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D03 Cuarenta años de una novela realmente mágica | D03 Cuarenta años de una novela realmente mágica |
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| Literatura | |
| por Guillermo Viglietti | |
| domingo, 01 de julio de 2007 | |
Edición conmemorativa de Cien años de soledad
Las connotaciones de esta confirmación y celebración de Cien años de soledad admiten variadas lecturas y no todas se limitan estrictamente a la valoración del texto. Se trata también de un nuevo capítulo de las transformaciones que operan en el ámbito académico de la lengua, particularmente en el seno de su academia más influyente, la española, y su marcada tendencia de los últimos años a abrir el abanico que la lengua ha conquistado a lo largo de su historia. Y así como Cien años de soledad es un monumento de la lengua española, también es una obra central en la narrativa latinoamericana y su juego de identidades, lo que le otorga un papel muy importante en ese costado geopolítico de las tensiones variopintas que conforman la lengua española toda. Que la academia colombiana haya sido la promotora del homenaje era esperable. Como esperable es la reacción de orgullo de colombianos y latinoamericanos en general (recordemos la intención del alcalde de Aracataca de cambiar el nombre de la población por Macondo). Así, agotadas las espumas del realismo mágico, apagados los ruidos por momentos excesivos del boom, ese mismo ámbito literario eleva una de sus expresiones más acabadas y la inscribe entre los tesoros literarios de todos los tiempos. Es cierto que, durante años, la larga nómina de émulos de García Márquez ha generado un desgaste de su modelo narrativo. Pero se trata de un fenómeno de saturación más que previsible: el mundo literario de la segunda mitad del siglo pasado ha vivido bajo la irradiación de esta novela. Desde la brevísima perspectiva de cuarenta años (apenas la mínima para apaciguar el encandilamiento primero) nos damos cuenta de que vimos erigirse un faro de la literatura mundial, con todo lo que de extenuante puede tener semejante irrupción. No pocos escritores jóvenes se han lanzado con entusiasmo, como es previsible, tras la seducción del parricidio pero, para desgracia de los lectores, aún esperamos un texto que permita unos treinta o cuarenta años de lecturas, un documento en el cual apreciar el fundamento primero de cualquier texto literario: su concepción y uso de la lengua. ![]() La edición que comentamos viene acompañada de varios ensayos y/o comentarios de distintas autoridades académicas y prestigiosos escritores. Entre ellos, el de Víctor García de la Concha –‘Gabriel García Márquez, en busca de la verdad poética’– permite apreciar el proceso del autor con respecto a la escritura y la forma en que resolvió los conflictos que le presentaba la narración, con lo que el académico llama “el cuentacuentos cómplice”. Y una singular pista de ese proceso se puede encontrar, también, en la ‘Nota al texto’. En ella se cotejan las primeras ediciones de la novela (en algunos casos solo adelantos publicados en diarios) con las últimas, lo que se complementa con el examen de algunas correcciones en galeras hechas por el propio García Márquez. Al principio no llama la atención que en ciertas correcciones el autor opte por las variantes más antiguas y estandarizadas. Pero si observamos ese afán purista, que en ocasiones le hace cambiar variantes latinoamericanas de uso regular por otras en apariencia más españolas, podríamos pensar que estaría en contradicción con el aura caribeño que rodea la novela. Pero acaso valga la pena pensarlo de otro modo. Para ello hay que revisar los planteos que el autor ha hecho muchas veces sobre el lenguaje y las opciones a que recurrió en Cien años de soledad: “Tuve que vivir veinte años y escribir cuatro libros de aprendizaje para descubrir que la solución estaba en los orígenes mismos del problema: había que contar el cuento, simplemente, como lo contaban los abuelos. Es decir en un tono impertérrito, con una serenidad a toda prueba que no se alteraba aunque se le estuviera cargando el mundo encima, y sin poner en duda en ningún momento lo que estaban contando, así fuera lo más frívolo o lo más truculento, como si hubieran sabido aquellos viejos que en literatura no hay nada más convincente que la propia convicción”. No faltan en la historia que narra Cien años de soledad giros y complicaciones y novedades y cambios. Pero quizás no sea allí donde reside la grandeza fascinante de la novela. En el afán por dar con el tono que le permitiera narrar todos esos sucesos, Gabriel García Márquez obtuvo el logro más importante: un lenguaje en el que cupieran los mitos y fantasías, las verdades y el pensamiento de sus protagonistas, donde lo inverosímil conviviera con la realidad avasalladora del mundo contemporáneo. La enseñanza de Faulkner es patente, entre otros planos, en la creación desde la escritura de un espacio geográfico propio. Pero el recurso no es tan simplificador como parece, puesto que su éxito está determinado por la capacidad que tenga para reflejar la realidad. Si bien permite deshacerse de hechos puntuales de la realidad, lo que daría libertad al escritor, también le exige hacerse cargo de la complejidad de ese mundo creado. Ese control sobre el universo descrito no es un acto tiránico que lo empobrezca, es un primer paso para comprometerse con su diversidad. De ahí que el carácter acabado de ese mundo le permita reflejar el otro, el real. Y la única herramienta para lograr ese milagro de génesis es el lenguaje. Un lenguaje que confiera coherencia histórica a ese universo, o que se muestre como producto puntual de una historia. Tanto el lenguaje con que Faulkner crea y relata Yoknapatawpha como el utilizado por García Márquez para hablar de Macondo están hechos del conjunto de voces de dichos lugares. El cuidado de esta urdimbre es lo que permite retratar con tanta naturalidad (con tanta sensación de naturalidad) el universo de los seres de Macondo.
El hecho de que el narrador sólo sea posible como conjunto de voces implicadas en la historia explica la decisión del escritor al preferir variantes o registros más neutros, es decir, con menos marcas dialectales o regionalismos para la voz que narra. Algunos casos, como la estera voladora, implican marcas claras del ámbito geográfico, pero como tales pertenecen a la historia, no al habla del narrador. Los términos son menos marcados y por ello capaces de soportar tantos lugares posibles de enunciación como los que exigiría el conjunto total de voces de la historia misma. Esta ubicuidad del narrador responde la pregunta de quién es el narrador, que García de la Concha recoge con varias de las respuestas que se han propuesto. Su voz está hecha del conjunto de voces de los personajes de la novela, de Macondo en general. El narrador –que en un examen multiple choice de literatura no deja a los párvulos otra opción que tachar la casilla ‘omnisciente’– no es tan omnisciente puesto que él también ignora lo que el resto de las voces que surgen desde la historia. Un ejemplo es la misteriosa muerte de José Arcadio: “Rebeca declaró después que cuando su marido entró al dormitorio ella se encerró en el baño y no se dio cuenta de nada. Era una versión difícil de creer, pero no había otra más verosímil, y nadie pudo concebir un motivo para que Rebeca asesinara al hombre que la había hecho feliz. Ése fue tal vez el único misterio que nunca se esclareció en Macondo”. Otro ejemplo son las definiciones que se dan de la muerte. Elementos que son menos producto de un narrador que a lo largo de la novela muestra amplios conocimientos –de geografía, de mineralogía, botánica, etcétera– que concepciones y definiciones emanadas directamente del imaginario de los personajes que pueblan la novela. Vuelve a brillar la voz del poeta prodigioso en la fuga barroca de Meme y Fernanda, rumbo al convento, en uno de los momentos más literarios de la novela, y aun así no abandona su lugar de enunciación: sólo a medida que el personaje se aleja del núcleo (él sí omnisciente) del relato, la voz del narrador se distancia en un último esfuerzo por seguir a la adolescente y su madre. El narrador no es Melquíades, no es Aureliano, tampoco es tan omnisciente como para saber cosas que ignoran los personajes. Es el conjunto de todas las voces de Macondo, ese viento que agota y esclarece, como un rayo de mil alientos, la historia de Macondo y los Buendía desde el centro del espiral. En todo caso, esa mise en abyme que es el texto del gitano ofrece las últimas coartadas para el narrador. Si la presencia de personajes y lugares literarios permite hablar de una realidad poética que reclama para sí el estatuto de universo real, la figura del personaje Gabriel es la inclusión de la realidad en la maraña de Cien años de soledad y, a la vez, la absorción del autor, de su voz, en la polifonía de la novela. A ese laberinto gigantesco que es Cien años de soledad, se agrega un espejo casi exacto de la realidad: el general Márquez y su bisnieto Gabriel, por un lado, y Aureliano y su bisabuelo por otro. Los jóvenes comparten dos grandes convicciones sobre la historia de Macondo: la veracidad de sus antepasados y del asesinato de más de tres mil obreros de la plantación, ese testimonio que corre a través de las generaciones y que Aureliano y Gabriel se empeñan en conservar y que es una de las descripciones más realistas de esa pesadilla de infinitos vagones de muerte cruzando las noches más crueles de América Latina. A partir del encuentro entre estos personajes, el narrador pierde la omnisciencia total, pues también el autor (digámoslo burdamente: el autor legal) es una voz en el conjunto. Luego de borrar las marcas de discurso referido con respecto a los personajes, a Macondo todo, el autor borra, al agregarlas al conjunto, sus propias huellas. O, dicho de otro modo, las conserva todas, para dar rienda suelta a ese fervor por la escritura, esa “urdimbre de respeto solemne e irreverencia comadrera”. Ésta es la lección de Cien años de soledad, que tan bien la recoge de la narrativa de Faulkner: la cuidadosa recolección de la idiosincrasia de quienes conforman el universo narrativo y la formulación de su historia desde ellos mismos.
Nota Recuadro Por Claudia Turbay Quintero -Embajadora de Colombia- Gabo en personaRecuerdos de una relación algo menos que lejana
Gabo, Gabriel García Márquez, colombiano, escritor nuestro, símbolo y valor cultural, es un ser que recuerdo y percibo especialmente desde aquellos amigos suyos que también lo han sido míos en el tiempo; y también por las pocas veces que tuve oportunidad de departir con él. Lo recuerdo como una persona llena de emociones, de pasiones, que fueron decantándose y madurando, creo yo, por la propia responsabilidad de ser ‘modelo’ y ‘referente’ de generaciones, de aprendices, de tendencias políticas. Creo que una de sus principales características fue la del luchador que persistió siempre hasta alcanzar sus metas: fue el joven sin dinero que logró educarse, fue el joven bohemio amigo de tantos otros bohemios e intelectuales colombianos con quienes además de compartir noches de tertulia forjó y cristalizó varios proyectos. Me refiero especialmente a su revista Alternativa, la cual utilizó como plataforma para protestar y criticar al establishment. Fueron sus años de rebeldía en efervescencia. Era lejano a mi entorno, sin embargo lo tenía algo cerca, pues varios de mis amigos periodistas lo acompañaban, lo admiraban. |
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