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D18 Erotismo: de aquello que es difícil hablar Imprimir E-Mail
Dossier 18
por Teresa Porzecanski   
jueves, 31 de diciembre de 2009

“El erotismo es por lo menos aquello de lo que es difícil hablar. Por razones que no son sólo convencionales, el erotismo se define por el secreto”, escribió Bataille en su clásico libro sobre el tema. A menos que se invoque que Eros es sólo el nombre de un pequeño asteroide que navega por órbitas imprevistas fluctuando en el espacio sideral entre Marte y Júpiter. Sería por esta imprevisibilidad de sus movimientos que se le atribuyó a esa piedra helada el nombre del hijo de Ares y Afrodita, un niño travieso caracterizado por andar siempre munido de arco y flechas, las cuales, arrojadas por sorpresa al más incauto, insertaban en su corazón una herida: al mismo tiempo la bendición y maldición del Amor (así con mayúscula).

Si a veces se lo ha representado con los ojos vendados es porque así como “el amor es siempre ciego”, a su vez enceguece a quien lo sufre, de la manera en que Paul Anka lo ha cantado en los años sesenta con su ‘Smoke gets in your eyes’, canción paradigmática si las hay para los dobleces de una emoción siempre mal comprendida y apenas explicada.

Angustia y euforia

El otro nombre, el de Cupido, está presente en la palabra ‘concupiscencia’ que refiere a un amor desordenado y excesivo por los bienes materiales, casi promiscuo, vinculado al pecado. Sin embargo, vale la pena diferenciar este concepto de Eros-Cupido de la clásica orgía, fantasía por excelencia en civilizaciones occidentales resultado de los procesos de secularización y regulación que se afianzan con la modernidad. Mientras que “en la orgía son abolidos por un tiempo los vínculos del amor y de la exclusividad personal. Todos están a disposición de todos. Cesa la posibilidad de expresar una preferencia erótica, un rechazo”, en el erotismo hay la fascinación indeclinable por un individuo en particular, que aparece como insustituible y afecta nuestros sentidos con angustia y euforia combinadas. Es el caso del Werther de Goethe, que muere por su Carlota y es incapaz de sustituirla, recrearla o reemplazarla.
Por ello, poca paz se le atribuye al estado de enamoramiento erótico; se trata más bien inquietud, de tormento, de sufrimiento, de inseguridad y una no voluntaria dependencia emocional, todo ello al mismo tiempo. Tristeza, concentración meditabunda, despegue de lo cotidiano, abstracción recurrente, el enamorado parece enfermo y eufórico a la vez; y aunque ya no escribe largas cartas o poemas como en el siglo XIX, igualmente sus mensajes al celular de su amada son más extensos e intensos que en cualquier otra relación.

Un mundo aparte

Pero volviendo a la misteriosa frase de Bataille, es preciso estar alerta pues nuestros aspectos eróticos son centrales para nuestras vidas privadas, y más aun, íntimas, aquello que jamás mostramos a otros y que para nosotros mismos permanece casi desconocido. Es que la experiencia erótica se alimenta y crece en un mundo aparte, fuera de la vida ordinaria: no es la sexualidad, no es la pornografía, no es sino algo sin palabras que anida en las capas emocionales más profundas de cada uno. En todo caso, puede reconocérsele por la sugestión que ejerce la seducción y el ser seducido, por el trastorno que nos hiere con esa flecha ambigua.

“Eros y civilización”

Marcuse, siguiendo a Freud, explica “que toda civilización, como ejemplo la nuestra, se constituye a partir de la sublimación obligada de los impulsos instintivos, a fin de lograr un cierto grado de armonía y evitar los conflictos y la pura desintegración de lo social. Inherente a esta sublimación disciplinaria que hace posible la vida en las sociedades complejas contemporáneas, aparece un rasgo inevitable de deserotización del mundo. “La cultura exige continua sublimación; por tanto, debilita a Eros […]. Organizada mediante la renunciación y desarrollada bajo la renunciación progresiva, la civilización se inclina hacia la autodestrucción”.
De tenor parecido son las conclusiones de Norbert Elias, en cuanto a los procesos de disciplinamiento que atravesaron las sociedades modernas para poder subsistir en un contexto histórico de contención de la violencia. Antes de Foucault, dio a conocer la hipótesis que habilitaría la vida societaria: tener bajo control los cuerpos, sus impulsos y sus necesidades, a través de las normativas de protocolo y cortesía. Los umbrales del bochorno y la vergüenza serían los que mantienen cada cosa en su lugar.

Un Eros electrónico

Pero nada es tan sencillo. Basta apenas una mirada superficial sobre los contenidos de la publicidad mediática para darse cuenta de que el consumo apela a esa imperiosa necesidad de estimular símbolos e ideas de un erotismo sugerido, siempre indirecto, traído a ultranza a la vida cotidiana como recurso para reenergizar a un individuo decaído, fragilizado y contenido por las ataduras normativas de una la socialidad compleja.
Eros, envuelto bajo la promesa del progreso, sin embargo se rebela y emerge en este siglo XXI, modificado a partir de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación que circulan en el mundo globalizado, proponiendo nuevos estereotipos eróticos de objetos, sujetos y prácticas provenientes del cine y la televisión, trasladando así la esfera íntima, antes sagrada, privada y secreta, a la exposición en el ámbito público. Se trata de un intento de reerotizar el mundo y recomponer los ingredientes de una pasión decaída, o en vías de extinción. Pero la exposición directa de imágenes porno, cibersexo, y cursos de educación sexual, no contribuye a ello; se transforma en un conjunto de recetas, técnicas y gimnasia divorciado de impulsos y emociones. La frase de Anaïs Nin “Sólo el latido al unísono del sexo y del corazón puede crear el éxtasis” es pertinente, entonces.
Según Roman Gubern, el “Eros electrónico” es el último reducto, patético, de aquella experiencia originaria de erotismo que se ha ido debilitando con los siglos y a ella se pliegan desesperadamente quienes buscan reencantar su vida propia y recuperar sensualmente un mundo secreto y perdido: “El erotismo es una de las bases del conocimiento de uno mismo, tan indispensable como la poesía”, escribió también Anaïs. D

Porzecanski, Teresa. Escritora, crítica cultural y profesora de Antropología en la Facultad de Ciencias Sociales (UdelaR).
Algunas de sus obras de ficción son: Cosas imposibles de explicar (2008), Su pequeña eternidad (2007), Una novela erótica (2000), La piel del alma (1996), Perfumes de Cartago (1994). 

 
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