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Inicio arrow Indice Temático arrow Fotografía arrow D03 Cuarenta años de una novela realmente mágica
D03 Cuarenta años de una novela realmente mágica Imprimir E-Mail
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Literatura
por Guillermo Viglietti   
domingo, 01 de julio de 2007

Edición conmemorativa de Cien años de soledad

Durante los encuentros preliminares del IV Congreso Internacional de la Lengua Española, llevado a cabo en Colombia en marzo pasado, la Academia Colombiana de Lenguas propuso celebrar los ochenta años de Gabriel García Márquez y los cuarenta de la primera edición de Cien años de soledad con una edición conmemorativa, a cargo de la Asociación de Academias de la Lengua Española, en la línea de aquella con que en 2005 celebró los cuatro siglos de la primera edición de El Quijote. Tanto el millón de ejemplares impresos, como los homenajes solemnes, las múltiples lecturas, los descubrimientos, el gozo festivo o la pasión de los fanáticos, son, entre otras, formas válidas del entusiasmo que despierta la creación literaria. Siempre que haya detrás un texto que realmente lo amerite. Y éste es el caso de Cien años de soledad.


La edición de la novela más famosa de Gabo por parte de la asociación estaría confirmando la condición de clásico que goza Cien años de soledad. Se trata de uno más de los muchos reconocimientos que el escritor colombiano ha recibido y que incluyen en primer lugar el premio Nobel. El estatus del autor, nacido en Aracataca el 6 de marzo de 1927, es desde hace mucho innegable en el panorama de la narrativa del siglo XX y de la lengua española y, más particularmente, en la narrativa latinoamericana. Pero en todo caso, el acto tiene un sabor especial si se lo piensa como una declaración más íntima, más de entre casa, como diríamos los hablantes de español.

Las connotaciones de esta confirmación y celebración de Cien años de soledad admiten variadas lecturas y no todas se limitan estrictamente a la valoración del texto. Se trata también de un nuevo capítulo de las transformaciones que operan en el ámbito académico de la lengua, particularmente en el seno de su academia más influyente, la española, y su marcada tendencia de los últimos años a abrir el abanico que la lengua ha conquistado a lo largo de su historia. Y así como Cien años de soledad es un monumento de la lengua española, también es una obra central en la narrativa latinoamericana y su juego de identidades, lo que le otorga un papel muy importante en ese costado geopolítico de las tensiones variopintas que conforman la lengua española toda. Que la academia colombiana haya sido la promotora del homenaje era esperable. Como esperable es la reacción de orgullo de colombianos y latinoamericanos en general (recordemos la intención del alcalde de Aracataca de cambiar el nombre de la población por Macondo).

Así, agotadas las espumas del realismo mágico, apagados los ruidos por momentos excesivos del boom, ese mismo ámbito literario eleva una de sus expresiones más acabadas y la inscribe entre los tesoros literarios de todos los tiempos. Es cierto que, durante años, la larga nómina de émulos de García Márquez ha generado un desgaste de su modelo narrativo. Pero se trata de un fenómeno de saturación más que previsible: el mundo literario de la segunda mitad del siglo pasado ha vivido bajo la irradiación de esta novela. Desde la brevísima perspectiva de cuarenta años (apenas la mínima para apaciguar el encandilamiento primero) nos damos cuenta de que vimos erigirse un faro de la literatura mundial, con todo lo que de extenuante puede tener semejante irrupción. No pocos escritores jóvenes se han lanzado con entusiasmo, como es previsible, tras la seducción del parricidio pero, para desgracia de los lectores, aún esperamos un texto que permita unos treinta o cuarenta años de lecturas, un documento en el cual apreciar el fundamento primero de cualquier texto literario: su concepción y uso de la lengua.

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La edición que comentamos viene acompañada de varios ensayos y/o comentarios de distintas autoridades académicas y prestigiosos escritores. Entre ellos, el de Víctor García de la Concha –‘Gabriel García Márquez, en busca de la verdad poética’– permite apreciar el proceso del autor con respecto a la escritura y la forma en que resolvió los conflictos que le presentaba la narración, con lo que el académico llama “el cuentacuentos cómplice”. Y una singular pista de ese proceso se puede encontrar, también, en la ‘Nota al texto’. En ella se cotejan las primeras ediciones de la novela (en algunos casos solo adelantos publicados en diarios) con las últimas, lo que se complementa con el examen de algunas correcciones en galeras hechas por el propio García Márquez. Al principio no llama la atención que en ciertas correcciones el autor opte por las variantes más antiguas y estandarizadas. Pero si observamos ese afán purista, que en ocasiones le hace cambiar variantes latinoamericanas de uso regular por otras en apariencia más españolas, podríamos pensar que estaría en contradicción con el aura caribeño que rodea la novela.

Pero acaso valga la pena pensarlo de otro modo. Para ello hay que revisar los planteos que el autor ha hecho muchas veces sobre el lenguaje y las opciones a que recurrió en Cien años de soledad: “Tuve que vivir veinte años y escribir cuatro libros de aprendizaje para descubrir que la solución estaba en los orígenes mismos del problema: había que contar el cuento, simplemente, como lo contaban los abuelos. Es decir en un tono impertérrito, con una serenidad a toda prueba que no se alteraba aunque se le estuviera cargando el mundo encima, y sin poner en duda en ningún momento lo que estaban contando, así fuera lo más frívolo o lo más truculento, como si hubieran sabido aquellos viejos que en literatura no hay nada más convincente que la propia convicción”.

No faltan en la historia que narra Cien años de soledad giros y complicaciones y novedades y cambios. Pero quizás no sea allí donde reside la grandeza fascinante de la novela. En el afán por dar con el tono que le permitiera narrar todos esos sucesos, Gabriel García Márquez obtuvo el logro más importante: un lenguaje en el que cupieran los mitos y fantasías, las verdades y el pensamiento de sus protagonistas, donde lo inverosímil conviviera con la realidad avasalladora del mundo contemporáneo.

La enseñanza de Faulkner es patente, entre otros planos, en la creación desde la escritura de un espacio geográfico propio. Pero el recurso no es tan simplificador como parece, puesto que su éxito está determinado por la capacidad que tenga para reflejar la realidad. Si bien permite deshacerse de hechos puntuales de la realidad, lo que daría libertad al escritor, también le exige hacerse cargo de la complejidad de ese mundo creado. Ese control sobre el universo descrito no es un acto tiránico que lo empobrezca, es un primer paso para comprometerse con su diversidad. De ahí que el carácter acabado de ese mundo le permita reflejar el otro, el real. Y la única herramienta para lograr ese milagro de génesis es el lenguaje. Un lenguaje que confiera coherencia histórica a ese universo, o que se muestre como producto puntual de una historia. Tanto el lenguaje con que Faulkner crea y relata Yoknapatawpha como el utilizado por García Márquez para hablar de Macondo están hechos del conjunto de voces de dichos lugares. El cuidado de esta urdimbre es lo que permite retratar con tanta naturalidad (con tanta sensación de naturalidad) el universo de los seres de Macondo.

ImageHay una primera sensación de transparencia en el lenguaje, cierta cualidad que hace decir a Vargas Llosa que ésta es una novela que puede leer cualquier lector, tonto o sagaz. Pero dicha ilusión en el ámbito del lenguaje es sólo un espejismo, que en este caso queda contradicho por la profusión de figuras retóricas, por la adjetivación abundante: las huellas de un autor. Se trata, más bien, de un lenguaje que se transparenta entre el lector y el texto, y que se desborda desde el texto hacia la historia, un río de orilla cristalina y mansa, pero de corriente exuberante y caudalosa. Narra los hechos como los narrarían sus personajes, sin mostrar marcas que explícitamente los conviertan en (o delaten como) otredad. El lenguaje del narrador se disfraza de neutralidad para absorber sin contradecir o poner en evidencia las voces que lo conforman.

El hecho de que el narrador sólo sea posible como conjunto de voces implicadas en la historia explica la decisión del escritor al preferir variantes o registros más neutros, es decir, con menos marcas dialectales o regionalismos para la voz que narra. Algunos casos, como la estera voladora, implican marcas claras del ámbito geográfico, pero como tales pertenecen a la historia, no al habla del narrador. Los términos son menos marcados y por ello capaces de soportar tantos lugares posibles de enunciación como los que exigiría el conjunto total de voces de la historia misma.

Esta ubicuidad del narrador responde la pregunta de quién es el narrador, que García de la Concha recoge con varias de las respuestas que se han propuesto. Su voz está hecha del conjunto de voces de los personajes de la novela, de Macondo en general. El narrador –que en un examen multiple choice de literatura no deja a los párvulos otra opción que tachar la casilla ‘omnisciente’– no es tan omnisciente puesto que él también ignora lo que el resto de las voces que surgen desde la historia. Un ejemplo es la misteriosa muerte de José Arcadio: “Rebeca declaró después que cuando su marido entró al dormitorio ella se encerró en el baño y no se dio cuenta de nada. Era una versión difícil de creer, pero no había otra más verosímil, y nadie pudo concebir un motivo para que Rebeca asesinara al hombre que la había hecho feliz. Ése fue tal vez el único misterio que nunca se esclareció en Macondo”. Otro ejemplo son las definiciones que se dan de la muerte. Elementos que son menos producto de un narrador que a lo largo de la novela muestra amplios conocimientos –de geografía, de mineralogía, botánica, etcétera– que concepciones y definiciones emanadas directamente del imaginario de los personajes que pueblan la novela.
Hay momentos en que el narrador atestigua la intimidad de un personaje, o encuentros íntimos, pero aun así su visión no vas más allá de lo que el resto de los personajes podría conjeturar. Sólo a partir de esa posición, de esa visión del mundo, el narrador da rienda suelta a una pluma riquísima en registros, de formulaciones sintácticas como la primera frase de la novela, en la que ya se condensa todo el juego de tiempos, de historias, de magia, de crudeza, todo incluido en el abanico sintáctico de esa frase. Un espiral que de ahí en más no hace otra cosa que desarrollarse, condenado desde ese momento a perder toda posibilidad de rectitud, puesto que desde la segunda frase la narración ya es una analepsis, ya se encamina a regresar sobre sí misma, para luego sobrepasarse en un juego de repeticiones, cuyo final es un nuevo giro de regreso: el primero y el último de la estirpe… Es el momento imposible en que Aureliano descifra su muerte al mismo tiempo que la experimenta, es la caída en abismo al espiral.

Vuelve a brillar la voz del poeta prodigioso en la fuga barroca de Meme y Fernanda, rumbo al convento, en uno de los momentos más literarios de la novela, y aun así no abandona su lugar de enunciación: sólo a medida que el personaje se aleja del núcleo (él sí omnisciente) del relato, la voz del narrador se distancia en un último esfuerzo por seguir a la adolescente y su madre.

El narrador no es Melquíades, no es Aureliano, tampoco es tan omnisciente como para saber cosas que ignoran los personajes. Es el conjunto de todas las voces de Macondo, ese viento que agota y esclarece, como un rayo de mil alientos, la historia de Macondo y los Buendía desde el centro del espiral. En todo caso, esa mise en abyme que es el texto del gitano ofrece las últimas coartadas para el narrador.

Si la presencia de personajes y lugares literarios permite hablar de una realidad poética que reclama para sí el estatuto de universo real, la figura del personaje Gabriel es la inclusión de la realidad en la maraña de Cien años de soledad y, a la vez, la absorción del autor, de su voz, en la polifonía de la novela. A ese laberinto gigantesco que es Cien años de soledad, se agrega un espejo casi exacto de la realidad: el general Márquez y su bisnieto Gabriel, por un lado, y Aureliano y su bisabuelo por otro. Los jóvenes comparten dos grandes convicciones sobre la historia de Macondo: la veracidad de sus antepasados y del asesinato de más de tres mil obreros de la plantación, ese testimonio que corre a través de las generaciones y que Aureliano y Gabriel se empeñan en conservar y que es una de las descripciones más realistas de esa pesadilla de infinitos vagones de muerte cruzando las noches más crueles de América Latina. A partir del encuentro entre estos personajes, el narrador pierde la omnisciencia total, pues también el autor (digámoslo burdamente: el autor legal) es una voz en el conjunto. Luego de borrar las marcas de discurso referido con respecto a los personajes, a Macondo todo, el autor borra, al agregarlas al conjunto, sus propias huellas. O, dicho de otro modo, las conserva todas, para dar rienda suelta a ese fervor por la escritura, esa “urdimbre de respeto solemne e irreverencia comadrera”.

Ésta es la lección de Cien años de soledad, que tan bien la recoge de la narrativa de Faulkner: la cuidadosa recolección de la idiosincrasia de quienes conforman el universo narrativo y la formulación de su historia desde ellos mismos.

 

Nota Recuadro 

Por Claudia Turbay Quintero -Embajadora de Colombia-

Gabo en persona

Recuerdos de una relación algo menos que lejana

ImageOctogenario ya, reconocido, celebrado y llevado a la fama por su innegable don expresado a través del lenguaje narrativo, por su prodigiosa imaginación, por su capacidad investigadora, por su persistencia, y fundamentalmente por la solidez de sus estructuras: la mental, la familiar y la intelectual. Ha trasegado su andar siempre acompañado por su raigambre a la patria, a su origen, a su gente… Es a ese ser humano, a quien me quiero referir, a la persona y no al literato que hace mucho ha recibido el reconocimiento universal gracias a su obra.

Gabo, Gabriel García Márquez, colombiano, escritor nuestro, símbolo y valor cultural, es un ser que recuerdo y percibo especialmente desde aquellos amigos suyos que también lo han sido míos en el tiempo; y también por las pocas veces que tuve oportunidad de departir con él. Lo recuerdo como una persona llena de emociones, de pasiones, que fueron decantándose y madurando, creo yo, por la propia responsabilidad de ser ‘modelo’ y ‘referente’ de generaciones, de aprendices, de tendencias políticas.

Creo que una de sus principales características fue la del luchador que persistió siempre hasta alcanzar sus metas: fue el joven sin dinero que logró educarse, fue el joven bohemio amigo de tantos otros bohemios e intelectuales colombianos con quienes además de compartir noches de tertulia forjó y cristalizó varios proyectos. Me refiero especialmente a su revista Alternativa, la cual utilizó como plataforma para protestar y criticar al establishment. Fueron sus años de rebeldía en efervescencia. Era lejano a mi entorno, sin embargo lo tenía algo cerca, pues varios de mis amigos periodistas lo acompañaban, lo admiraban.
Viene a mi memoria el periodista, ya con ese claro halo de su éxito literario y como pensador de la izquierda, y el escritor crítico del sistema y de los gobiernos colombianos. Recuerdo cuando decidió abandonar nuestro país en señal de protesta, mi sentimiento interior me decía que estaba siendo ‘injusto’ con Colombia.
Evoco para estos apuntes mi paso por New York, donde coincidí en algún momento con otro gran amigo de Gabo y buen amigo mío, el maestro Guillermo Angulo, quien actuaba como cónsul general de Colombia. Fue este amigo común quien me propuso realizar, por primera vez para Colombia, la exposición de la totalidad de la obra de nuestro escritor García Márquez, con todas las ediciones existentes, incluidas las traducciones. Fue un trabajo maravilloso y muy exitoso. Nos sentimos satisfechos de la muestra y siempre agradecidos con Carmen Balcels –la editora de Gabo en España–, quien fue fundamental para que el proyecto se concretara. Siempre lo he dicho y lo vuelvo a repetir con convicción absoluta: es el contacto humano el gran generador de las más nobles acciones del hombre. Aquella exposición fue, sin dudas, el resultado del contacto humano.
Años mas tarde, después del irreparable dolor que ocasionó en nuestra familia el secuestro y muerte de mi hermana Diana, su hija y una amiga de ésta, vuelve otra vez el amigo común, el maestro Angulo, a decirme que Gabo quería hablar con mis padres para avanzar en el proyecto de un libro de investigación periodística sobre el secuestro en Colombia, que culminó en la obra intitulada Noticia de un secuestro, de la cual el caso de Diana hace parte en un capítulo fundamental.
Finalmente, la reunión de Gabo con mi padre se realizó en Santo Domingo, donde nos encontrábamos en familia pasando unos días de descanso. Tiempo después, en varias oportunidades García Márquez se reunió con mi madre con el fin de profundizar el conocimiento de los hechos. Su voz fue la de una madre compungida, pero precisa ante una tragedia nacional. La  historia de Diana en sí misma hace parte de ese dolor nacional. Es interesante saber que Gabo, el hombre maduro, reconoció públicamente a través del libro referido los aciertos y el valor del gobernante que décadas atrás él criticaba. Ese gobernante es mi padre, el doctor Turbay Ayala.
Hoy, muchos años después, como embajadora de Colombia en Uruguay me reencuentro a Gabo, celebrando sus éxitos y su fama mundial. Orgullosa como colombiana de tenerlo entre los nuestros, participamos y promovimos conjuntamente con la editorial Alfaguara y la Real Academia Española el lanzamiento de la edición conmemorativa y la caravana de lectura de tres días de su formidable novela Cien años de soledad.

 
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