¿Recuperar clave? Regístrese aquí
  • Increase font size
  • Decrease font size
  • Default font size
banner arteamericas
Inicio arrow Indice Temático arrow Cine arrow D13 La fidelidad a la excelencia renovada, María Freire
D13 La fidelidad a la excelencia renovada, María Freire Imprimir E-Mail
Artes Plásticas
por Daniel Tomasini   
domingo, 08 de marzo de 2009

Hablar de María Freire (Montevideo, 1917) es hablar de una artista, de una mujer, pionera en el arte abstracto uruguayo. Pero también, en cierta manera, es hablar de José Pedro Costigliolo, porque ambos constituyeron un tándem creativo excepcional, conformando una unidad estético-sentimental digna de ejemplo. Ejemplar ha sido el accionar de María Freire para su época, cuando demostró el necesario carácter, la perseverancia, la inteligencia y la intuición en el cumplimiento de sus principios como mujer y como artista.

En usufructo de una beca de estudios, María Freire viajó a Europa en el año 57 junto con Costigliolo, instancia en donde tuvo la oportunidad de vivir directamente una experiencia estética singular frente a obras de vanguardia. Eran de su particular interés las obras neoplasticistas de Mondrian y Van Doesburg, y toda la producción abstracto-concreta de la época.

De regreso a Uruguay, conformaron el Grupo del Arte No Figurativo que contó con prestigiosos representantes. Medio siglo después, María Freire, quien ha sobrevivido a su esposo desde el año 85, aún mantiene encendida la llama de su vocación artística que ilumina los recuerdos de su gesta plástica en común.

Sus creaciones iniciales participan de la figuración y se inspiran en la enfática y profunda simplicidad de las máscaras africanas. En una serie de esculturas de figuras humanas es donde aparecen los primeros signos de distorsión formal. Son los comienzos de un camino que, quemando etapas y consolidando procesos, terminará decididamente en la forma abstracta, no representativa.

La abstracción, en sus diversos grados de acercamiento (o mejor, de alejamiento) a la realidad es hija del cubismo, esa estética profundamente revolucionaria que afectó no sólo a las artes plásticas y al diseño, sino también a la propia arquitectura. Torres García, decantando principios cubistas y clasicistas en lo formal, y en lo simbólico incorporando una mirada latinoamericanista, introduce la modernidad en nuestro país. Una modernidad cuyo signo será lo controversial, lo polémico, a la par que lo utópico. Hoy, desde la atalaya del posmodernismo contemplamos la puja lacerante del debate estético modernista, impregnada de dogmatismos, no obstante catalizadora de posicionamientos vehementes.

Image
‘Construcción Madí’, 1952. ‘Construcción La música’, 1954.
María Freire se ha declarado una artista por fuera de los dogmas, tanto artísticos como políticos, y desde sus inicios ha presentido la necesidad de proteger el acto creador de ideologías preconcebidas en el entendido de que la creación es el producto del diálogo de la materia con las íntimas y a menudo desconocidas potencialidades del ser. Con absoluta libertad de espíritu, su temprana adhesión incondicional al arte abstracto y al concretismo en particular, aparece como una de las características más destacables de su personalidad. Es notorio que los artistas abstracto-concretos abolieron en su programa los íconos referenciales de la realidad exterior. En su estética no-descriptiva no hay historias para contar, tan sólo la forma pura y desnuda se propone a sí misma como objeto y como tema.

Hoy, relegados los juicios contingentes a su debido lugar en la historia del arte, apreciamos la forma artística en su pleno acaecer plástico. Ella nos suministra indicios desde los cuales podemos inferir ciertos valores extraformales donde presentimos que se aloja el misterio de lo artístico. Ellos son no sólo el secreto del auténtico artista, sino el verdadero antídoto contra el paso del tiempo. María Freire es poseedora de este secreto, y dentro del arte uruguayo no sólo tiene un lugar preferencial por su condición –como dijimos– de pionera del arte abstracto-concreto, sino por la altura en la que rayan sus composiciones. Varios premios jalonan este reconocimiento, así como el hecho de haber representado al país en varias bienales internacionales.

Para comprender su obra es necesario ingresar en un universo de formas plásticas de enorme impacto visual no sólo por su potencia, sino por su sutileza. Su gramática a partir del año 51 la constituyen la forma cerrada, el color plano, el espacio. Pocos elementos, pero con posibilidades combinatorias tan vastas como lo ha demostrado la imaginación de la autora. La obra de María Freire se muestra original y expresiva de su personalidad. Vale la aclaración, teniendo en cuenta la profunda simbiosis estética que compartió con Costigliolo. (Para hablar de la obra de este maestro sería necesario un capítulo aparte, en función de la soberbia riqueza de su trabajo plástico.)

La obra de María Freire posee un lirismo particular, femenino y grácil; sus formas, en ciertos períodos, se abren para cobijar. El color es personal, elaborado para cada propuesta; sus tintas no remiten a los colores primarios de los maestros del Stijl, están elaboradas con un sentido de la armonía, de la proximidad, de la espacialidad, balancean la cortante presencia de los bordes acerados. En sus trabajos monocromos se minimizan, casi se anulan, las posibilidades de confrontación entre positivo y negativo mediante el soberbio trazado del dibujo, cuyas fronteras parecen alternativamente avanzar y retroceder en el espacio.

Image La artista trabaja por series, agota las posibilidades del lenguaje hasta el límite que ella misma se marca, un límite de excelencia, de perfección. “La fidelidad debe ir por la vía de la renovación” ha sostenido. Ir en pos del conocimiento es avanzar en la investigación, en la experimentación, cosa que ella ha realizado con incansable ímpetu. El arte Madí, el constructivismo torresgarciano, el cubismo, el arte africano, el suprematismo y el neoplasticismo le ofrecieron un abecedario y una gramática. Pero saber escribir no garantiza nunca la poesía. Ésta no se aprende, sino que adviene desde las profundidades del lenguaje cuando se dominan los procesos técnicos.


María Freire ha tenido la triple condición de ser artista, docente y crítica de arte. Su mirada multiplicadora está impregnada de una gran madurez cultural. En Europa, Estados Unidos y Brasil la crítica artística la ha reconocido ampliamente. En Uruguay, Fernando García Esteban la incluía ya, en su crítica a principios de los sesenta, entre nuestros primeros cultores del arte abstracto. Poco podemos agregar a cuanto se ha dicho sobre su persona y de su obra, dentro y fuera del país.

No obstante, su obra posee una riqueza actual, como todas las grandes obras de arte, que volviéndose atemporales son generadoras de una vida estética autónoma. Mediante la contemplación de estas obras se activa nuestro nervio subjetivo, habilitando a que nos involucremos con ellas. Plena de vitalidad, la obra de María Freire es clásica por lo que tiene de vigente y de referencial, el espectador sensible la puede inaugurar como nueva en cualquier momento.

La mística sensibilidad de Kandinsky proclamaba que el espíritu del artista quedaba, de alguna forma, incorporado a la obra a través de la materia: aceptamos esta tesis y respetuosamente la trasladamos a nuestra visión sobre la obra de María Freire. Sobria, profundamente armónica, en suma: bella. Siendo éste un valor lábil y continuamente redimido por el arte (sobre todo en los tiempos que corren), esta definición correspondería a la categoría de Wofflin de lo apolíneo.

Image
‘Composición’, 1952.
Hay oportunidades en que María Freire es seducida por los juegos perceptivos ópticos: sus series ‘Vibrante’ y ‘Variante’ son un ejemplo del manejo del oficio del pintor, de la sutil dosificación de las tintas en progresivo aumento de matiz hasta lograr verdaderas profundidades y volúmenes. Sus obras tridimensionales atrapan un espacio pleno de resonancias. No se hace referencia, pero se presiente, sin embargo, la presencia del hombre. La síntesis del signo es magnífica, elegante. Sus trabajos con barras de metal son caligrafías en el espacio, plenas de ritmo, algunas de las cuales ha bautizado como “música”, otras simplemente de “abstracciones”.

La artista abandona la escultura hacia mediados de la década de 1950, dedicándose solamente a los trabajos en el plano. La retomará en los años noventa con su serie ‘América del Sur’, donde investiga la traslación de la pintura desde el plano al espacio real, de lo virtual a lo tangible. Ya Picasso, en la primera década del siglo pasado, tuvo la imperiosa necesidad de verificar en la escultura ciertos descubrimientos espaciales que se producían en sus primeras obras cubistas. Este mismo tipo de experimentación la vive María Freire con intensidad.

Las disciplinas del plano y del espacio se retroalimentan generando nuevos niveles cognitivos en el transcurrir de esta verificación, ampliando así la espiral creativa del artista mediante nuevas sinapsis. Al trabajar sobre el espacio, como concepto y como valor plástico, Freire estrecha hasta la intimidad las relaciones entre pintura y escultura.

Maestra del espacio, posee además la extraordinaria facultad de implicar al observador en el terreno del equilibrio. Es capaz de sumergirnos en la sensación del equilibrio físico, tal vez sin tener nosotros plena conciencia de ello. Otras veces nos hace experimentar la ambigüedad del vacío, con formas-espacios y espacios-formas que simultáneamente se hacen figura y fondo en complejos trabajos donde la percepción duda. Pero incluso aquí la sensación de equilibrio se sobrepone a los juegos visuales. Cultiva el equilibrio, sin excepción, en toda su obra, independientemente de la técnica que utilice y que domina con soltura: acrílico, esmalte, óleo, piroxilina, témpera, metal, yeso, madera, etcétera, constituyen el teclado donde ella ejecuta su melodía.

Una sensación de segura inestabilidad emana de sus obras dinámicas. Cuando la obra es estática, la fragmentación constructiva es abordada inteligentemente por dos vías, la forma y el color, concentrándose el proceso dinámico en el interior. El propio entonamiento del color –entendido cuando el matiz es trabajado con blanco o con negro– proporciona sensaciones espaciales predeterminadas. La artista especula magistralmente con estas variantes del color, así como con las distancias que separan las formas. Cuando la pintura se hace lineal, las inclinaciones, las conjunciones, las proporciones entre los segmentos de línea e incluso el juego de tamaños, si trabaja con formas geométricas, es estudiado exhaustivamente. El resultado es el equilibrio percibido físicamente. Forma y color alcanzan una sólida unidad estructural, son tan interdependientes que la modificación de uno afecta al otro.

La idea de llave y cerradura podría ser un símil adecuado para ejemplificar el concepto de perfecta conjunción, sutil engranaje, juego de formas que encajan. Si un pequeño accidente ocurriera, nada funcionaría. Ilustraría, además, no sólo la idea de perfección que atraviesa toda la obra de Freire en todas sus diferentes etapas, sino también la idea mecanicista a la cual se le ha incorporado el sentimiento, el soplo de pasión y el simbolismo que hace que formas a menudo rígidas, adquieran la vitalidad que ellas demuestran.

Image
‘Vibrante 3-77’, 1977.

Toda su obra se desarrolla en una dinámica plena de correspondencias, generándose por este medio metáforas musicales. En algunos casos las formas se inclinan para dialogar, para escucharse íntimamente; en otros, el diálogo es más distante pero siempre eficaz. Todas sus formas viven y conviven en un espacio especialmente caracterizado según las series, son lúdicas, hasta divertidas, otras son severas. Explota brillantemente las condiciones espaciales del color. El uso del negro, por otra parte, define, atrapa y califica las formas, aislando el color. Evoca la implacable y espontánea expresividad de los primitivos.

Los creadores del cubismo y del fauvismo detectaron la enorme potencialidad que contenían las tallas y las máscaras propias de culturas oceánicas y africanas. El estudio de estas obras –cuya función no era precisamente artística, sino ritual– dejó en evidencia el poder de las fuerzas plásticas inscriptas en las líneas, en las marcas, en el contorno exagerado de los rasgos, en los esquemas de color. El símbolo y el signo pertenecientes a lo mitológico trascendental de estos pueblos, fueron asimilados como valores plásticos por los primeros e inconformistas artistas modernos. El arte occidental fue sacudido y sus consecuencias fueron profundas.

No por casualidad María Freire experimentó un impacto tan formidable y tan determinante en su obra al contacto con las máscaras africanas. Su vigorosa y estimulante naturaleza se identificó con las fuerzas de lo tectónico, con el respeto intrínseco al material. Al mismo tiempo captó el orden implícito en estas obras, orden necesario al espíritu. Por momentos, este amor a la materia primordial la llevó a trabajar con marmolina y con arena.

Decir afinidad no es decir imitación, de la misma manera que decir arte abstracto no figurativo no implica hacer referencia a escapismo alguno. El artista abstracto-concreto se maneja con valores plásticos absolutos, su valor de lenguaje es universal en la medida en que acierte a encontrar la clave de la belleza en la compleja articulación de su léxico. Existe una preocupación en María Freire cuando habla de la “fidelidad por la vía de la renovación”. En ella, esta renovación es una frontera de perfección, límite trabajosamente adquirido y talentosamente logrado, antes de pasar a otro desafío.

Su técnica es la de los grandes maestros del estilo. Color plano, sin evidencia de pincelada, bordes nítidos, impecablemente terminados (ha tenido, no obstante, una fugaz incursión en una pintura más ‘expresionista’, pero siempre abstracta). En un momento sustituye el óleo por la laca a la piroxilina, una técnica modificada por Siqueiros –ese gran investigador de materiales– para uso artístico. Los problemas que acarrea esta técnica al soplete son considerables. Su diluyente afecta notoriamente las vías respiratorias. Durante un período el matrimonio estuvo al límite de la intoxicación por este motivo.

Estas anécdotas no son banales, se relacionan con la dificultad del oficio y dan la medida del compromiso con la creación. En María Freire este compromiso es la razón de ser de su existencia, descubierta tempranamente en su adolescencia. El compromiso se aherrojó con Costigliolo, viviendo día tras día su vínculo con el arte de vanguardia. El compromiso se volcó a la solidaridad cuando tuvo que cuidar a esposo durante largos años de una angustiosa enfermedad, antes de su fallecimiento, relegando su propio proceso. Este compromiso continúa ahora, a sus 91 años, cuando todavía dibuja, reflexiona y escribe sobre su obra y la de su esposo, la cual atesora.

Una completa retrospectiva de la obra de José Pedro Costigliolo y de María Freire pudiera resultar un merecido homenaje a estos dos notables creadores, así como un estímulo para las nuevas generaciones. D

Daniel Tomasini. Artista plástico y poeta. Licenciado en Artes plásticas y visuales. Docente Gº 5 del Instituto E. N. de Bellas Artes (UdelaR). Docente Gº 3 Centro Diseño Industrial (UdelaR).

Fotografías: gentileza del MNVA y Galería de las Misiones. 

 
< Anterior   Siguiente >
Bienvenido como usuario Dossier, si no esta registrado haga clic en registrese aquí, tambien puede recuperar su contraseña.





¿Recuperar clave?
¿Quiere registrarse? Regístrese aquí
 

Usuarios Dossier






¿Recuperar clave?
¿Quiere registrarse? Regístrese aquí

Artículos Relacionados