Ricardo Pikenhayn y Nicole Vanderhoeght En las afueras de la ciudad de San Carlos, cerca de Punta del Este, se encuentra un lugar muy especial, rodeado de naturaleza. Por doquier puede observarse la huella de un lenguaje plástico de honda raigambre en la cultura uruguaya, lenguaje que impregna y magnetiza un ambiente bucólico que sin embargo explota en creación en cuanto ingresamos a los talleres de producción.
Allí habita el matrimonio formado por Ricardo Pikenhayn y Nicole Vanderhoeght, que fue construyendo su vivienda a la par de un modus vivendi en torno al arte. Ellos son, probablemente, los grandes continuadores en su aspecto más lato y cabal de la escuela –estética y filosófica– que a fines de la década del treinta introdujo el maestro Joaquín Torres García en Uruguay. Ricardo y Nicole han transformado su entorno en ejemplo vivo de ese arte constructivo que desde muy jóvenes adoptaron, inspirados y guiados por los maestros Daymán Antúnez y Edgardo Ribeiro, ambos discípulos directos de Torres García. El sentido de lo universal, despojando a la expresión de características individuales, es típico del arte de los pueblos primitivos, de un arte colectivo cuyas raíces se hunden en lo más profundo de la historia. Tocado por la magia del mito, las doctrinas que adhieren a estos pensamientos de proyección hacia el cosmos inauguran un lenguaje de formas plásticas cuya clave se encuentra en el símbolo, recipiendario de ideas trascendentales.
El hombre se enlaza con el misterio del universo –y por ende de la Creación– a través de este mundo legendario de símbolos. El arte constructivo, desde el Taller Torres hasta la Escuela del Sur, ha tendido puentes hacia todos los pueblos cuya constitución anímica los ha llevado a forjar un sistema de símbolos capaces de expresar trascendencia por fuera de personalismos. Es por este motivo que la religión –en su concepto más amplio– está presente en el arte constructivo, y que muchos de sus símbolos (el pez y la cruz, entre otros) provienen del cristianismo primitivo. La Vesica Piscis son los dos trazos opuestos y simétricos que simbolizan el dualismo, construyen el esquema del pez y bajo el nombre de ‘mandorla’ la vemos transcurrir en las primeras épocas del arte cristiano hasta el románico. La mandorla encapsula prácticamente –en una alusión esotérica– al poderoso Pantócrator, el Jesucristo triunfante y esperanzador. Este signo, muy empleado por Ricardo Pickenhayn, fue utilizado como elemento de reconocimiento entre los primeros cristianos que se reunían en las catacumbas romanas. Todo arte es fruto del espíritu, pero el constructivismo tal como lo entendía su fundador recoge una espiritualidad asentada en la creencia de la verdad y apunta al corazón del misterio del hombre y del cosmos, sobre la base mística del ‘número de oro’ o divina proporción. Esta necesidad de lo espiritual se convierte casi en un acto religioso toda vez que el artista que asume la doctrina se compromete con ella. Torres García sostenía la idea de “barbarie tecnológica”, al presentir –junto con aquel otro visionario que se llamó William Morris– el avasallamiento de lo espiritual a través de la máquina y sus derivados tecnológicos. Por este motivo Torres dijo: “Y ahí están las maravillosas intuiciones de poetas, artistas, místicos, santos, profetas; es decir, gentes que han vivido para el espíritu en el lado grande de la Regla. El velo se descorre entonces un momento… y el vislumbre de un más allá aparece. Por esto la fe es necesaria. Dejen disparatar al poeta, al artista, al primitivo, a la pitonisa, dejen que hable el oráculo, el inspirado, y quédese con su verdad material y chica el positivista”. Ruskin advirtió contra la imposibilidad de doblegar el pujante desarrollo industrial, contra el que Morris luchaba incansablemente en un afán de volver hacia atrás el reloj de la historia y reemprender el trabajo medieval centrado en los gremios. La actitud de Torres García y sus seguidores se dirige –a sabiendas de que la historia no deshace sus pasos– hacia la emancipación individual, a través del proceso paradójico de inmersión en la esencia inalterada del arte colectivo, casi indiferenciado. Las culturas precolombinas, africanas, totémicas, fueron revitalizadas y admiradas por los cultores del arte constructivo. Desde este punto de vista doctrinario y militante, debemos contemplar y comprender la obra de estos creadores, inspirada en la gran tradición de arte colectivo, impregnada de trascendentalismo, donde cada trazo está guiado con la calurosa emoción que da la certeza, donde cada obra que se forja se sabe que tiene un sitial asignado por el destino imperioso que concede el hacer fehaciente. Se vive para el arte y no del arte. Actitud que elimina toda frivolidad y concede a cada hecho creador el sino de la necesidad vital. Cada obra es una pieza fundamental hacia la conquista de la verdad, en una espiral infinita, como lo es la progresión matemática de Fibonacci, cuyo cociente entre dos números de la serie tiende siempre al número de oro. Es necesaria una gran fortaleza de espíritu para cumplir estos fines con la misma austera, tenaz y sacrificada porfía del iniciador del constructivismo, escuela actualmente reconocida como una de las vanguardias históricas más importantes a nivel mundial. El universo como macrocosmos y el hombre como microcosmos se reúnen en el plano de la idea y de la forma en una praxis artística y a través de principios estéticos que son a la vez rígidos y flexibles. Este concepto de expansión de la forma constructiva, que el matrimonio gusta llamar “estructural”, es justamente el marco de dilatación de la doctrina torresgarciana continuada por ellos. Estos artistas han recogido la ortodoxia de la escuela y al mismo tiempo han ampliado y modificado sus horizontes creativos, a partir del ejercicio de la intuición y del convencimiento de que la proporción áurea la tenemos incorporada en nuestra sensibilidad, aparte de otros valores formales en los cuales nos detendremos.  ‘Árbol espiritmóvil’ (74 x 46 x 32 cm), perteneciente a la serie de Animóviles (almas en movimiento). Esta pieza fue tallada en medio tronco y ensamblada con sus otras piezas que la transforman en peculiar juguete (RPM, 2006). Para difundir y transmitir a nuevas generaciones esta cosmovisión artística, el matrimonio fundó en 1982 la escuela Cedartes (Centro para el Desarrollo del Arte Estructural), que lleva a cabo variadas actividades que incluyen eventos, conferencias y clases de arte. A nivel pedagógico, se trabaja sobre la creación espontánea en primera instancia, que luego será regulada por la norma. Este procedimiento les ha posibilitado combatir el peligro de la no individuación y sobre todo el del facilismo de la imitación sin contenido. Han comprobado que la práctica del dibujo intuitivo –de raíces subconscientes– es un hecho importante en la vida del artista. De esta forma se posibilita un encuentro con la intimidad del creador a partir del ensayo, y luego, de acuerdo a los resultados obtenidos, será rectificado en función de las premisas de la estética, respetando finalmente los enunciados iniciales. Sostienen estos artistas que el ser humano tiene incorporado el sentido de proporción y de medida ‘áurea’, cuya síntesis matemática se reduce al número l,618… (cifra irracional denominada ‘número de oro’). Su síntesis analítica y filosófica se puede resumir en la siguiente máxima: “La medida menor es a la medida mayor, como la medida mayor es al todo”. Lo cual remite las partes en cuestión a la unidad (como totalidad), permitiendo el mayor equilibrio visual posible en función de esta propiedad. De aquí se deducen varias fórmulas matemáticas y geométricas de proporcionalidad. En términos prácticos, es sabido que la medida de oro se encuentra en toda la naturaleza, sobre todo en la serie de Fibonacci de la que hemos hablado. Por otra parte, el cuerpo humano es un ejemplo de profusión de esta proporción como lo ha demostrado Pablo Tosto. En el mundo vegetal es posible apreciarla en infinidad de casos: el crecimiento de los tallos, la disposición de algunos pétalos, en las piñas y los moluscos, por citar ejemplos palmarios de la espiral áurea. El concepto de arte constructivo o estructural centrado en las proporciones matemáticas permite, sin embargo, transitar propuestas personales bajo el rumbo de los símbolos y los signos, en un trayecto creativo cargado de filosofía y de metafísica. Es una estética que reúne valores plásticos puros, dibujo, color, estructura, tono. Estética que se vincula a una tradición milenaria a través de sus signos de gran simplicidad, profundidad, belleza y rusticidad. Por este motivo, prácticamente cualquier material podrá ser transformado en obra de arte. Maderos que arroja el océano y el arroyo, troncos de árboles, piedras, cajones de verduras, láminas de madera prensada para embalajes, metales y objetos en desuso podrán ser reciclados y alcanzar una categoría estética excelsa, transformándose en otra entidad sensibilizadora por vía de la emoción artística. A partir de innúmeros esfuerzos, estos artistas trabajosamente han conquistado su espacio agreste, solitario e inspirador. Han edificado su casa, su taller, su galería de arte, y han colonizado al hotel Mantra de la Barra de Maldonado con sus obras en diversos géneros. Una porfiada y titánica voluntad –que sólo los artistas verdaderos evidencian– ha producido un lugar donde se respira la mítica prédica del maestro, el misterioso acercamiento a los pueblos con inocencia tecnológica. Nicole trabaja con las tierras cocidas: vasijas, esculturas y murales muestran una gran maestría en el uso de este material tan cálido y significativo. La forma exterior y la decoración interior conforman una unidad. La sapiencia de Nicole, alumna del célebre maestro argentino Fernández Chiti, se hace patente en la creación de una enorme cantidad de piezas que nuca se repiten. Su trabajo en engobe ejemplariza la conexión milenaria, este eterno ‘re-ligar’ con culturas para las cuales el arte era y es primordial. Obtiene con sus pastas una textura sumamente atractiva en su rusticidad, demuestra una técnica altamente estudiada y consolidada a través de innumerables búsquedas, con un medio que exige ardua dedicación.  ‘Primavera 2008’. Engobe cerámico montado en plancha de hormigón armado con marco de acero de 1,30 x 73 x 4 cm (NVD). Un curioso horno a leña, de muy difícil manejo (aparte de otros hornos eléctricos, naturalmente), constituye ciertamente el símbolo de este proceso que reúne la voluntad del artista con las fuerzas de la naturaleza, a semejanza del atanor de los alquimistas. Del milagro del fuego saldrán las vasijas, los murales y las esculturas, cuyos dibujos sometidos a la regla no esconden, sin embargo, la gracia femenina. Estos artistas nos demuestran que el arte es sobre todas las cosas oficio; o sea, trabajo. Investigan continuamente con sus propias formas, llegan a lo lúdico, a la pureza y simplicidad del trazo, a la complejidad de los conjuntos, hallando nuevos significados en un lenguaje que parece no agotarse nunca. El molinete de Torres adquiere una nueva significación cuando se ensaya en direcciones oblicuas, adquiriendo un movimiento inapresable. El interjuego con ciertas palabras guaraníes, que resumen mitos sobre la creación en una delicada poética, es recorrido en los trazados que Ricardo realiza en sus ensamblajes de variadas clases de madera (incluso de un antiguo banco de carpintero) donde la herramienta deja al descubierto su cruda marca.  ‘Ruedas infinito’. Díptico realizado a expensas de dos viejas ruedas originales que pertenecieron a un carro de aguatero de tiempos de la colonia (realizado a mano en cedro y enllantado a fragua). Sobre ellas se tallaron sendos constructivos angulares, posteriormente policromados al óleo de 57 x 23 cm cada una (RPM, 2006). El simbolismo nos rodea. El hombre y la mujer, el sol y la luna, los colores primarios (rojo, amarillo, azul) se conectan con la teosofía de Mondrian y con la cosmovisión de Torres. Las formas geométricas poseedoras de una mística legendaria –cuadrado, círculo, triángulo– generan equivalencias en los planos materiales y espirituales. Estos artistas han flexibilizado la doctrina constructiva interpretando fielmente al maestro, ya que Torres había abierto la posibilidad de la libre adaptación de signos propios de cada creador. Ricardo y Nicole han incorporado mitos amerindios en su obra, permitiendo que la propuesta adquiera una vitalidad novedosa, incluso con un sesgo antropológico. Han fundado un nuevo templo del arte constructivo. Los trabajos de los alumnos de Cedartes son todos distinguibles entre sí, lo cual significa que ellos han obtenido una llave para abrir sus propias puertas.  ‘Hombre alquimia’ (165 x 67 x 3 cm), obra realizada en viejos tablones de lapacho policromados al óleo con distintos criptogramas alquimistas (RPM, 2006). A través de un gran trabajo de investigación han generado nuevos modelos, sobre todo con la utilización de la línea curva –ensayada hace años por José Gurvich, quien también ejerció su paradigmática influencia en la cerámica de Nicole–, así como con el poder dinamizador de las diagonales, sin desmedro de permanecer en la ortogonalidad cuando la pieza lo requiere. De esta manera se recompone una organicidad peculiar, dentro de un orden de origen hierático y rígido. Es interesante observar el trabajo realizado con piedras semipreciosas, donde se logra un rico contraste entre las puntas afiladas y cristalinas de las ágatas y la decoración de su cáscara externa, plena de signos estructurados que remiten a la idea primigenia de huevo donde el labrado identifica el sello y el pulso humano y orgánico en tributo al maravilloso reino mineral. Muchas piedras así trabajadas forman parte de extraordinarias esculturas, tan plásticas, fuertes y sencillas como la ingeniosa inventiva infantil. El mundo de lo plástico es reconquistado, por consiguiente, en cada una de las obras. Torres defendió tenazmente el concepto de lo plástico en su taller, y sobre todo a través de las innumerables conferencias que dictó en la Facultad de Humanidades. Este mundo hace referencia a la forma en todas sus acepciones y encuentra su máxima definición en la tautología enunciada por Fiedler: “El verdadero contenido del arte es la forma”. La estética torresgarciana no permanece, sin duda, en la letra muerta por mera repetición de fórmulas. Se ha vitalizado un lenguaje que se encarna en una múltiple gama de medios de expresión. No importa que se trate de un óleo, una escultura en hierro o madera, un mural cerámico, un contenedor. Todas estas obras abrigan el germen de un pensamiento de sólido fundamento, elaborado con una sutil y genuina obstinación, en el convencimiento de que la actividad artística –y su disfrute o contemplación– es un acto fundamental y generativo para la especie. La vivienda de los Pickenhayn-Vanderhoeght y el Hotel Mantra son un ejemplo claro del inagotable caudal de imágenes que posee un lenguaje con el que ellos se expresan en la búsqueda de sí mismos. Podríamos hablar casi de un arte de intervención, en la obra de estos artistas, en la medida en que prácticamente todos los objetos son pasibles de recibir el bautismo constructivo. Hemos mencionado las maderas recicladas. Tenemos que mencionar también la aguda intuición de Ricardo al recolectar piezas de maderas carcomidas por el mar, de las cuales él extrae su “espíritu estético”. No por casualidad el matrimonio trabaja sobre la trilogía Alma-Mente-Cuerpo, conceptos materiales e inmateriales donde se forja la forma desde la idea. Hace veinticinco años estos artistas tomaron una decisión reflexiva y responsable, plantándose en una senda de mucho trabajo –de lo cual habían sido advertidos por sus maestros–. De ella no se han apartado un ápice. Reformulado ciertos principios y desarrollado otros que estuvieron en estado incipiente en la propia época de Torres, han amalgamado un mundo de símbolos y de signos multiculturales hasta generar una onda expansiva hacia todo objeto o material que sea pasible de ser transformado en un alegato constructivo. Ellos le dan una gran importancia al término ‘estructura’ por ser el que representa mejor su hacer y su pensar. Ciertamente que la estructura permite ir al corazón de la premisa, ella nos ofrece pistas necesarias para apreciar el fundamento de la obra. Por otro lado, es un término que indica cierta desnudez. Más aun, remite a su esqueleto, a su entramado óseo, a sus fundaciones, a sus vigas maestras. Admite una mirada franca porque en este caso no está oculta. Es por ello que la obra de este matrimonio es directa e impactante. El empuje visual, no obstante, nos deja la impresión de que siempre hay algo para descifrar. Los símbolos y los signos gráficos son, también, estructura. La unidad aquí es férrea e indisoluble. Cuando la estructura se transforma en signo, se cumple la íntima obediencia a la ley de la forma. Este acontecimiento toca el misterio, y la forma devela, por así decirlo, su alma. Por ello las obras de Ricardo y Nicole desprenden un animismo similar al de los ‘arquetipos’ junguianos, un conjunto de pensamientos e ideas inconscientes nos sitúa a las puertas de las grandes interrogantes. Un libro de profunda reflexión sobre esta incansable investigación está siendo preparado y resumirá estas ricas experiencias, creativas, filosóficas, pedagógicas. Será un alto en el camino, porque la construcción mancomunada del ideal proseguirá. Daniel Tomasini. Artista plástico, escritor y poeta. Licenciado en Artes Plásticas y Visuales. Docente grado 5 del Instituto Escuela Nacional de Bellas Artes (Udelar). |