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D03 El divo en su laberinto Imprimir E-Mail
por Eduardo Roland y María Noel Álvarez   
sábado, 30 de junio de 2007

CON ANTONIO TACO LARRETA

Nadie puede dudar de que Taco Larreta es una figura central de la cultura uruguaya de los últimos sesenta años. Un artista de impar agudeza y elegancia intelectual que durante su extensa y prolífica vida ha logrado brillar en múltiples áreas: como dramaturgo, actor, director teatral, crítico especializado (cine y teatro), traductor, guionista (cine y televisión) y novelista. Este ‘Ciudadano ilustre de Montevideo’ –tan activo como siempre a los 85 años– acaba de volver a ser merecidamente homenajeado por su trayectoria y está a punto de publicar otra novela, culminada hace unos meses.

Siempre va a tener sabor a poco una entrevista con Taco: es demasiado, cuantitativa y cualitativamente, lo que tiene para decir, para contar. Quizás ni siquiera se agotaría con un libro de tamaño estándar. Lo que sí colma cabalmente es su calidez –reflejada en su casa y sus cosas– que se siente al charlar con él en torno a una mesa.

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Antonio Larreta
Los años no han pasado en vano, tanto sus desplazamientos como su manera de hilvanar las palabras son lentas, pausadas. Una vez que la conversación fluía y se dilataba en un marco casi familiar, uno tenía la sensación –cómo decirlo– de estar en presencia de ‘un divo en pantuflas’, alguien que a pesar de dar la impresión de encontrarse más allá del bien y del mal, tiene la delicadeza de pedir que ciertos juicios que pudieran herir a tal o cual artista demasiado conocido, no fueran publicados. “Estoy hablando demasiado”, nos decía cada tanto, con una sonrisa entre feliz e irónica.
Ojalá la entrevista que sigue logre transmitir al menos un atisbo de lo que puede sentirse al estar frente a frente con un monstruo sagrado en su propio laberinto.

¿En qué está trabajando en este momento o qué es lo último que ha hecho?

Está por salir una novela que escribí entre diciembre y mayo. Ya está en imprenta. La va a editar Fin de Siglo. El año pasado, revisando papeles –cosa que no hago nunca– encontré un proyecto de novela bastante elaborado, del cual me había olvidado por completo. Empecé a leerlo y vi que era bastante completo, 25 esbozos de capítulos. Me interesó, me gustó, me pareció que era un tema muy válido hoy, un tema que yo había desarrollado en los años setenta en España.

 ¿Cuál es el tema?

Taco Larreta y China Zorrilla
Taco Larreta y China Zorrilla

Creo que es un cuadro de los comienzos del exilio uruguayo en España. La novela se desarrolla en el año 74, es hasta cierto punto autobiográfica. Transcurre en un período bastante anterior a la llegada de los uruguayos, que fue sobre todo durante el año 76, cuando se produjo la invasión de sudamericanos sobre todo en España. A los tres meses de esa invasión, se nos empezó a llamar sudacas, antes no existía ese término. Hasta ese momento jamás me sentí discriminado por ser sudamericano. Pero llegaron cientos y sobre todo muy preparados, entonces se generó una verdadera resistencia por parte de los españoles. La novela cuenta la historia de un uruguayo en ese contexto, pero cuando la leés te das cuenta de que no soy yo porque las cosas que hace son terribles. Creo haber rescatado el espíritu original de novela, que reconstruí a partir de unas notas que, según las fechas, fueron terminadas en el 74.

La vida es una novela

Hablando de historias de exiliados: llama la atención que usted se haya ido del país en 1972, un año antes del golpe de Estado, teniendo en cuenta que la gran mayoría lo hizo después. ¿Fue intuición?
La intuición no fue mía, fue de mi psicoanalista [risas]. Yo le dije un día que tenía muchas ganas de hacer un viaje y él me dijo “usted se tiene que ir ya”, claro, sabía muchas cosas de mí. Y tenía razón. Estuve pensando cuál había sido mi conducta en el último año y había tenido un problema serio, había asilado en mi casa a un subversivo durante tres meses. Cuestión es que me fui a España, y al poco tiempo recibí un llamado de [el escritor Carlos] Martínez Moreno, que era un abogado que defendía perseguidos políticos, y me dijo que ni se me ocurriera volver a Montevideo porque había encontrado un legajo…

Es decir, que si regresaba, seguro marchaba preso.

Sí, claro. Es más, en el momento que yo acogí a ese muchacho, estaba viviendo en una casa prestada por un matrimonio amigo que ya estaba en Europa. Y fue increíble porque el mismo día que el muchacho me dio la noticia de que se iba –yo ya estaba muy nervioso– y una hora después de su partida, me tocan el timbre: eran soldados…

Evidentemente algo lo protegía.

Es que yo se lo conté luego a mi psicoanalista como algo divertido. Estos soldados entraron con una actitud muy precaria e hicieron preguntas y de repente se pararon frente al retrato de una señora –la dueña de casa– hecho por un alumno de Torres-García. Uno llamó al otro y sentí la palabra “Topolansky” [risas]. Me preguntaron quién era. Les expliqué que era una señora que vivía en Europa. No sé si me creyeron. Y luego se fueron.

El teatro avant tout chose

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Taco Larreta 11 años con su padre
¿Vive de forma diferente el rol de director que el de actor?

Como actor nunca he perdido la costumbre de mirar a través de la cortina para saber cuántos espectadores llegaron. Como director me desentiendo mucho más. Después del estreno, yo me desligo. No puedo entender cómo hay directores que siguen corrigiendo a los actores, para mí son de otra raza. A veces ha habido espectáculos que me han gustado mucho, y que he seguido otros días viendo algún acto, de repente, pero muy pocos en mi vida.

¿Por ejemplo?

Sobre todo espectáculos de mi primera época. Tenía mucho que ver con las personas que trabajaba, o con que el proceso de trabajo haya sido interesante.

¿Era cierta la rivalidad que se dice que existía entre el Club de Teatro que usted fundó con El Galpón?

Éramos los dos grupos independientes más importantes de la época, los que hacíamos mejor las cosas. El alma máter del Galpón era Blas Braidot, no Atahualpa. Tenía una energía imponente, un apasionado, un hombre valiosísimo. Éramos amigos a pesar de la rivalidad. El Galpón tenía más actores, sobre todo un buen elenco masculino. Y nosotros teníamos un elenco muy talentoso, considerando tanto los actores como las actrices.

¿Y la situación de la Comedia Nacional en ese momento?

Había gente muy buena. Estela Medina probablemente es el único fruto de entonces, una gran actriz.

Fue el primer director en adaptar Los gigantes de la montaña de Pirandello, de interpretarla completa y de hacerla en español, algo que nadie se había animado antes.
La hice dos veces, en 1957 y en 1986. La primera versión era muy removedora. Yo creo que Pirandello es un gran renovador del teatro del siglo XX, en las lenguas latinas no tengo dudas de que fue el más importante. Y eso que las condiciones técnicas de la primera versión no fueron las adecuadas. Me acuerdo que se había atrasado el estreno pero no se suspendió: el público esperó horas para entrar a la sala. Hay gente que adoró la segunda versión, seguramente tenía más madurez de oficio de mi parte y de parte de los actores. De todas formas creo que fue más impactante la primera.

Taco guionista: un golpe de suerte

¿Cómo se inició como guionista de cine y televisión?

Un día en Madrid estaba durmiendo, y a las dos de la mañana me tocan el timbre (hora que no es tan escandalosa como acá), y era Sancho Gracia que venía con un montón de libros. Le pregunté qué quería a esa hora y me dice: “Te lees estos libros y escribes trece capítulos de una hora para Televisión Española”. Los miro y eran sobre bandoleros andaluces. Yo no sabía nada de ese tema. Pero los leí, me interesaron y ahí cambió mi vida. Fue a fines de 1974.

¿Dónde había conocido a Sancho?

Acá en Montevideo. Yo había llegado de Europa en 1956 y escuché hablar de un chico que se llamaba Sancho Gracia, que estaba enamorado de China Zorrilla. Y luego fue alumno mío en la EMAD. (Fue la única vez en mi vida que di clases –por casi dos años– después nunca más quise. Nadie me entiende, pero el profesor de teatro trabaja con zonas de la persona muy delicadas.) Ahí nos hicimos amigos con Sancho y fui yo quien le aconsejó que se fuera a España porque acá no iba a hacer carrera. En ese momento, a diferencia de ahora, la belleza física de un actor o actriz podía jugarte en contra, era menospreciada. Y efectivamente se fue e hizo una carrera sobre todo en televisión, debido al éxito que tuvimos con los bandoleros andaluces, que fue un tema prohibido por la televisión franquista porque involucraba a los alcaldes de los pueblos. Entonces pasé de escribir los pie de fotos a estar sentado en un mismo despacho con los capos de Televisión Española. Se hicieron 39 capítulos, y yo guioné 29.

O sea que fue un éxito total.

Sí, y además en todos los países que se exhibió funcionó bien. Recibí, por ejemplo, derechos de autor hasta de los países más insólitos: desde los escandinavos hasta Uganda en África. Sancho tuvo otra buena idea, que fue pedirle a Televisión Española que nombrara para cada capítulo a directores de cine y no de televisión, algo que nunca antes se había hecho. Ya en esa reunión que contaba recién con los directivos de la emisora, había muchos de estos directores, en su mayoría jóvenes, yo era el único mayor.

¿Alguno de esos directores trascendió luego?

Pilar Miró, quien se hizo muy amiga mía. A tal punto que le escribí una comedia picaresca pero la prohibieron, estuvo muchos años sin verse porque tenía una escena un poco osada.

Parece absurdo, quién iba a pensar que pronto llegaría el destape español y la movida madrileña.
España se volvió irreconocible en seis meses.

Y usted fue testigo de todo ese cambio…

Sí, y me impactó mucho, fue un cambio radical. Me acuerdo también en esos momentos previos cuando estaba en los últimos ensayos de una obra, que entraron a la sala unos hombres y se sentaron en la platea; alguien me dijo muy alarmado: “Son ellos, la censura”. Luego de ver la obra decidían si podía estrenarse. En ese espectáculo, por ejemplo, tuve que eliminar los gestos de una actriz y una línea de diálogo. Pero ya había sufrido la censura española cuando habíamos ido con el Teatro de la Ciudad de Montevideo, en el 62. Hacíamos una comedia llamada Una farsa en el castillo. Había una escena de amor que los espectadores oían solamente, en la que el actor hablaba de los duraznos de la actriz, y sacaron la palabra ‘duraznos’ porque decían que aludía a los senos de la mujer.

El cine en los tiempos del cólera

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Parte del elenco del teatro
¿Usted trabajó con García Márquez?

Iba a trabajar con él pero quedó frustrado el proyecto. Él apareció en Madrid a buscarme porque había leído unos guiones míos y quería trabajar conmigo. Me citó en el Hotel Palace. Me dio un resumen de la historia para que yo empezara a trabajarla. Me citó en Cartagena de Indias cuatro meses después. Pero el primer día que nos vimos me dice que tenía que irse a Caracas porque lo había llamado Kissinger, quien le había mandado un avión particular. Kissinger estaba preocupado porque el fútbol era un deporte poco popular en Estados Unidos, y quería crear en un año el interés por el mismo. García Márquez le aconsejó hacer una película con los mejores jugadores de fútbol del mundo. Lamentablemente para él, le expliqué que eso ya lo había hecho John Houston y se llamó Victoria, una película espantosa...

¿Cuál era el proyecto con él específicamente?

Era una película de una novela que publicó cuatro años después, El amor en los tiempos del cólera. Pero yo le dije que no podía hacer nada con su material, porque tenía ochenta páginas escritas, y encima eran sobre historias de los antepasados de los protagonistas, es decir que la novela en sí no había empezado. Para contar eso en el cine precisaba un montón de horas. Quedó muy golpeado con mi respuesta. Creo que se desilusionó mucho con mi encuentro.

¿Cómo es él en la privacidad?

Era muy agradable, siempre estaba vestido impecable. Hablábamos de cine todo el tiempo. La mujer era muy simpática, comíamos todas las noches los tres juntos. Para mi fue una experiencia única, convivir con un grande ¿no?

Debut como novelista: gol de taco al minuto

¿Fue importante en lo personal haber ganado nada menos que el Premio Planeta con la primera novela que escribió?
Fue muy importante en términos económicos. No sólo por el premio sino por cómo se vendió, yo no podía creerlo. Se vendieron de Volavérunt más de quinientos mil ejemplares. Me di cuenta de la popularidad que tenía el libro cuando fui invitado a una fiesta de Planeta con todos los escritores ganadores del primer y segundo premio; habían pasado casi veinte años de mi premio, y sin embargo los novelistas me querían conocer, venían a saludarme de todas las edades. Ahí me di cuenta de la popularidad de mi libro.

¿La escribió con vistas al concurso?

Yo no la escribí pensando en el premio. Empecé a escribirla en un momento curioso, hacía cuatro meses que no trabajaba.

¿La había compartido con alguien antes de presentarse al concurso?

No, nadie sabía que la había escrito. A mi hermana y a mi sobrina les conté el día mismo de la entrega del premio, porque me pasó algo muy raro. Yo tenía una reunión de trabajo con Mario Camus, entonces me tomo el metro, abro el diario y lo primero que veo es un titular que decía “Volavérunt tiene grandes posibilidades de ganar el Planeta”. Y el artículo hablaba de quién podía ser el autor, y se arriesgaban nombres. Yo venía de una depresión terrible en ese momento. Entonces cuando estábamos a solas con Mario le digo: “No sé si voy a poder trabajar contigo”, y él me respondió: “No me digas que eres el autor de Volavérunt”.

Volviendo al comienzo, una vez terminada esta última novela, y a pocas semanas de que salga a la calle, ¿le significa un peso haber comenzado su trayectoria novelística con un Premio Planeta?

Es que no creo que sea una gran obra...

 

 
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