordial. En ocasión de su primer contacto con la fotografía, la saludó como a una maravilla, “la nueva maravilla del mundo”. Fue uno de los primeros en tomársela en serio, en ver en ella un medio de expresión digno de interés. Por otra parte, su universo repleto de trampas, espejismos, cambios de talla, guardaba una gran afinidad con el de la fotografía. Universo que de golpe se introduce en su casa, en el espacio irreal de la cámara oscura donde los rayos luminosos recrean, al prolongarse, las fugitivas e impalpables apariencias de la realidad. Revelar las imágenes latentes, captarlas, materializarlas, fijarlas para siempre es un prodigio de la fotografía que maravilla a Lewis Carroll y que sólo la fuerza de la costumbre puede convertir en banal. Entre estas placas mutantes, transformadoras de una realidad evanescente y sus formas que adquieren nueva vida, el autor de Alicia debía sentirse en su terreno: la muerte y la resurrección más allá de lo real, la detención del tiempo, la infinita prolongación en el tiempo, la presencia de lo ausente, la ausencia de lo presente, todas estas paradojas las vivió una y mil veces al hacer sus fotos.

Otra tarea que asume la fotografía en Carroll: la de válvula de escape de su vida amorosa frustrada. Nosotros los fotógrafos –para parafrasear a Carroll– somos una ralea de mirones, de ladrones. Estamos en todas partes allí donde no se nos desea; traicionamos secretos que no nos han sido contados; espiamos sin vergüenza lo que no nos atañe y nos apropiamos de lo que no nos pertenece. Y, a la larga, nos encontramos haciendo de encubridores de toda la riqueza de un mundo que hemos asaltado. La fotografía es la que permite a este pastor tentado por el diablo exorcizar sus pensamientos impíos –“unholy”– que, como confiesa, le perseguían sobre todo por la noche. Gracias a ella, la captación de la imagen podía sustituir a la posesión. “Era necesario –escribe André Bay, uno de sus mejores traductores y conocedores– que hiciera intervenir la lente –la fotografía– entre la inaccesible jovencita y su sed de poseerla. Y así la tomaba a través del objetivo”.
Toda la vida amorosa de Lewis Carroll estuvo ligada a la fotografía. Para él, la fotografía era el país de las maravillas, “el otro lado del espejo”.

Como posdata acaso innecesaria, creo pertinente recordar a los lectores menos atentos: aquel Londres posromántico en el cual Charles L. Dudgson relataba cuentos a sus amigas-niñas y jugaba peligrosamente con los espejos es exactamente el mismo en el que vivieron Oscar Wilde, Bram Stoker y la Reina Victoria… D

Nota recuadro 2

“Y así empezó el delicioso cuento inmortal”

Mrs. Hargreaves recuerda cuando era Alicia Liddell

La mayoría de las historias del señor Dodgson nos fueron explicadas en el curso de las excursiones que hacíamos con él por el río hasta Nuneham o Godstow, cerca de Oxford. Mi hermana mayor, convertida luego en Mrs. Skene, era “Prima”, yo era “Secunda” y mi hermana Edith era “Tertia”. Creo que el principio de Alicia nos lo contó una tarde de verano en la que el sol quemaba tanto que tuvimos que poner pie en tierra en medio de los prados del camino de vuelta, abandonando la barca, para refugiarnos en el único trozo de sombra que pudimos descubrir, que se encontraba bajo una hacina de heno recién cortado. Allí llegó, de las tres, la habitual petición: “Cuéntenos una historia”, y así empezó el delicioso cuento inmortal.
De vez en cuando, para hacernos rabiar –y quizás porque realmente estaba cansado– el señor Dodgson se paraba diciendo: “Esto es todo hasta la próxima vez”. ¡Ahora es la próxima vez!, exclamábamos las tres a un tiempo; y tras algunos esfuerzos de persuasión, la historia se reanudaba aún más bonita. Otro día, me parece, la historia empezó en la barca y el señor Dodgson, en la mitad misma del relato, pretendió, ante nuestro gran desánimo, que iba a dormirse inmediatamente…

Texto extraído de Lewis Carroll, Niñas (Barcelona: Lumen, 1974).

 
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