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D01 Vieja bossa nova, nueva bossa vieja Imprimir E-Mail
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Música
por Guilherme de Alencar Pinto   
jueves, 01 de marzo de 2007

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Vinicius y García Vigil mediado años 70
La bossa nova fue en sus inicios (1958-1961) un movimiento musical bien delimitado y definido que luego, en virtud de su notable éxito, se ramificó y diversificó hasta desdibujarse finalmente. Hacia 1966 bossa nova quería decir tantas cosas que ya no decía nada.

Vieja bossa nova, nueva bossa vieja

Vieja bossa nova, nueva bossa vieja

Existe consenso en que la bossa nova empieza con la aparición del primer disco solista de João Gilberto, en julio de 1958, un 78 rpm que incluía en uno de sus lados el tema ‘Chega de saudade’ (Vinícius-Jobim), arreglado por Jobim. Quedaba así definido el triunvirato fundador: el bahiano João Gilberto (1931) y los cariocas Antonio Carlos “Tom” Jobim (1927-1994) y Vinícius de Moraes (1913-1980), por entonces cónsul en Montevideo. El término bossa nova se venía usando para designar lo que fuera novedoso y con onda (algo así como nuevo swing). La expresión se asimiló al nuevo tipo de música a partir del segundo disco 78 rpm de João (noviembre de 1958), con ‘Desafinado’ (Jobim-Newton Mendonça): “Isto é bossa nova, isto é muito natural”. Estas grabaciones cambiaron vidas e hicieron furor, y en pocos meses había decenas de músicos, jóvenes en su mayoría, participando en festivales de bossa nova. Fueron bossanovistas, entre muchos otros, Carlos Lyra, Roberto Menescal, Ronaldo Bôscoli, João Donato, Johnny Alf, Moacir Santos, Nara Leão, Sérgio Mendes, Baden Powell, Marcos Valle, Jorge Ben, Edu Lobo, Elis Regina y Gilberto Gil.

Perfil de una estética novedosa

En los primeros discos de João Gilberto el ritmo fundamental es el samba, que ahora incorporaba la armonía y la sinuosidad melódica del bebop y del cool jazz. Incluso con respecto a estos sofisticados géneros estadounidenses, la bossa nova presentaba una complejidad estructural inusual para el formato canción. La batida de guitarra inventada por João Gilberto daba al ritmo de samba el juego libremente sincopado del comping (acompañamiento de los pianistas usando acordes sueltos) que trajo el jazz moderno. Y del mismo modo en que los golpes sueltos estratégicamente dispuestos de los pianistas de bebop abrían el espacio para el juego más liviano y libre de los bateristas, la batida de João Gilberto permitió alivianar la percusión de samba, que en sus discos pasó a ser una batería americana tocada con escobillas.

A partir de entonces, hubo como un achique obligatorio de todos los demás parámetros, y los arreglos e interpretaciones se convirtieron en una trama delicada de elementos mínimos. João Gilberto emitía la voz en forma cotidiana, con un caudal estrictamente contenido, sin vibrato. Se secaron los elementos expresivos. La base iba estrictamente a tempo, incluso en los finales, que a veces eran simplemente interrupciones bruscas. La voz se adelantaba o se retrasaba sobre la base, obedeciendo a razones estructurales más que emotivas. En forma correspondiente, los arreglos también seguían la máxima de lo mínimo imprescindible. En ‘Outra vez’ (de João Gilberto) la base está constituida únicamente por la guitarra y una batería de la que sólo se usa el redoblante. En la parte B de la canción entran los violines por única vez: tocan siete acordes y desaparecen. Poco después un corno toca cinco breves notas y se calla hasta la coda, en la que toca seis notas más. Y es todo.

Los textos se despojaban de la retórica recargada que hasta entonces había dominado la canción brasileña seria, y se concentraban en la actualidad de la clase media. Dicha actualidad se evocaba en el lenguaje (“isto é bossa nova”), en las referencias (“te fotografié en mi Rolleyflex”) y en la asunción de nuevas formas de comportarse y sentir. ‘Garota de Ipanema’ canta a la muchacha anónima que camina en dirección a la playa, de la que es posible admirar “el cuerpo dorado” (nuevo estándar de belleza, nueva moral implícita en la exposición corporal que permite apreciar el bronceado) y esa “belleza que no es sólo mía” (menor grado de posesión). La visión pasajera de la muchacha, en tono de conversación de bar (“Mira que cosa más linda”) lleva a que el sujeto medite sobre la propia soledad, pero en forma cool, sin autoflagelo. La actitud estética a veces bordea el formalismo (la letra de ‘Samba de uma nota só’ describe lo que hace la música) pero el tono es coloquial: ‘Chega de saudade’ tiene rimas pobrísimas (“braços”/ “abraços”) y pueriles repeticiones de palabras que uno asignaría a un escritor torpe si no estuviera firmada por un respetado poeta. El nuevo criterio estético era menos literario, el rigor de las rimas y la frondosidad léxica se sustituían por una rica trama de aliteraciones y paronomasias: “colado assim, calado assim” (‘Chega de saudade’) o “sou Rio, sorrio” (‘Rio’, de Bôscoli-Menescal).

La bossa nova se nutrió de la música estadounidense, pero no es una fusión de samba con jazz (esto vendría después, en los primeros años sesenta, con el samba-jazz o hard-bossa). Los bossanovistas asumieron no tanto la apariencia exterior del bebop y del cool, sino algunos principios estéticos inherentes a estos géneros. De hecho, la bossa es más cool (en el sentido de la economía expresiva) que el cool. Es de observar que la incorporación se dio desde adentro: todos los fundadores de la bossa tenían vivencia de samba (al contrario, por ejemplo, del Bajofondo Tango Club rioplatense, en que cultores locales de música electrónica incorporaron un género autóctono como pretexto para una contribución original en el panorama internacional). Es posible vincular la bossa nova a otras tendencias modernistas, aparte del jazz (los criterios de Anton Webern en el uso de la orquesta, el minimalismo).

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João Gilberto

De hecho, la bossa nova puede ser vista como una de las manifestaciones de una oleada modernista que dominó la cultura brasileña a fines de la década de 1950. Estaban la poesía y la pintura concretas, la prosa de Guimarães Rosa, la arquitectura de Lina Bo Bardi y Oscar Niemeyer, el Cinema Nôvo, nuevas tendencias en diseño gráfico, las nuevas líneas educativas de la Universidad de Bahía, una incipiente industria automovilística, la ágil coreografía futbolística de Pelé y Garrincha. Brasil manifestaba la disposición a plantarse de nueva manera ante el mundo. Hasta entonces parecía haber sólo dos opciones: venderse con lo que Oswald de Andrade llamó “macumba para turistas” o imitar en forma dócil los estándares extranjeros. Pero ahora se adoptaba una tercera vía: pisar fuerte y decidir por cuenta propia qué es lo moderno, basados en la creencia de que el subdesarrollo económico y social no tiene por qué implicar subdesarrollo cultural. Brasil ya no quería destacarse por sus cocoteros, la sensualidad de sus mulatas y la maña intuitiva de su gente, sino por la inteligencia, el rigor y la creatividad lúcida; del subdesarrollo se aprovechaba en lo que aportaba de frescura, evitando su perfil de limitación provinciana. El Estado se sumaba a la nueva sensibilidad y la impulsaba activamente: en 1960 Brasilia (proyecto urbanístico-arquitectónico de vanguardia) fue inaugurada como capital de un país cuyo primer mandatario, Juscelino Kubitschek, era llamado popularmente “presidente bossa nova”.

Protesta y complacencia

João Gilberto siempre fue apolítico, pero es significativo que los demás integrantes destacados de la bossa fueron todos de izquierda y varios de ellos se radicalizaron en el nuevo panorama político de inicios de los años sesenta. La veta brasileña de canción protesta derivó directamente de la bossa nova y se difundió sobre todo en el programa televisivo llamado O fino da bossa, comandado por Elis Regina desde 1965. Si el samba-jazz, el afro-samba de Baden y Vinícius, la influencia nordestina y la canción de protesta terminaron borroneando el perfil de la bossa, fue ésta la que sirvió de referencia a Caetano Veloso cuando, en 1966, propuso “retomar la línea evolutiva” de la canción brasileña bajo la consigna “chega de saudade” (basta de nostalgia), lo cual derivó en el tropicalismo.

Teniendo en cuenta que para Caetano y varios de sus colegas de generación la bossa nova era sinónimo de vanguardia, evolución y rebeldía, resulta curioso notar cómo para Bob Dylan era precisamente lo contrario: “some may like a soft Brazilian singer, but I’ve given up all attempts at perfection”; aquí Dylan opone la “suave” música brasileña y su refinamiento técnico a una expresión visceral, “imperfecta”, pero quizá por ello más verdadera. Esta diferencia se explica en la forma en que la bossa fue asimilada en Estados Unidos a partir de 1962 y se convirtió en un fabuloso fenómeno comercial. En un momento en que la rebeldía personal de jazzistas como Cecil Taylor y Ornette Coleman no dejaba lugar a dudas sobre la intención comunicativa de las estridencias musicales que proponían, para Stan Getz, principal difusor de la bossa en el norte, el repertorio de João Gilberto y Jobim era “un soplo de aire fresco” en un momento en que el medio estadounidense estaba, según él, dominado por la “anemia”, “confusión” y la “búsqueda desesperada de innovación”. Era la recuperación de un melodismo lánguido y suave, condimentado por un ritmo latino (que la mentalidad puritana anglosajona suele vincular automáticamente a la supuesta permisividad sexual de la gente de piel más oscura), dignificada por un refinamiento armónico apreciable para sus estándares conservadores.

A tal efecto, las canciones y los músicos de bossa nova surgieron, en Estados Unidos, como que subtitulados por el saxo aterciopelado del Getz maduro, las orquestaciones acuáticas de Claus Oggerman y una reverberación de supermercado, que contrastan radicalmente con la sonoridad seca y escueta de los discos brasileños de bossa. De un mismo golpe, el jazz cedió al rock el espacio de la rebeldía y juventud, y la bossa terminó siendo inmunizada contra posibles significados inquietantes que irradiaran desde Brasil a la comunidad internacional (aunque dichos significados no tuvieran más contenido político explícito que una autonomía de criterios y una disposición inteligente). En Estados Unidos y en casi todo el resto del mundo la bossa nova pasó a ser la almohada acústica para las seducciones a media luz de burgueses de mediana edad que querían ostentar refinamiento. Uruguay fue una de las poquísimas excepciones, quizá porque recibió la bossa por vía directa a través de la frontera, sin escala en Estados Unidos, como sucedió con la mayoría de los demás países.
 
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