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D02 Museo del Quai Branly Imprimir E-Mail
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Dossier 02
por Melisa Machado   
martes, 01 de mayo de 2007

El arte olvidado

ImageEs un museo creado como espectáculo. Es el reconocimiento europeo al arte nativo del resto del mundo. Es un “museo culposo”, como dicen sus detractores. “Es una de las mejores cosas que hay para ver hoy en París”, dicen los que han quedado subyugados por su estructura y su contenido. Es el museo del Quai Branly: la entrada al arte aborigen de cinco continentes reunido en Francia durante cinco siglos.

Luego de hacer cola durante más o menos dos horas, bajo una insistente y leve lluvia de otoño, rodeada de un público que no es el habitual a la entrada de un museo parisino, es decir: los que me rodean no son turistas sino más bien franceses con aspecto de intelectuales de diversa índole, logro entrar en ese edificio proyectado por el arquitecto Jean Nouvel, con su sinuoso diseño de curvas futuristas, paredes acristaladas y exuberantes jardines colgantes.
Unos segundos antes de traspasar la puerta, levanto la vista y veo un detalle de las ventanas de este edificio ubicado a tan sólo unos cuantos pasos de la Torre Eiffel y a orillas del Sena: los dinteles están intervenidos con pinturas contemporáneas. Leeré luego en la guía del museo que ocho artistas aborígenes australianos han pintado parte de la fachada y de los techos. Ya estoy dentro del Quai Branly (el museo toma su nombre del muelle del Sena donde se ubica), ambiciosa iniciativa cultural del gobierno de Jacques Chirac, en el que se han invertido más de 216 millones de euros en construcción y 22 millones en adquisición de obras.
Es noviembre de 2006 y apenas ha sido inaugurado en junio. Hay muchísima gente y hay que hacer cola para todo: para mostrar el carné de prensa, para dejar el abrigo, para retirar catálogos, para ingresar a la librería y hasta para ir al baño o a la cafetería.
Aunque tengo ganas de ingresar de lleno al acervo permanente (se están mostrando 3.500 obras de 300 mil traídas de cinco continentes), tomo hacia la derecha y comienzo la visita recorriendo la muestra temporal que propone la tradicional visión etnocéntrica europea sobre el arte ‘aborigen’, ‘primitivo’ o ‘nativo’.

La mirada blanca

ImageBajo el título D’un regarde L’Autre, el curador Yves Le Fur ha descrito la manera en que Europa auscultó las producciones artísticas de África, Asia, América y Oceanía, desde el Renacimiento hasta el siglo XX. Ingreso al entrecruzamiento de miradas, al choque de culturas, al obvio encuentro-desencuentro. A la entrada, una carabela dorada y un globo terráqueo del 1500 toman al visitante de la mano para conducirlo a las representaciones blancas del ‘salvaje’ y el ‘caníbal’.
Al lado de una cerámica de Sèvres, un busto de una mujer negra (que hasta hace poco tiempo era exhibido en el Louvre); vecino a un cuadro de Rousseau o de Gauguin, un cráneo de un supuesto primitivo realizado en 1878 por el europeo Alphonse Pinart.
Y el gran impacto me espera a unos metros: las armas ‘primitivas’ expuestas en círculo, en semipenumbras, bajo un techo diseñado en hierro con forma de múltiples lanzas. Sí, allí se respira muerte, se siente a los guerreros diezmados. Y a su alrededor, desenrollando la espiral, el curador ha colocado cientos de bustos negros, tan hermosos como exóticos, creados por aquella cultura que les capturó.
Los franceses han querido mostrar esa mirada “blanca y civilizada” que festeja y al mismo tiempo da muerte al diferente, una mirada que no se decide a capturar o a dar rienda suelta a un inquietante (y entendible) voyeurismo.
Quizás ya era hora de llamar la atención sobre la importancia de las artes primeras de los continentes ‘olvidados’, observadas más desde una óptica artística que desde un punto de vista geográfico o cronológico. Quizás sea éste un modo de limpiar culpas, como dicen algunos detractores de este emprendimiento.
Sin lugar a dudas el Quai Branly se inscribe dentro de una nueva y creciente sensibilidad que aboga por una concepción del ser humano en estrecha relación con su esencia primera. Para algunos, una suerte de moda que lleva a cientos de personas a buscar respuestas existenciales en caminos antiguos y un tanto olvidados como el chamanismo o la búsqueda del sí mismo y su complemento trascendente que promueven ciertas prácticas orientales como el yoga.

La gruta sinuosa

Me desprendo de estas elucubraciones y ahora sí me meto en el vestíbulo principal. Desde allí tomo la rampa, una suerte de larga cinta sinuosa que asciende en espiral desde el hall de recepción hasta la plataforma de las colecciones de Oceanía, Asia, África y América.
Sobre el suelo están proyectando videos. Imágenes y palabras atraen la atención, tanto que los visitantes no saben si mirar hacia sus propios pies o por los grandes ventanales donde se atisba la galería jardín. Mientras dudo, mis ojos recaen en el centro de la espiral donde una columna central vidriada alberga la reserva de instrumentos musicales. Imposible no sentirse mareado ante tantos estímulos.
Y como si esto fuera poco y antes de que uno se dé cuenta, se llega a un amplísimo espacio con diferentes niveles, cada uno para un continente. Hacia un lado, el piso y las paredes están recubiertos por un material que simula un cuero claro y natural. La sensación es la de estar en una especie de gruta. Sin embargo se trata de una gruta con alta tecnología: empotrados aquí y allá hay pantallas multimedia, textos y carteles que explican lo que se ve.

Arte de Oceanía: La importancia de los ancestros

La sección dedicada a Oceanía cubre zonas geográficas y culturales como Melanesia, Polinesia, Australia e Insulindia. Las obras presentadas ilustran relaciones de poder entre héroes humanos, ancestros y figuras míticas.
Los antepasados han transmitido el orden del mundo a los hombres y siguen existiendo entre los vivos, a través de los objetos y los rituales. Las obras talladas en madera relacionan a los hombres con animales totémicos como pájaros, serpientes y cocodrilos. Volutas y espirales evocan un mundo acuático. Las figuras simbólicas se presentan por pares de opuestos como un hombre y una mujer que se complementan. Ejemplo de esa complementariedad es la propia casa de los ancestros: una casa (un lugar hueco) que aloja al hombre.
ImageLos apoyacabezas ocupan un sitial privilegiado al establecer un vínculo personal con los ancestros. Utilizados para dormir, permiten la conexión durante el sueño, sobre todo en vísperas de una guerra o una cacería.
Los cráneos ‘intervenidos’ —utilizados también como apoyacabezas— y las máscaras son de una increíble variedad de formas y materiales (huesos, pastas vegetales, semillas, plumas, arcillas, resinas). Colocados en grupo sobre diversas estructuras (y en su origen delante de las casas) sirven también para perpetuar la relación con los ancestros o para apropiarse del espíritu de un enemigo elevado al rango de trofeo.
Los tapas —telas de corteza batida decoradas por mujeres con figuras geométricas— además de ofrecer abrigo cumplen la misma función: perpetuar la relación con los antepasados y con los dioses.
En la actualidad, los australianos siguen desarrollando su culto a los ancestros a través del Dreaming o Tiempo del Sueño, concepción aborigen del orden físico y espiritual que une pasado, presente y futuro de manera dinámica. Y esta cosmovisión la han trasladado a la pintura en tela.
En 1971, un grupo de nativos de un centro de asimilación de poblaciones indígenas pintó sobre las paredes de una escuela su Sueño de la hormiga de miel. Según Magali Melandri, especialista en Artes de Oceanía, este momento marcó el pasaje de la pintura corporal a la pintura mural, del cuerpo al objeto. Puntos coloreados, líneas rectas y curvas, círculos que dibujan mapas míticos e itinerarios de sueños son característicos de esta pintura australiana contemporánea.
Los sueños y los animales de origen mítico figuran también en las pinturas realizadas sobre cortezas de eucalipto de Tierra de Arnhem; formas de inusual expresividad y belleza.

Arte de Asia: el mosaico cultural

Luego de apreciar los objetos de Oceanía, desemboco en la plataforma dedicada a Asia, el continente más grande y más poblado del mundo, cuna de las primeras civilizaciones conocidas y de las grandes religiones, cuyos complejos movimientos migratorios lo convirtieron en un mosaico étnico, lingüístico y religioso.
En los objetos de los pueblos montañeses se aprecia la preponderancia de los metales: la atención recae sobre joyas realizadas en plata, cobre, latón, semilla o cuentas de cristal. Las culturas del sureste asiático, en cambio, utilizan fibras vegetales: madera, bambú, mimbre, algodón y cáñamo, tanto para sus ropas como para sus mobiliarios o trampas de caza y pesca. Y las poblaciones aldeanas del centro de la India fabrican estatuillas de bronce que representan personajes, animales, divinidades y seres fantásticos, destinados a altares aldeanos y domésticos.
Pero es por medio de trajes y textiles que los curadores del Quai Branly presentan un recorrido por los diversos pueblos asiáticos, pleno de intercambios, influencias y transformaciones culturales que contradicen la creencia de que los orientales quedaron alguna vez detenidos en una sola manera de ver el mundo.
Trescientos trajes y piezas textiles irán rotando para ser degustados por el ojo. En ellos se hacen elocuentes las costumbres de esos pueblos que consideran la vestimenta como identidad y no como mero adorno. Cada subgrupo, cada aldea —y en ocasiones cada familia— porta en sus ropas sus propias variaciones de formas y dibujos, logrados por exquisitas combinaciones de bordados, aplicaciones, batik y tisaje.
Diseños geométricos, formas humanas y figuras de guerreros aparecen dibujados sobre seda y algodón, con técnicas que utilizan ramio (planta de las Indias Orientales) o corteza de olmo para lograr colores y texturas.
Sentadas en el suelo, varias mujeres copian los bellísimos diseños de los Miao/Hmong, la minoría nacional de China que agrupa a cuatro entidades lingüísticas. No sería improbable encontrar pronto esos diseños en obras contemporáneas o en las pasarelas de moda europeas.
Los textiles asiáticos son antes que nada bellos, pero constituyen también un fondo documental e iconográfico extremadamente rico. Estudiándolos se aprecia el modo en que estos hombres y mujeres se relacionaban con su entorno natural así como entre sí y con aquello que consideraban lo superior trascendente: el reino del más allá.

El arte de África: piezas mayores

El acervo de arte africano del Quai Branly está compuesto por piezas procedentes desde el Magreb, en el norte, hasta las regiones australes y orientales. Del África septentrional, sometida a influencias orientales y europeas y con fuerte presencia islámica, al maravilloso calidoscopio del África negra, donde dos máscaras de una misma región pueden producir impresiones muy distintas, la selección muestra la diversidad y riqueza del continente.
La colección propone redescubrir piezas mayores de África central recolectadas durante exploraciones de segunda mitad del siglo XIX. Hay también arte funerario y mágico de Madagascar, un conjunto único de obras cristianas provenientes de Etiopía, piezas textiles, instrumentos musicales y cuerpos esculpidos.
De todos ellos, las esculturas antropomórficas destacan por su simetría imperfecta, por sus proporciones humanas sobredimensionadas. Cabezas, ombligos, pies o manos aparecen exageradamente grandes. Las estatuas encarnan a un ancestro o a un espíritu y el escultor les ha dado forma según la memoria colectiva.
Los instrumentos musicales adoptan figuras antropomorfas y zoomorfas, con énfasis en la representación de la cabeza, sede (aparente) del pensamiento creador, la palabra y el sonido.
También aquí ocupa un lugar preponderante el culto a los ancestros y a los espíritus, así como la confección de textiles de rafia, lino, algodón y lana, entre otras fibras locales, tejidas, ensambladas y teñidas con tintes naturales como índigo, henna, nuez de cola, cortezas y barro.

Arte de América: la dimensión prehispánica y mestiza

Se cree que el continente americano fue poblado por cazadores venidos de Asia luego de las últimas glaciaciones, entre 50 mil y 10 mil años antes de nuestra era. Sin contacto con Europa, las culturas americanas se desarrollaron y coexistieron hasta sufrir un enorme impacto, destrucción y transformación con la llegada de Cristóbal Colón y el comienzo de la ‘conquista’.
Mucho se ha escrito sobre las sociedades arrasadas, replegadas o semiintegradas. Sin embargo, todavía no parece suficiente. Las colecciones amerindias del Quai Branly atestiguan parte del acervo artístico de esas sociedades impactadas por la colonización europea, entre los siglos XII y XV.
Algunas de estas colecciones fueron reunidas en el gabinete del rey de España entre el siglo XVI y el XVIII y están conformadas por objetos procedentes de Brasil y Canadá. Durante el siglo XIX, los ‘exploradores’ se dedicaron a reunir piezas precolombinas de México y Perú. En el siglo XX, la tarea de los etnólogos fue estudiar y clasificar el arte del conjunto del continente americano.
El recorrido actual del museo establece un preámbulo sobre “la herencia africana” con objetos creados en el Caribe y Brasil, pasa luego a la muestra de objetos rituales y desde allí inicia un largo trayecto tan diverso como la geografía de este extenso continente: desde la costa noroeste de América del Norte a la Amazonia, desde las Antillas hasta los Andes.
Lo que sintetiza el arte amerindio es quizás la unidad de pensamiento de las diferentes poblaciones, concepto elaborado por el antropólogo Claude Lévi-Strauss, quien postula que un mismo mito aparece transformado o semitransformado en varias regiones al mismo tiempo y aun en épocas diferentes.
Los objetos parecen creados en torno a una misma ‘idea’ portadora de sentido. Un ejemplo serían las series de vasijas con forma humana o animal, realizadas tanto en Norteamérica como en Perú o en Amazonia, en las que el denominador común parece ser el cuerpo como contenido o contenedor de otra realidad: todo cuerpo humano y animal contiene un espíritu o algo que lo anima o nutre. Tanto como una vasija contenedora de alimentos.

Imposible agotar en estas páginas aquello que se siente y se ve al ingresar al Museo del Quai Branly. Es el ingreso a un universo donde el arte y la vida doméstica, lo cotidiano y lo sagrado conviven y dan forma a cada objeto. Se trata de un espectacular despliegue escénico, de un concepto museístico que introduce al visitante en una suerte de coctelera de estímulos. Arquitectura, diseño, sonido, luz, confort, información y tecnología puestos al servicio del arte primero.

Informaciones prácticas

Sitio oficial: www.quaibranly.fr
Contactos: mail Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla ; teléfono, 01 56 61 70 00.
Dirección: Museo del Quai Branly: 218, rue de l’Université, 37 quai Branly, 75007 París.
Horarios: Martes a domingos, de 10.00 a 18.30. Nocturno: jueves hasta las 21.30.
Acceso al Jardín: De 9.00 a 19.00 horas (jueves hasta las 21.30).
Visitas grupales: de 9.00 a 13.00 hs., con reserva previa.
Entradas: tarifa completa 8,50 €, tarifa reducida 6 €.
 
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