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D02 DOSSIER CRÍTICO - LITERATURA | D02 DOSSIER CRÍTICO - LITERATURA |
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| Literatura | |
| por Melisa Machado | |
| lunes, 30 de abril de 2007 | |
Ensayos de Susan Sontag y Julio Herrera y ReissigCuestión de críticaReunimos aquí dos ensayos. Dos mentes enfrentadas a las sociedades que les tocó vivir. Susan Sontag y Julio Herrera y Reissig. Valgan las semejanzas y las diferencias de estos dos ensayos críticos y de las épocas en que fueron escritos: Cuestión de énfasis, de Sontag, reúne textos publicados entre los ochenta y los noventa, y Tratado de la imbecilidad del país, de Herrera y Reissig (transcripto, editado y estudiado por Aldo Mazzucchelli), escrito en el 1900 y publicado más de 105 años después. “Una de mis emociones más fuertes y más cabalmente empleadas: el desprecio. Desprecio por los otros, desprecio por mí misma. Soy impaciente (y desdeñosa) frente a las personas que no saben cómo protegerse, como defenderse. Mi mente es como King Kong. Es agresiva, rompo todo en pedazos”, escribió Susan Sontag (Nueva York, 1933-2004), en uno de sus diarios publicados luego de su muerte, poco tiempo después de haber cumplido 72 años. El “desprecio”, tamizado por el juicio crítico y volcado en escritos capaces de ilustrar la profundidad de ideas y pasiones de algunas mentes lúcidas, bien puede ser una tarea necesaria, una rol que alguien debe cumplir en toda sociedad. “Siento un poco de vergüenza de ser estadounidense. Siempre me ha molestado la vanidad de querer ser los primeros, la cultura popular, las películas de Hollywood... Quizá por eso me gusta tanto sentirme extranjera. Me interesan más los derrotados que los vencedores”, dijo en cierta ocasión esta intelectual norteamericana que se dio a conocer con una recopilación de ensayos y artículos titulada Contra la interpretación (1964), a la que siguieron los ensayos Estilos radicales (1969), Sobre la fotografía (1975), La enfermedad y sus metáforas (1978), Bajo el signo de Saturno (1980), El sida y sus metáforas (1989). Autora también de las obras narrativas El benefactor (1963); Tierra prometida (1974); Yo, etcétera (1978); Giro turístico sin guía (1984); The way we live now (1991); El amante del volcán (1995) y En América (2000). Directora de las obras teatrales Jacques y su señor, (Milan Kundera, 1985) y Esperando a Godot, puesta realizada en Sarajevo durante la guerra. Considerada una de las mentes más profundas del ensayo y la crítica contemporáneas, fue una voz cruda y precisa que logró hacerse oír. Sus escritos, publicados y reconocidos internacionalmente, no corrieron sin duda la misma suerte que el Tratado de la imbecilidad del país, por el sistema de Herbert Spencer, de Herrera y Reissig (Montevideo, 1875-1910), quien carente de dinero y apoyo político, no logró en su momento que su libro fuera publicado. En distintas épocas y circunstancias (ambos vivieron en dos cambios de siglo), critican, y en ocasiones destrozan, la sociedad en que les tocó vivir. En 1901, Julio Herrera dice: “Destrozo a esta sociedad imbécil y superficial”. Como muestra vaya un botón: “Si un uruguayo, el más inteligente, o si se quiere el menos obtuso, tuviese la fuerza psíquica de un alemán del pueblo, de un parisiense cualquiera, de un catalán vulgarísimo, de una ciudad europea de relativa importancia, gustaría de esos géneros artísticos de última moda. Pero como su inteligencia es muy limitada, tiene que conformarse con el pasto más fácil de masticar. Es así que sólo es accesible a la vieja melodía, que la comprenden hasta las arañas, y a la ternura arqueológica que nació el mismo día que Eva se puso a gemir. La melodía como la ternura, se refieren a emociones heredadas, o a experiencias ya hechas en una serie de antepasados; no implican el menor gesto de ideación, mientras que como dice un psicólogo ‘las representaciones nuevas, aún no organizadas (comprendidas en la nueva literatura y en la armonía) tienen que ser pensadas, favorecen la cogitación, demasiado penosa y demasiado incómoda para organismos de escasa vitalidad’”. Según Mazzucchelli, Julio Herrera intentaba realizar una crítica de una europeización impostada, azuzando a sus compatriotas para que fuesen occidentales y americanos al mismo tiempo. Y eso lo realizaba sobre “la base de intuición de que una más madura asunción, incluso en sus aspectos transgresores, de la moderna cultura europea debía ser aceptada y actuada en su propia ciudad”. A caballo entre el siglo XX y el XXI, Sontag dice, por su parte: “Si he de escribir lo que para mí representa Europa como estadounidense, comenzaría por la liberación. La liberación de lo que en Estados Unidos pasa por cultura. La diversidad, seriedad, exigencia, densidad de la cultura europea constituyen un punto de Arquímedes desde el que puedo, mentalmente, mover el mundo. No puedo desde Estados Unidos, desde lo que me ofrece la cultura estadounidense, como un conjunto de criterios, como legado. De ahí que Europa sea esencial para mí, más esencial que Estados Unidos, aunque todas mis estancias en Europa no me conviertan en una expatriada”. Ambos cuestionan a sus países y miran a Europa como modelo cultural. Con la diferencia de que Herrera y Reissig nunca estuvo en el viejo continente. Su tratado es un documento de la vida íntima montevideana en el pasaje entre el siglo XIX al XX, repleto de detalladas descripciones en un lenguaje por demás divertido, a menudo desmadrado e inusual en la literatura publicada sobre las sociedades rioplatenses (de la época o de épocas posteriores). Los textos de Sontag son más sutiles, mesurados; reflejan una autocrítica que el poeta uruguayo parece haber decidido tirar por la borda. “Cuando detectaba la envidia, me abstenía de criticar, a menos que mis motivos fuesen innobles, y mi juicio menos que imparcial. Era benévola. Sólo era maliciosa con los extranjeros, personas que me resultaban indiferentes. Parece noble. Pero por medio de eso rescataba a mis ‘superiores’, los que admiraba, de mi desagrado, mi agresión”, escribió Sontag en uno de sus diarios, sin fecha explícita pero probablemente en 1964. De una manera u otra Cuestión de énfasis y el Tratado de la imbecilidad del país llaman la atención por ser creaciones de dos escritores que supieron elevar sus voces sobre la mayoría y se animaron a decir aquello que sus compatriotas y congéneres no decían o no veían. Ambos lo hicieron de una manera urgente y apasionada, con intensidad, valentía y lucidez. Julio Herrera, por su parte, es considerado uno de los grandes poetas uruguayos de la generación del 900, que vivió y creció en pleno auge del primer movimiento literario y artístico cabalmente americano: el modernismo. Si Susan y Julio hubieran coincidido en un mismo espacio y tiempo, quizás se hubiesen llevado bien. Lo más probable es que ella hubiera apreciado la poesía y la prosa del uruguayo, pues como dice en uno de sus ensayos: “El poeta que también ejerce el ensayo crítico con maestría no pierde su condición; de Blok a Brodsky, la mayoría de los poetas (rusos) destacados han escrito espléndida poesía crítica. De hecho, la mayoría de los críticos en verdad influyentes, desde la época romántica, han sido poetas: Coleridge, Baudelaire. Válery, Eliot”. En Cuestión de énfasis, Sontag discurre sobre temas estéticos y éticos relevantes de finales del siglo XX. Reflexiona sobre danza, poesía, traducción, música, fotografía, teatro, literatura, entre otros. Le dedica tiempo y espacio a escritores como Borges, Rulfo, Robert Walser, Machado de Assis y Roland Barthes. Y lo hace con precisión, economía y elegancia. Sus escritos bien podrían ser tomados como ejemplo de cómo escribir una nota en un estilo que se encuentra a medio camino entre un texto literario, una nota periodística y un ensayo académico. Nunca abruman por exceso de intelectualismo, mantienen en vilo la atención del lector, lo seducen, lo envuelven. Provocan una sonrisa cómplice. En su tratado, Herrera y Reissig se despacha contra el “provincianismo” uruguayo de la época y contra los intelectuales de su tiempo: Batlle y Ordóñez, Juan Lindolfo Cuestas, José Enrique Rodó. Visto en perspectiva, su discurso es ante todo pintoresco, en ocasiones lúcido, por momentos misógino, por momentos delirante. Sin lugar a dudas importa por la talla del poeta. Los pudorosos harían bien en abstenerse de su lectura. Los irreverentes pueden esperar que el texto les provoque sonoras carcajadas. |
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"Por su claro aporte a la cultura uruguaya, propiciando el estudio, el análisis y la difusión cultural, con una publicación en la que participan destacados intelectuales y que está producida con estricto rigor y excelencia. Medio periodístico fundamental para promover el desarrollo de la sensibilidad, la inteligencia y el espíritu crítico de los uruguayos del siglo XXI, aportando decididamente a lo que nosotros hemos dado en llamar el Uruguay Cultural".
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