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Teatro
por Emilio Irigoyen   
domingo, 31 de diciembre de 2006

El género de Broadway se aclimata a Uruguay

Siga el baile

Así, como el título de este artículo, fue bautizada en 1885 la más longeva revista musical que haya tenido esta ciudad. Pero desde ya que no hablaremos aquí sobre la prensa que leían nuestros bisabuelos (en el caso de que fueran melómanos), sino sobre un hecho poco menos que insólito: en estos días, Montevideo tiene tres espectáculos musicales en cartel. Los tres dirigidos por artistas muy distintos que tienen, sin embargo, algo en común: ser tres amantes y serios practicantes del género. Omar Varela, Ignacio Cardozo y Luis Trochón representan tres formas diferentes y complementarias de acercar al público montevideano un tipo de espectáculo que raramente se le ofrece. Y que, según muestra la taquilla, los espectadores querían disfrutar.

Siga el baile


Siga el baile, siga el baile es el nuevo musical de Omar Varela. El fundador y director  de la Compañía Italia Fausta debutó en el género nada menos que con La ópera do malandro de Chico Buarque, que dirigió en El Galpón en 1993, protagonizada por Humberto de Vargas. El año siguiente volvió a la legendaria institución para montar una muy aceitada versión de El violinista en el tejado. Uno de los puntos altos de aquella puesta fue la actuación de Luis Fourcade, que doce años después Varela convoca para esta nueva apuesta, también con buenos resultados.
Como señaló Carlos Reyes en el diario El País, “Varela edificó en lo que va del siglo una forma personal –y también local– de concebir y poner en escena éste género difícil ..., sin mirar a Broadway ni a Buenos Aires, actitud que da por resultado un producto con fuerte identidad nacional”. Ello es particularmente evidente en este caso: Siga el baile, siga el baile recoge viejas canciones de Alberto Castillo, que la platea reconoce y acompaña con visible gusto.
Pero la uruguayidad del espectáculo no se limita al contenido. También tiene que ver con la forma de trasladar este género de gran tamaño y fastuosa producción a los límites artísticos y económicos de la escena local. Varela sabe que para montar un musical se necesita un buen cantante, en esta ocasión es Nancy de Vita. También se preocupa por alcanzar el grado de agilidad y dinamismo imprescindible, algo en lo que el elenco de la Fausta está bien entrenado.
Varela elige apelar a estos aspectos más que a una imitación de los patrones clásicos del género que dominan en ciudades como Nueva York, Buenos Aires y, ahora, Madrid, donde desde hace un par de años los musicales hacen furor.

El modelo neoyorkino

También Luis Trochón ha ensayado variantes locales del musical, en formas tan diversas como La verdá que sí (1993), espectáculo entre faraónico y carnavalesco que se montó en una única función en el Estadio Centenario, y Chicago (2004), en la sala Teatro MovieCenter, donde alcanzó 66 funciones y 24 mil espectadores. La verdá que sí era lo que hoy se llamaría un megaespectáculo (hace trece años la palabra todavía no estaba de moda), y recordaba un poco a los que los romanos montaban en el Coliseo que son de los primeros que registra la historia donde se emplearon efectos especiales de gran magnitud: se llegaron a montar batallas navales.
Con Chicago Trochón apuntó al modelo neoyorkino, eficazmente adaptado. Un camino similar recorre su nuevo título: West Side Story, una pieza clásica del repertorio de Broadway pero cuyas connotaciones latinas e inmigrantes tienen una obvia actualidad.
La Escuela de Comedia Musical, como se llama la compañía, inaugura con esta puesta un nuevo espacio teatral: la sala de los talleres de Don Bosco (Canelones y Joaquín Requena). La capacidad es de 500 espectadores divididos en una platea y dos tertulias, y el escenario es uno de los más amplios de la ciudad (quince metros por quince), algo fundamental para espectáculos de este género. Es más amplio que el de MovieCenter, aunque Trochón reconoce que todavía no cuentan con una infraestructura técnica comparable a la sala del Punta Carretas Shopping.
En 1993, las puestas de Varela y Trochón parecían anunciar un relanzamiento del musical en versiones más o menos adaptadas a la realidad local. Por desgracia para los amantes del género, el brote no llegó a prosperar. Pero bien dicen que en el arte la semilla nunca muere, y quizá la compañía DKDance, creada y dirigida por Ignacio Cardozo, sea un buen ejemplo de ese adagio.

Glamour y decadencia

Las producciones de DKDance son más apegadas a la estética glamorosa y melodramática de los modelos internacionales. Modelos que la troupe de Cardozo recicla de manera bastante aproximada, aunque a mucho menor escala, por supuesto. El repertorio que Cardozo ha llevado a escena es, pues, abanico menos amplio que el que han recorrido Varela y Trochón y se concentra en un sector de los clásicos de Broadway. Tras Sugar y La jaula de las locas, sus dos shows anteriores, esta vez el grupo ofrece una versión de Víctor Victoria.

Victor VictoriaLa pieza de Blake Edwards coincide con las otras dos en al menos una cosa: el travestismo ocupa un primer plano. La protagonista, Victoria, debe disfrazarse de hombre para lograr el objeto de sus desvelos. El recurso es un lugar común de la comedia clásica, tanto culta como popular (fue usado por Goldoni en su Arlequino, por ejemplo, espectáculo comentado en este mismo número de Dossier). La particularidad de Víctor Victoria es que en este caso el falso hombre trabaja de transformista: la mujer se disfraza de un hombre que se disfraza de mujer.
Este juego de espejos a partir del travestismo puede verse como todo un símbolo del propio esfuerzo por montar musicales norteamericanos a escala uruguaya: un escenario montevideano no demasiado amplio (el de la Alianza Uruguay Estados Unidos) se transforma en gran sala neoyorquina, un grupo de intérpretes locales semiprofesionales se trasviste en cantantes y bailarines de Broadway.
La sexualidad ambigua o trans es, según algunos, un símbolo y un síntoma de nuestra época, en que las identidades fijas y monumentales están en crisis. Hoy, se dice, cada uno puede ser lo que quiera ser. O por lo menos imitarlo. Y si la presión social es demasiado fuerte, siempre queda el recurso de travestirse dos veces, como ocurre en Víctor Victoria: hacer como que se imita aquello que uno realmente es.
Aunque sea por la vía de ‘rizar el rizo’, Victoria logra vivir como quien es. Algo parecido podría decirse de los artistas, que parecen haber hallado una fórmula para ser y hacer lo que realmente quieren. Por eso el travestismo se vuelve una buena metáfora del constante esfuerzo de Cardozo y compañía por llevar adelante una compañía musical en nuestra ciudad.
En un medio donde a veces pareciera que el esfuerzo de los creadores no logra sino trazar sendas en el mar, tanto Cardozo como Varela y Trochón parecen estar haciendo camino al andar. El público, agradecido. Como seguramente también lo estaría Francisco Sambucetti, alma máter de aquella revista del 900, Montevideo musical. No es seguro que hoy día nuestra ciudad merezca ese título, pero en todo caso hay tres artistas trabajando seriamente para ello.

 
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