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D00 Cabo Polonio Imprimir E-Mail
lunes, 01 de enero de 2007

La joya salvaje del litoral atlántico uruguayo

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Nuestro litoral costero tiene en total unos 680 kilómetros, de los cuales 460 corresponden al Río de la Plata y 220 al Océano Atlántico. En la actualidad, lo que comúnmente nombramos como mar o litoral marino —desde Montevideo hasta la barra del Chuy— resulta ser una sucesión de balnearios. Son muy pocos los tramos que conservan las características del periodo ‘colonial-criollo’ o incluso de la época ‘precolombina’; quizás sólo los arcos de playa que van desde José Ignacio a La Paloma, o de La Pedrera al Cabo Polonio, aunque con creciente presión turística (rutas muy cercanas, loteos de terrenos, la anunciada construcción del puente sobre la desembocadura de la laguna Garzón), mantengan una fisonomía agreste.
Cabo Polonio y su entorno, es decir, el Cabo propiamente dicho sumado a sus islas y arrecifes rocosos (asentamiento de la mayor colonia de lobos marinos), sus playas y el sistema de médanos, constituyen una zona muy particular del paisaje atlántico sobre la que nos queremos extender en esta nota.

 El viejo Cabo

Pocas décadas atrás esta auténtica ‘joya de la corona’ era un cabo abandonado en las soledades del Atlántico Sur, aislado del resto del continente por un verdadero desierto de médanos móviles que cubrían una superficie de más de seis mil hectáreas. Casi desconocido (incluso dentro de nuestro país), sus únicas construcciones eran el faro, la factoría estatal donde se procesaba la matanza controlada de lobos, y una pequeña aldea o pueblito de pescadores en la rinconada.
Sus playas son: La Ensenada —ahora más conocida como Playa Sur— del lado oeste, que se prolonga en un impresionante arco de unos cuarenta kilómetros hasta unirse con La Pedrera; y la Playa de las Calaveras (nombre que nos retrotrae a la época del corambre) hacia el noreste, de unos cinco kilómetros, entre el Polonio y el Cabo Castillos. Éste último es un afloramiento de granito (el mismo material geológico que forma al Cabo y a sus islas) que produce varias puntas rocosas (Punta Aguda y la verdadera Punta del Diablo), pequeñas y hermosísimas playas entremedio, y un cerro de rocas que su modo particular de erosión les ha dado formas muy extrañas e interesantes.
De acuerdo a estudios de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República, las arenas que componen este gran sistema de médanos —único en nuestra costa— son de origen marino. Se estima que fueron depositadas durante las ingreso del mar durante el holoceno, el periodo geológico más reciente, posterior a la última glaciación, o sea los últimos diez mil años. Por su parte, la antigüedad de las dunas como tales —a juzgar por su movimiento— sería de unos tres mil a cuatro mil años.
La duda que cabe respecto a su pasado es si el lugar siempre ofreció el mismo panorama de desierto de dunas. De hecho, la presencia del monte indígena en la zona —del que aún quedan algunos pequeños relictos— era mucho mayor. Como hecho curioso que puede dar una pista sobre la extensión que pudo haber tenido esta comunidad vegetal, vale recordar la existencia de un enorme canelón (Rapanea sp.) que hasta hace veinte años se mantenía entre los médanos y que fue cortado para el tendido de los cables de corriente eléctrica. Un árbol de este tipo no crece solo, mucho menos en medio de las arenas móviles.
Otros indicios que atestiguan que en gran parte del actual sistema de médanos tenía que haber por lo menos una presencia importante de monte indígena, es la intensa actividad lítica que se constata en el lugar (fabricación de herramientas de piedra como puntas de flecha, boleadoras, etcétera). Es muy poco probable que hace cientos o miles de años los nativos fueran a tallar piedras en medio de un arenal. Es más lógico imaginar sus asentamientos al abrigo del monte.
Tal vez la tala de árboles para combustible —¿de los corambreros?— y la “Vaquería del Mar” (así se llamaba en la época colonial a los grandes rebaños de ganado salvaje que se concentraban en el sureste del país), tuvieron mucho que ver en el formidable espectáculo de gigantes dunas que llegó hasta finales del siglo XXI, pues la eliminación de la vegetación que crece sobre suelos cercanos a la costa —tanto por la explotación del monte como por el sobrepastoreo vacuno— determina que el viento movilice las arenas que estaban sujetas por las raíces y protegidas por el follaje. De hecho, cuando comenzaron los planes de forestación, al retirar el ganado de la zona, lo primero que se producía era el crecimiento de vegetación psamófila sobre las arenas sueltas.
Posiblemente —y esto es válido para otros lugares de la costa—, se haya producido una alternancia de periodos de mayor movilidad de arenas con otros de mayor fijación y el consiguiente predominio de la vegetación.

Llegan los cambios

Con el correr de los últimos decenios, el Cabo Polonio cambió de un modo bastante atípico. Primeramente, como a toda la costa, le llegó la hora de la forestación masiva, ese tapiz de pinos imprescindible para que luego se asiente el ‘progreso’. Así en los años setenta, a pesar de que diez años atrás se había declarado el área como Monumento Natural de Médanos, se puso en marcha un plan de ingeniería forestal con el fin de inmovilizar las dunas mediante barreras de acacias, para luego llenar toda el área con pinos. El plan sólo se cumplió a medias, quedando gran parte de las arenas sin plantar. Pero claro está, que aunque libre de pinos, el sistema quedó cortado al medio perdiendo su movilidad; actualmente está en franco deterioro, con las dunas achatadas y creciente vegetación.
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También le llegó la hora del turismo y las construcciones, pero de modo más que particular. Ante la ausencia de reglas claras y la falta de atención por partes de las autoridades correspondientes, el Cabo se fue poblando, siguiendo el modelo espontáneo y aldeano del pueblo de pescadores original, hasta constituir un caserío de unos pocos cientos de casas, ranchos o cabañas. El lugar se fue haciendo cada vez más conocido y entonces los gobiernos de turno se acordaron de la existencia de Cabo Polonio.
Podría haber sido una excelente oportunidad para regular esta particular forma de urbanización y de tipo alternativo de esparcimiento y de vida, fuera de los cánones comunes del típico balneario o de cualquier núcleo urbano (lo que hace que hoy el Cabo Polonio sea uno de los puntos de la región que más llama la atención del extranjero). Sin loteados ni cercados, sin calles ni ramblas costaneras, logró anárquicamente una estética muy especial, acorde a la belleza agreste del lugar. Pero también, como todo lo que se hace sin control ni planificación, hubo algunos abusos y desatinos propios del caso. Entonces, se optó por una solución algo rústica: la de la topadora; convertir ranchos en escombros que hasta hoy están esparcidos por todas partes afeando el lugar.
En esos años, todavía era momento oportuno para remover las forestaciones, por lo menos en las zonas que más afectaban el movimiento de las arenas. Pero la respuesta de las autoridades de entonces no fue la más feliz. Esgrimiendo motivos ambientalistas sobre la necesidad de conservar los médanos y las playas, en vez de atacar la verdadera causa de la progresiva desaparición de los médanos, se tomó este argumento como pretexto para justificar la demolición de gran parte de las casas del Cabo, contraviniendo informes técnicos de la Facultad de Ciencias.
Después de las demoliciones y de varios intentos de desalojo de la población (tanto moradores permanentes como temporarios), el Cabo volvió a navegar a la deriva, como para bien y para mal ha sido su suerte desde que tenemos noticia de su existencia.
Por último, convendría antes que nada que los uruguayos tomáramos conciencia acerca de la necesidad de conservar y saber apreciar los valores estéticos del paisaje agreste y solitario, que si bien es una de las características más notables de la zona del Cabo Polonio, lo es también de la mayor parte de nuestro país.

* Pablo Castellanos es ingeniero agrónomo forestal y poblador temporal de Cabo Polonio desde hace veinte años.

Recuadro

Algunas reflexiones acerca del paisaje

A simple observación, la fisonomía de la superficie terrestre nos parece inmutable, eterna. Montañas y llanuras que siempre estuvieron donde hoy están; glaciares o desiertos inmóviles; ríos que drenan por sus cauces siempre hacia los mismos mares. Pero nuestra percepción es apenas una instantánea en un largo rodaje que ya lleva unos 4.600 millones de años. Abarcando mayores dimensiones de tiempo, podemos apreciar que esta superficie es algo vivo, móvil, en perpetuo cambio.
Si pudiéramos dar un vistazo de lo que era apenas unos 200 millones de años atrás, no lo reconoceríamos como nuestro planeta. Ni el contorno de los continentes ni los océanos eran lo que son en la actualidad. Cadenas de montañas como los Andes y el Himalaya ni siquiera existían. Donde ahora hay viejas y gastadas colinas había entonces altos picos y volcanes activos. O lo más sorprendente: muchos de los cerros o afloramientos rocosos que hoy vemos eran gigantescas rocas enterradas a cientos o miles de metros de profundidad.
A pesar de lo imponente que son para nosotros los accidentes geográficos como las montañas o los abismos marinos, frente a la magnitud de la Tierra su superficie es algo mínimo; una fina lámina que la cubre, como la delgada cáscara de un fruto. Sin embargo es allí donde ocurren las cosas más importantes, todo cuanto nos interesa, ya que esta fina capa es el único lugar del planeta donde interactúan todos los elementos que lo componen: rocas, aire, agua, seres vivos (litosfera, atmósfera, hidrosfera y biosfera).
La acción conjunta de todos estos factores que se entretejen y automodelan en una sola y delgada esfera dan como resultado el mayor espectáculo: la variedad de paisajes terrestres, producto un sistema en continuo cambio o evolución.
De toda esta gama de paisajes, sin duda la costa marina es uno de los más cautivantes. Así lo demuestra la actual tendencia demográfica, que lleva a que la mayoría de la humanidad desee afincarse en ella.
Las costas son el resultado de la evolución geológica que va ocurriendo a lo largo de la línea donde el nivel del mar se encuentra con los continentes. Y los elementos que estén presentes en esta franja irán determinando las variaciones paisajísticas. De este modo, la acción continua del oleaje y el viento sobre el material geológico, más las formas de vida que encuentran ahí su hábitat, irán modelando barrancos o acantilados, playas de gris ceniza volcánica o de blancas arenas de coral, marismas, médanos, manglares impenetrables, por citar algunas de las variadas formas que presentan los paisajes costeros a lo largo y ancho del mundo.
 

 
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